Columnismo

Surco de letras

La calle de Podemos

22.11.2016 @toniiasenjo 2 minutos

El Parlamento, el lugar en el que se reúnen los representantes de la soberanía nacional para tomar las decisiones más influyentes en el territorio, las que nos afectan al conjunto de la sociedad… Ya no es ese espacio en el que se cultivó la Transición, el de la tribuna con los grandes discursos de Adolfo Suárez, la retórica por excelencia. El progresivo descrédito de la política ha ido acompañado de la irrupción de nuevas fuerzas, también de esa pérdida de señorío y lealtad del Congreso que se reflejaba en cada conversación de la opinión pública. Las apelaciones a la identidad nacional, la concordia entre partidos, la educación y la cortesía como valores imperativos en cada escaño. Lo cierto es que, sin vivir aquella apasionante etapa, me voy convirtiendo en un nostálgico de los ochenta.

La política como venta de marketing y el hemiciclo como mercadillo. Así estamos. Y de eso sabe bastante Pablo Iglesias, que definitivamente ha confundido el control de las cámaras y los debates de la Complutense con el papel que se le otorga como diputado. Lo digo por la sucesión de gestos despreciables hacia la Corona y particularmente hacia los símbolos nacionales. Quizás esa superioridad moral que en tantas ocasiones se concede a sí mismo como la voz de la gente, la voluntad por amedrentar a los “poderosos” y sus profundas convicciones revolucionarias le lleven a esta teatralización de la representación que le encomendaron legítimamente las urnas. Sabemos que es un republicano declarado, lo cual forma parte de la libertad de expresión, pero que no le debería inmunizar cuando las faltas de respeto y la poca elegancia están presentes en su conducta.

Tampoco se puede esperar mucho de Cañamero, quien ha ocupado durante años propiedades agrícolas a modo de protesta y pide, con la complacencia de Unidos Podemos, la libertad de un tipo que agredió a un concejal socialista. El libertinaje en sus cotas más altas, el Congreso como un vergonzante y bochornoso espejo de una parte de la sociedad que probablemente no se sienta representada por individuos como este. Que no se confundan, la Cámara Baja es una institución, no la calle de Podemos. Las reivindicaciones con propuestas e ideas, no con discursos guerracivilistas y mucho menos con los turnos de palabra como aspersores de odio y confrontación. La calle está fuera. Recuperar las instituciones no es convertir el Congreso en un vertedero de rencor para vapulear cuarenta años de cordialidad.

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