Columnismo

Surco de letras

La foto del parque

15.11.2016 @toniiasenjo 2 minutos

Un viernes atípico, la ruta tras la salida de clase ha cambiado por primera vez en más de un año. Me siento extraño al no caminar con prisa por esa avenida. La maleta ha dejado de ser una preocupación y el almuerzo no es más que mi conversación relajada con una mirada interna. Ella, siempre distante, ha decidido esperarme para llevarse mi mochila que apenas contiene una carpeta con varios apuntes. “Hoy no vuelvo a casa hasta la noche”, le digo. Ella asiente casi pasiva, no le importa demasiado porque la dependencia no figura entre sus inquietudes y mis aportaciones son meramente circunstanciales.

La tarde transcurre entre bromas, probadores y alguna muestra de cariño. En realidad, todo es una excusa. Unas escaleras presencian mi discurso un tanto repetitivo, sabido y esperado. El frío y la caída del sol toman fuerza, pero ni alguna discusión desagradable entre perturbados consigue detenerme en mi empeño por expresar. La temperatura no es un inconveniente cuando la verdad impera en la oratoria. Pero no pretendo acaparar más de lo que me toca, también necesito escuchar. Lo hago expectante, pero tranquilo, solo respondo gesticulando ante la vorágine de fortuna que se me avecina. No sé si soy consciente. Entretanto, las horas han pasado y es momento de partir, no sin antes alargar la despedida. A la vuelta me espera en su lugar habitual, contemplando algún video como entretenimiento.

Así que decido acudir nuevamente, 24 horas después, a su llamada. Camisa de estreno, abrigo y sonrisa instantánea. La inercia me frena en un parque que está siendo utilizado como escenario para un reportaje. “Una foto de recuerdo”, me espeta. Y yo, tan reacio al flash, accedo a su propuesta sin atender a réplicas. Algún cambio de posición retrasa la perpetuidad del momento, solo yo ocupo la cámara. Un banco invita al descanso, a la charla, al desenlace. Por un momento pierdo la conciencia de la realidad y el tiempo escapa de mi control, otra vez el enemigo. Solo quienes pasan contemplan con envidia la complicidad. Las muecas sustituyen mi voz. Observo la mirada mientras que puedo, como un desafío al anhelo.

Nunca una espera junto al ruido del tráfico fue tan dulce, tan fugaz. Aprovecho la llegada a casa para tratar de asimilarlo, hago un breve repaso. Atiendo una llamada que me exige mostrarle la flamante camisa y comparto el retrato del parque. “Te queda muy bien, en esa foto sales genial”, me asegura entre carcajadas. Ahora lo pienso, es cierto, nunca una foto reflejó tanta felicidad.

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