Columnismo

Surco de letras

Minuto 90

06.12.2016 @toniiasenjo 2 minutos

El madridismo no se entendería sin la épica, el sufrimiento o la agonía del último suspiro, ese matrimonio histórico no apto para cardíacos que, entre otras razones, se entiende por la consecución de títulos que mantiene al club en la cima del fútbol. Así que llegó el Clásico con el país paralizado y las cajas del supermercado en soledad, el aforo de los bares al borde del hacinamiento y las televisiones funcionando a pleno rendimiento. La hora de la siesta, para quien la tuviera, interrumpida por capricho de los chinos y el malabarismo de los horarios para complacer al mundo.

La voz de los comentaristas suple el sonido ambiente de la lluvia, volumen alto y los cinco sentidos activados. Arranca el partido entre pronósticos, dudas y alguna opinión sesgada. La polémica presente, el nerviosismo persigue a cuantos contemplan el duelo, pero es el aliciente, el ingrediente que le da un sabor distinto al espectáculo del deporte. El refugio donde se esfuma el malhumor, el desatascador de los problemas, la solución de lo imposible. No hay juego lúcido, solo trabas a la elegancia y malas prácticas. El descanso sentencia un silencio que se rompe con la continuación de la batalla, otra vez la palabrería que anuncia un desenlace incierto.

Mazazo a la primera de cambio. Solo un mensaje me induce a seguir creyendo en medio de la tempestad, pero el cronómetro mantiene un trote constante y casi asfixiante que evoca un final a la desesperada, un último fogonazo de orgullo que traiga un atisbo de esperanza entre el pesimismo. Los cambios se agotan y la dinámica no parece invitar al entusiasmo. Queda una bala: el minuto 90. El terreno de juego parece inclinarse en sentido contrario, el cansancio acompaña el empuje vikingo. No hay orden, el corazón marca el pulso contra la razón.

El balón parado, un guante lo acaricia. El vuelo es eterno, como si la espera determinara el único espacio por donde acceder a la paz. La memoria en Lisboa y el deseo de repetir la tentación. Un cabezazo seco, un giro perfecto y el grito en el cielo contrasta con un estadio mudo donde aparece el fantasma del último minuto. El desfibrilador Ramos vuelve para silenciar la tierra hostil, para imponer la bandera de la hegemonía. La vida es blanca y bella.

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