Columnismo

Surco de letras

La altanería cuando tocan pelo

17.03.2016 @toniiasenjo 3 minutos

Decía José de San Martín -reconocido militar que logró encabezar la independencia de Argentina, Chile y Perú, considerado “padre de la Patria” en la tierra de Mar del Plata- que la soberbia es una discapacidad que suele afectar a mortales que se encuentran de pronto con una miserable cuota de poder. Y es que detrás de cada apariencia se esconde el verdadero yo, el interior ensombrecido que se revela en la espontaneidad. Eso sucede cuando el sectarismo y los malos modos se apoderan de lo que se conoce como cortesía, corrección, educación… pónganle el sinónimo que consideren.

El Salón de Enseñanza, es paradójico, fue testigo del desplante que Ada Colau, Alcaldesa de la Ciudad Condal en representación de Barcelona en Comú (Podemos) desde las pasadas elecciones municipales, hizo a dos militares que tuvieron a bien saludarla al paso por su stand, en el que informaban sobre la oferta de educación al entrar en el Ejército. Argumentaba la edil que era por “aquello de separar los espacios”. Respuesta despectiva hacia un colectivo y, en general, hacia un sector que una declaración tras otra tiene que lidiar con las continuas faltas de respeto de la formación morada o cualquiera de sus confluencias.

Las apariencias engañan, ¡y de qué manera, máxime en política! La modestia, la humildad y la sencillez quedaron en el olvido en el mismo momento que los “defensores del pueblo” tocaron pelo. Simularon una nueva forma de hacer política basada en poner las instituciones al servicio de la gente, pero obviaron que lo harían usando la intolerancia y el radicalismo como herramientas. Las muestras son excesivas y ponen de manifiesto que el objetivo no era otro que patear al sistema para implantar sus ocurrencias. Interesa empatizar con la Policía y similares cuando Pablo Iglesias condiciona su apoyo de investidura a Sánchez, entre otras premisas, al control de la Policía y el sistema judicial

No es justo, pues las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado realizan una labor encomiable, se juegan el tipo, incluso para frenar un escrache propulsado por quienes les detestan o el “jarabe democrático”, según sea la ideología de la víctima. También para evitar que la tragedia del terrorismo se repita en España, muy a pesar de que algunos se nieguen a formar parte de un acuerdo en su constante afán por oponerse a las mayorías. La “nueva política” maneja el primer plano de maravilla, saben que parte del éxito que han obtenido ha pasado por el discurso vacío en los medios y están dispuestos a prolongar su hoja de ruta.

Surgieron de los movimientos sociales, pero cuando tocaron pelo (no se sienta ofendida la afición taurina) demostraron ser papel mojado. De hecho, cada sesión parlamentaria se caracteriza por la foto del escándalo que toca en lugar de ser un debate. No es la primera ni será la última vez que asistamos a un número de este tipo y, para desgracia de los que discrepamos en los modales -las ideas son respetables-, tendremos que batallar con la soberbia de los que un día se presentaron como la poción mágica que resolvía los problemas y eludieron que el sistema actual fue consensuado con el voto ciudadano y el acuerdo de las fuerzas políticas. Los responsables de entonces, también con cuota de poder, utilizaban una retórica reluciente en la que la tolerancia brillaba por su presencia. Tomen nota.

Mi reconocimiento a todos los que cada día velan por la seguridad de España.

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