Columnismo

Surco de letras

La otra Cataluña

10.10.2017 @toniiasenjo 2 minutos

La mayoría silenciosa y silenciada ha despertado para poner algo de cordura en Cataluña, para exigir respeto por los valores constitucionales. Han soportado infinitos desplantes al Tribunal Constitucional, la constante desobediencia al Gobierno y, por supuesto, el amargo sabor que conlleva el calvario hacia el abismo. Si algo hay que agradecer a Puigdemont es que ha conseguido despertar un sentimiento de patriotismo que yacía adormecido, entre la esperanza por abrazar el sentido común y el temor por un futuro incierto. Ha sido necesaria una fractura social difícilmente reparable y una exclusión impropia de una sociedad democrática, pero se ha consumado un golpe moral contra el secesionismo, un argumento más para disipar la patraña del 1-O.

Los otros, los que no tienen voz en el independentismo, los que acatan las normas cívicas de convivencia, también son Cataluña. Y se manifestaron para respaldar a las fuerzas de seguridad, para trasladarle su apoyo en un momento de máxima determinación, porque juraron la Constitución y se jugaron el tipo para frenar una emboscada de complejo razonamiento. Incluso fueron asediados en sus alojamientos, desamparados por los Mossos, desatendidos por las autoridades gubernamentales y en algunos casos expulsados de los hoteles. Su reconocimiento era justo y obligado, había que poner la guinda a su compromiso.

Existe la Cataluña que quiere tener la opción de estudiar en castellano, no convivir con la imposición del catalán en los comercios y los colegios, la que tolera la diversidad y casi nunca aparece en las grandes portadas. Esa no está dispuesta a vivir en excepción dentro de su territorio, ni a poner un precio a un proyecto de ruptura, cuyo coste es ya una calamidad para la economía con una fuga de capitales inédita y que, además, tiene como responsable a una élite corrupta y excluyente. Esa gente amedrentada y señalada es la que tomó las calles de Barcelona el domingo.

Se había previsto un kilómetro de recorrido, pero el orgullo y el hartazgo contra el pensamiento único fueron los alicientes para llenar esa distancia de banderas rojigualdas. Despertaron las ganas de acabar contra un golpe de Estado sin precedentes, en gran parte porque el discurso de Felipe VI avivó la llama patriótica. No fue una movilización cualquiera, sino la expresión de una ciudadanía cansada de coexistir con un espejismo que la mantuvo silenciada y olvidada a pesar de ser una mayoría sólida. Antes o después, pero era imprescindible una llamada a la concordia de quienes no conciben una España sin Cataluña.

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