Columnismo

Surco de letras

Silencio

18.04.2017 @toniiasenjo 2 minutos

Rompe la música, el murmullo se acrecienta. Un ruido seco, contundente, una llamada de atención que dirige la curiosidad hacia el portón. Sale el cortejo, la tensión que se esconde debajo de las telas, solo dos huecos forman el pasillo entre el cofrade y el público, un espacio mínimo que se ocupa una vez al año. No sé qué tiene esa semana, pero se espera durante todo el año. Solo puede entenderlo quien lo vive, quien transforma el peso en la esperanza que le falta al compañero, quien ajusta el sueño a las horas sin hermandades, quien camina los kilómetros que no recorre a lo largo de meses. Porque al final es eso, una forma de entender la pasión que se comprime en ocho días.

Es un arrebato de unidad. Los barrios volcados, porque si de fe se trata, las pequeñas familias cuentan con la patente. Aunque sería injusto restar mérito a quienes ya son respetadas por historia, lucha y valores. La conjunción entre lo añejo y lo que acaba de nacer, el contraste entre quienes mueven a miles de fieles y los que aún pelean por conservar la centena. Cada cofradía con sus matices, sus anécdotas y sus museos que recogen el día a día de su buen hacer.

Porque el fervor es la túnica blanca que paraliza Málaga cada Lunes Santo, el brillo de su Esperanza cada Jueves Santo, el estruendo de Mena o el titánico recorrido del Martes Santo que marca el pálpito de Nueva Málaga. Es diferente porque las promesas arrastran el hombro de quienes nunca lo creyeron hasta el varal, porque cambia el colorido de pueblos y ciudades e impregna de emotividad los pequeños rincones, incluso acapara el interés de quienes observan con asombro eso que mantiene en vilo la fe de miles de personas.

Pero acaba con el último toque de campana, con ese abrazo que espera al lado del varal, con el ruido seco y contundente que aplazó unas horas la conversación y que ahora pone el lazo a la estación de penitencia. Se impone el eterno silencio, los restos de cera y la recogida de las tribunas. Una vez más se ha marchado, como aquel trono que volvió la esquina para perderse en la inmensidad del incienso y el palio alegre que aguardaba la larga fila de nazarenos.

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