Columnismo

Surco de letras

La llamada de la primavera

28.02.2017 @toniiasenjo 2 minutos

Febrero, Andalucía, tierra apasionada. La llegada de la primavera, el fin de semana con temperaturas cálidas, el colorido de los jardines, el largo atardecer y la larga espera de la noche. Algo ha cambiado, el refugio del frío ya no es el hogar, sino que la calle se ha convertido en el lugar de reunión. Cualquier excusa es válida, cualquier razón es oportuna. Y no me refiero a patear los callejones. Hablo de la gente agolpada en las casas de hermandad, los cofrades en sus respectivas ocupaciones. Porque llega marzo, el carnaval, el adiós al abrigo de pelo, la incesante mirada a la Semana de Pasión.

Cada año es diferente porque en definitiva es una forma de entender la primavera, la dedicación del tiempo en su más amplio significado. Se multiplican los cabildos, las novedades en la organización del cortejo, el rosario de agrupaciones que acompañarán a las hermandades, la voluntad para unir esfuerzos una vez más, aunque todo el esfuerzo quede reducido al recuerdo de aquellas horas de procesión. Y la disconformidad, porque al final hay discrepancias para asentar los cimientos sobre los que conformar una imagen, aquella que un día te unió a lo que hoy es un elemento sin el que no puedes concebir esa semana.

Es un ciclo, como la historia. Los primeros pasos como nazareno, aquel capirote que hubo que modificar de un año a otro, el cansancio del itinerario. La frustración porque la corta edad no permitía arrimar el hombro al varal. Y los inicios en el protocolo, la participación en la toma de decisiones con la mayoría de edad. Llegar a casa a deshora, siempre con la misma justificación, siempre con la misma verdad: “He terminado ahora mismo”. Nunca importó, en realidad, porque las horas no suponen nada en el buen hacer de las cofradías.

Los preparativos de última hora, los nervios previos al desfile. Y el agotamiento de un último paso más, el sorbo de agua en busca de energía y el ruido de la campana. La pena cuando todo ha terminado, esperar de nuevo un año. La soledad de la tarde del Domingo de Resurrección y el silencio atronador que queda como rescoldo de lo que pasó tras el eco del portón que se cierra. La cicatriz de la pasión, la medicación contra el anhelo.

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