Columnismo

Surco de letras

Pitos como costumbre

30.05.2017 @toniiasenjo 2 minutos

La final de la Copa del Rey se pareció más a una convocatoria independentista que a un partido de fútbol. Como viene siendo habitual en la última década, la caterva separatista acapara los focos antes del comienzo del partido con una sonada pitada durante el himno, que entre otros destinatarios también va dirigida al monarca. Una falta de respeto a todas luces y una carencia de valores muy propia de navegantes de un barco sin rumbo, aunque se empeñen en ser ejemplo. Ni conocen la cortesía, ni se espera que la aprendan. Habrá que esperar al sueño secesionista, lo que se presenta un tanto alejado.

¿Se imaginan qué pasaría si alguien quema una estelada? Las autoridades catalanas saldrían en tromba condenando semejante disparate, sobre todo porque una de sus virtudes reside en manejar perfectamente un discurso de confrontación contra el Estado. No les faltaría razón, pero siempre es recomendable predicar con el ejemplo en casa, que es donde debería empezar la coherencia  en los actos. Se atribuyen el privilegio de blindar sus símbolos de identidad a cambio de obrar con el libertinaje camuflado en libertad de expresión, como si boicotear cada año la final del torneo fuera un modelo.

Se saltan las normas porque, como suele ser frecuente, la crítica no va más allá de la barra del bar. Porque nadie mueve un solo dedo para sancionarles por ofender, siempre instalados en la pureza de sus sentimientos y la extrema sensibilidad que envuelve su victimismo constante. Y lo seguirán haciendo mientras ningún organismo tome la iniciativa. Si la UEFA ya impuso un castigo por la presencia de esteladas, ¿cuál es el problema para que lo haga la federación o el gobierno? Que denuncien al club por ser el principal impulsor de la causa cada fin de semana, cada vez que se posicionan políticamente.

Lo curioso es que los abucheos se hayan instaurado como algo normal, mientras millones de personas contemplan estupefactas el inmovilismo de las instituciones competentes y la complacencia de los que callan para no molestar. Se da un ejemplo denigrante para el resto de Europa, pues ningún ciudadano de otro país tendría la ocurrencia de hacerlo, independientemente de sus sentimientos y afinidades. Claro, que todo sería más corriente si alguien, y no solo deportistas o personalidades destacadas ajenas a la política, alzaran la voz ante tal imprudencia.

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