Columnismo

Surco de letras

Olvidé la maleta

24.01.2017 @toniiasenjo 2 minutos

Fue uno de esos miércoles navideños con temperatura agradable, un sol de justicia y la mirada puesta en el fin de año. Uno de esos días en los que el despertador es innecesario porque te anticipas a su llamada. Lo cierto es que ni el agua de la ducha fue objeto de duda ni se presentó como una amenaza a pesar de ser hora vespertina en invierno, incluso la pereza habitual se convirtió en plácida. No recuerdo nada igual. Un desayuno apresurado y la mente puesta en la distancia. El colofón a un tiempo fantástico, el regalo anticipado de principios de enero.

La maleta como única compañía y una banda sonora de los ochenta para amenizar 200 kilómetros. Así pasaron las horas, mientras contemplaba el contraste de la montaña a un lado y la costa al otro, paisajes dignos de los mejores retratos, fuentes de inspiración para el arte. Fui abandonando el mar de plástico y adentrándome en lo que ya es un lugar corriente. Busqué mil excusas, todas creíbles, para llegar al destino. Y lo hice casi sin creerlo, pero cuando me di cuenta ya era una realidad y aquello que tanto había imaginado estaba a tan solo algunos pasos.

No sé si por capricho de mi suerte o por voluntad de mi fortuna, allí pude escribir las páginas de mi capítulo favorito. Fue algo efímero, intenso. Sin tiempo para reflexionar sobre lo que estaba ocurriendo, encontré el mejor argumento para contar la historia. Veinticuatro horas fugaces que me permitieron valorar la presencia antes de lamentar la ausencia. Pero es la contraparte de los placeres de la vida, un trato en el que lo bueno dura poco y el tiempo se cuenta por segundos. Observé perplejo cómo un lugar desierto es, a veces, más ruidoso que la tormenta hasta el punto de llegar al desvelo.

Volví con lo puesto, igual que cuando partí el día anterior. La misma banda sonora, la misma compañía. Me detuve varias veces en el retrovisor, aunque el tráfico era inexistente, buscando alguna casualidad que me obligara a cambiar el sentido de la marcha. Así llegué a casa. Había olvidado la maleta, pues aún permanecía donde la dejé aquel miércoles navideño. Entonces comprendí que los kilómetros podían pasar sin equipaje, que incluso se habían convertido en un río de tinta en el que acudir para continuar escribiendo el capítulo favorito de la historia. Todo consiste en encontrar un buen argumento.

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