Columnismo

Vidas cotidianas

Baloncesto de antes y de ahora

06.11.2018 3 minutos

Leía relajadamente uno de los capítulos del libro “Baloncesto para educar” escrito por mi amigo Ángel G. Jareño, aprovechando el frescor de la tarde y la tranquilidad del momento. Al principio del texto el autor nos cuenta un sueño en el que ve al baloncesto como herramienta educativa, pero no todos los preparadores saben ejercer como educadores. Mientras me adentraba en sus páginas pensaba que le habría venido de escándalo a uno de los entrenadores que tuvo mi hijo, siempre que se hubiera dignado a leerlo (que lo dudo) y, por supuesto, si lo hubiera puesto en práctica (que lo aseguro).

Aquella temporada de hace doce años la vida le mostró a mi hijo que todo no es de color de rosa. Aquel año se encontró con un monitor que le hizo ver lo dura que es la rivalidad y a mí me tocó verle sufrir, cómo contenía sus lágrimas cada vez que lo descartaba para los partidos porque no le aportaba lo suficiente. Era un niño pero lo trataba, los trataba, a los cuatro “apestados” como jugadores profesionales, sin tener en cuenta una mínima pedagogía, una psicología para hacerlos partícipes del grupo. Pero le dieron una lección de pundonor; mi hijo me enseñó que la fortaleza mental está por encima de la física y me rogaba haciendo pucheros que no hablara con su entrenador, que no se me ocurriera protestarle por la injusta situación que sufría. Afortunadamente todo cambió en la siguiente temporada, cuando un nuevo monitor, Pablo, se hizo cargo de estos chicos y los recuperó anímicamente haciéndoles ver que ellos también eran importantes.

Continúo leyendo. Sigo recordando. Ahora me traslado unas décadas atrás cuando aún había un club de baloncesto en mi barriada, en Churriana y yo llevaba al equipo juvenil. Apenas me da tiempo a evocar unos momentos porque oigo que llaman a la puerta, es Pedro, “el amigo sano de tu hijo” (como él se autodenomina), que viene a jugar al tenis, mientras espera a su rival, observa que estoy leyendo, ojea el libro, el título y me dice que me vendría muy bien si fuera entrenador. “Lo soy”, contesto orgulloso. Sonríe incrédulo y apura a su compañero de juegos.

Me invade la nostalgia, comienzo a rebuscar entre mis papeles ante la mirada inquisitorial de mi mujer, busco mi título de monitor de baloncesto, increíblemente lo encuentro en tiempo récord, justo para enseñárselo a Pedro antes de marcharse, al verlo, se sorprende, por dos motivos: el primero porque, efectivamente, el título está a mi nombre, pero el asombro es aún mayor al comprobar la fecha: 1988, ¡40 años! Por Dios, pienso. ¡Cómo pasa el tiempo!

No hace mucho tiempo asistía a una charla del árbitro malagueño Daniel Herrezuelo en unas jornadas de baloncesto organizadas en Alhaurín de la Torre y comenzó con unas frases significativas, nos decía que los que hayamos obtenido el título hace más de veinte años podíamos romperlo porque ya no servía. Ahora los jugadores son más fuertes, más altos y más rápidos.

Lo que si tenemos claro los amantes al deporte de la canasta es que siempre se debe  aplicar una premisa fundamental en la formación, sea en el baloncesto de antes o en el de ahora y es que el protagonista debe ser el niño, no ya como jugador, sino como persona.

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