Columnismo

Un dibujo de Cataluña

18.09.2017 @alvarolario 3 minutos

Esta semana un diputado del PSC me pidió que me fijase en cualquier artículo publicado en la prensa española sobre el conflicto en Cataluña y, más concretamente, en la ilustración que lo acompaña. En la mayoría de los casos, dicha ilustración está relacionada con banderas. En una de las últimas viñetas de El Mundo aparece un tablero de ajedrez en el que fichas amarillas y rojas aguardan, entremezcladas, la ejecución del próximo movimiento de un jugador. En un extremo del tablero hay una estelada dibujada. En el otro, una rojigualda.

“¿Y por qué no, en lugar de una rojigualda, una señera?”, se pregunta el diputado. Que la bandera constitucionalista española sustituya a la constitucionalista catalana en la representación gráfica de la disputa refleja a la perfección, me explica, hasta qué punto el independentismo ha conseguido que su discurso ("Cataluña contra España", en vez de "dos Cataluñas enfrentadas") cale no solo entre sus seguidores locales sino también entre periodistas, políticos y opinión pública en general que participa del debate desde otros puntos del país.

La misma estrategia de invisibilización de esa Cataluña que no desea la secesión o que, al menos, no la admitiría fuera de los procedimientos que podría contemplar una reforma constitucional, es la que sin quererlo sigue Pablo Iglesias al intentar resumir la situación en un hilo de tuits: “Un Jefe de Estado más cerca del PP que de la ciudadanía catalana no augura un futuro fácil para la monarquía”. ¿Quiere decir el líder de Podemos que cualquiera que se posicione a favor de la unidad de España (sea el Jefe de Estado, Miquel Iceta o Jordi Évole) es sospechoso de acercarse al Partido Popular? ¿Está otorgando al PP el monopolio de las tesis unionistas? ¿Y por qué habla de la ciudadanía catalana como bloque monolítico? ¿De qué ciudadanía catalana se alejan quienes apuestan por la unidad de España: de toda o de solamente una parte?

Preguntas como estas son las que quitan el sueño a madrileños, extremeños, gallegos… pero también a catalanes que sienten cómo la sociedad plural y heterogénea en la que han crecido queda redefinida, en manos de los nacionalistas, como un único sujeto político conformado por una masa con preferencias homogéneas. Entre los catalanes no independentistas hay autonomistas, centralistas, federalistas… y, sin duda, quienes encuentran sobrados y legítimos motivos para explorar nuevos encajes de Cataluña dentro de España. La responsabilidad del PP en esta cuestión, que lleva décadas alimentando la desafección con el modelo actual, no debe ser ignorada: delegó la representación de un espacio político en favor de CiU, se convirtió en fuerza residual y, una vez ahí, optó por avivar el conflicto territorial en una parte de España para ganar holgadamente las elecciones en el conjunto; colonizó y corrompió las instituciones donde gobernaba y contribuyó a la politización y el descrédito de los órganos judiciales. Recordar esto no tiene nada que ver con instalarse en la equidistancia ni con dar carta blanca a cualquier actuación por parte del Govern de la Generalitat, sino con aportar contexto. Es señalar una de las claves por las que la ciudadanía catalana no independentista se encuentra hoy desmovilizada, no es beligerante en el conflicto y se muestra incapaz de agregar preferencias y de construir, como sus rivales, un bloque transversal de adhesiones. Que esté huérfana de relato no significa que no exista, que no tenga derecho a ser dibujada.

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