Columnismo

Surco de letras

Las puertas del cielo

31.03.2016 @toniiasenjo 3 minutos

Fue en la tarde del lunes santo, con cielo gris y lluvia amenazante. Decidí, a pesar de las previsiones, acercarme a la iglesia de San Ildefonso, punto de partida en la estación de penitencia del Señor de la Sentencia y la Esperanza Macarena. Un ambiente de incertidumbre se estableció en la estrecha calle Nuestra Señora de las Mercedes (Almería), en la parte trasera del templo; no sé si porque fieles y devotos fueron conscientes de que el sueño pudo retrasarse un año más o porque tratamos -me incluyo- de que la pesadilla quedara solo en eso, en el miedo del cofrade al tiempo en Semana Santa.

Lejos de amedrentarnos, nos fuimos apiñando unos contra otros mientras las gotas de agua tomaron protagonismo. Automáticamente y como si un acto reflejo se apoderara de la muchedumbre, cabeza en alto, el cielo fue testigo de nuestras miradas -maldiciones no faltaron- durante largos y sufridos minutos. El cortejo asomó con los primeros nazarenos, pero la precipitación obligó a regresar cuando el paso de misterio se disponía a realizar su salida, al compás de Santa Cruz. El portón se cerró con la rabia y la pena que conlleva un año de trabajo para un día tan señalado, cada cofradía con el suyo.

Dudé y repensé si lo correcto era esperar hasta nueva orden o tirar de imprudencia y perderme entre el bullicio en busca de alguna esperanza, aunque fuera remota. Fui indiscreto y me lancé a la entrada del templo. Las rejas me separaron de contemplar en las cercanías el desasosiego de los costaleros, quise -irremediablemente lo hice- aportar algo de optimismo a un conocido compañero, si bien me costaba creer que sucediera algo así. Me contó que era su segundo año y el anterior no pudo completar el recorrido por un problema en la espalda.

En la corta pero emotiva conversación, la lluvia cesó y el comienzo de la procesión se aplazó hasta una hora y media después. Volví a la calle pensando que el gentío habría desistido dadas las condiciones. Choqué con mi propia ignorancia al obviar que el fervor es inmune a la razón y los sentimientos, me vi en la obligación de hacinarme nuevamente. Poco después y, tras haber escuchado precipitadas conclusiones, Santa Cruz (cornetas y tambores) irrumpió con redobles y observé una sonrisa en el rostro de un joven músico, liberándose del llanto incontenible que le produjo el temor al mal tiempo.

Sentí, sin poner una sola mirada en la bóveda celeste, que la pesadilla se convertiría en un bendito sueño. San Ildefonso empujó, el Señor de la Sentencia puso pie en la calle con una milimétrica salida y la Esperanza Macarena fue el broche a los sones de la Banda de Música de Torredonjimeno. Las nubes desaparecieron y las llaves de las puertas del cielo quedaron en manos de Almería.

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