Columnismo

Surco de letras

Jueves Santo

01.11.2016 @toniiasenjo 2 minutos

Creí que se trataba de un Jueves Santo, aunque es cierto que el tiempo parecía haberse apresurado demasiado, como si la impaciencia le apremiara a mandar un mensaje, una mala noticia. Leí la noticia en varios medios, pero una y otra vez pensé que me situaba ante una de las tantas desgracias que suceden en el anonimato y que la distancia afectiva reduce al mero suspiro. Horas más tarde comprobé que en esta ocasión la muerte había llamado a la puerta con más crueldad, que el destino había ratificado lo que está escrito en un lugar desconocido. Inesperada, a contrapié, sin capacidad de reacción, un auténtico martillazo a la realidad.

Comencé a preparar los útiles como si esa misma noche emprendiéramos la estación de penitencia de cada Semana de Pasión, pensando en la importancia de la entrada y la salida, consciente de la enorme responsabilidad que conlleva ser los pies de una imagen por la que tanto hemos trabajado, la que nos unía cada mes de febrero y nos alejaba con los primeros retazos de la primavera. La brisa llamó a mi ventana y acudí a su cita, entonces me recordó que la vida es esa montaña rusa que nos regala el cielo y también nos arrebata el amanecer de los días, la que nos permite cumplir sueños y despedazarlos cuando se postra ante la defunción.

Nos reunimos junto a ti, no estábamos todos, pero hubo una voz unánime, la de tu gloria. El fervor no existía, la despedida estaba cerca y debíamos afrontar el desfile más doloroso de nuestras vidas. No recuerdo un paso más firme y emotivo que el de aquella maldita mañana. No había música, solo el sollozo de quienes más te anhelaban ponía algo de sonido a aquel silencio tan agónico. La madera clavada en mi hombro, la cadencia reposada y la pesadumbre presente en cada metro del recorrido. Sin consuelo, con el precio de la vida más caro que nunca.

Era un diálogo constante entre la razón y la mala suerte, el porqué del prematuro adiós, la explicación de una partida anticipada; el desaliento ante el acercamiento del más allá. Te confieso que la palabra no fue nuestro hilo conductor, pero sí el respeto y el corazón, la fe en una misma devoción. No sé si este arrebato es símbolo de la pérdida, de las infinitas preguntas sin respuesta, pero volveremos cada Jueves Santo para encontrarnos allí arriba, donde permanece la voz de la esperanza.

Etiquetas, ,
Artículo anterior Artículo siguiente