Columnismo

Un buen desayuno (o cómo sobrevivir a las frías mañanas del alma)

20.12.2016 @santiago_mruiz 4 minutos

Clín. Han saltado las tostadas, abro el mueble de cocina, saco el aceite de oliva. Lo echo sobre el pan caliente y dorado que acaba de salir. Las esquinas de la corteza están negras. Cae ese oro andaluz, ese oro líquido que cae en cascada y es verde. El crujir del pan, el olor del aceite. La sal sobre ellos. Clín. El microondas acaba de sonar. La leche está lista después de dos minutos. 15 minutos de tranquilidad. 15 minutos que recuerdan al pueblo. 15 minutos de vivir recuerdos y revivir la infancia, de tener paz, de respirar antes de empezar el tumultuoso día. Hoy está nublado, por la radio dicen que quizá llueva. Ayer hacía sol y tenía nueve años. Y esos 15 minutos no han envejecido ni han cambiado. Quizá yo tampoco. Son esos minutos en los que puedo decir que, como escribió Jesús Lizano, conquisto la inocencia. Que vuelvo a ser un niño porque justo en ese momento «resulta que soy un niño». Y no soy otra cosa. Ese pan, ese aceite, esa leche caliente y esa sal me hacen un niño, como el mar, que siempre es un niño. El albor ya sonríe entre los edificios de la ciudad. Ya se oye el claxon del coche que está en el atasco y del vecino que llama a sus hijos para llevarlos al colegio y que van tarde y sin desayunar. La luz entra sin avisar. Nunca llama, pero siempre tiene la ventana abierta, incluso en invierno, incluso en las mañanas lluviosas de diciembre. No hay mañana que por bien no venga. Se pasa demasiado rápido el tiempo. Quedan cinco ¿he dejado ya de soñar? ¿alguna vez lo hice? —Me pregunto todas las mañanas—. Si no lo hiciera no estudiaría periodismo. Nunca hay que dejar de hacerlo. Vuelven unos versos de Lizano: «como un niño/ todo lo he ido transformando en sueños, /jugando con mis sueños y con mis versos, /resistiendo con ellos».

Por la radio dicen que te preocupes por el banco, por las acciones, por el IBEX y por la prima de uno a la que no le llegan los puntos, o algo así. Y el político: que no te preocupes que él lo arregla. No sé qué pensar. No sé qué decir. Yo sigo desayunando. Aprovechando esos minutos de inocencia. Ese plato con migajas y gotas de aceite. Ese resto de leche en la blanca taza, unas veces, en la del Real Madrid, otras. Entonces ladraba un perro que ya no está, esperando, también, el desayuno. Quedan dos minutos. La ropa está sobre la cama. Dos minutos de reflexión o de no pensar en absolutamente nada. Puede ser un momento para mentalizarse sobre el día que espera, la reunión, la clase, el autobús que coger... O lo peor de todo, desear que acabe antes de que empiece. Ver la gente irritada en el coche o cabizbaja en el autobús hacia el trabajo, el colegio o la universidad. Allí te esperan, y allí vas. Con el valor y la sonrisa porque amas lo que haces, o enmudecido porque crees que tu vida es una mierda. Que no te gusta lo que haces, que te cae mal el jefe, que no quieres soportar a tu profesor, que te jode el tráfico y que haya tanta gente el sucio bus. Que te ha dejado tu novia o tu novio. Que se han ido. Que la chica o el chico que te gusta no te hacen caso. Y tu alrededor no valora tu esfuerzo. Que sí, que todo te parece una mierda. Pero estás estudiando o trabajando, o estás en paro. Pero ahí estás tú, día a día, luchando. Con alguien que todos los días te da los buenos días, que si estudias o trabajas estás mejor que el tercero. Que si estás solo más oportunidades tienes en conocer a alguien, si no eso que te quitas. Que si estás trabajando tienes un techo y comida en la nevera y partido del domingo, la pachanga con los amigos o una buena peli te están esperando. Si estudias te están dando un lienzo en blanco para que pintes lo que quieras, lo que quieras hacer con tu vida. Que por la radio están poniendo la canción que te gusta, en el autobús alguien te acaba de sonreír, el café te ha sentado de miedo y estás que te comes el mundo. Como cantó el maestro: «Hay más de cien palabras, más de cien motivos, para no cortarse de un tajo las venas, más de cien pupilas donde vernos vivos». Se me ha acabado el tiempo del desayuno. Yo me tengo que ir.

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