Columnismo

Vidas cotidianas

Cañadú, sabor a nostalgia

15.03.2017 3 minutos

El domingo pasado comimos migas en casa de mi suegra. La verdad es que este año el tiempo acompaña. El frío, al que no estamos acostumbrados, se hace sentir y una comida como las migas se agradece, incluso en días no lluviosos, aunque para ser sinceros, lo suyo es disfrutarlas observando mientras comes el agua en el exterior. Sin embargo no voy a hablar de este plato típico y contundente.

Mientras esperábamos la llegada de la tan ansiada cacerola repleta de migas, chorizos y panceta, uno de mis cuñados me ofreció un pedazo de caña de azúcar, nuestra cañadú. Yo me extrañé y, sobre todo, me alegré. Su hermano la había conseguido el día anterior y allí estábamos, troceándola para que los mayores la disfrutáramos por el sabor y por el recuerdo.

Me hizo una ilusión enorme volver a chupar con placer el dulce de la caña y trasladarme con añoranza a los años de nuestra infancia. La ofrecimos a los niños y a los jóvenes, este producto ignorado por ellos. Unos ni siquiera la probaron, otros, apenas lo hicieron, tan solo para cubrir el expediente, y por fin, el nuevo miembro de la familia, Juan, aceptó encantado, pero ante su predisposición tuvimos que advertirle que no se tragaba.

Gracias a que José Manuel observó el día anterior que un hombre portaba bastantes cañas por la zona de La Noria y le pidió unas cuantas trayéndolas a la comida, disfrutamos de una magnífica sobremesa recordando anécdotas de un producto de enorme importancia en Churriana hasta la segunda mitad del siglo pasado. La cañadú crecía por doquier. Justo en frente de mi casa, donde ahora se celebra la feria, había gran cantidad de asas de cañas.

Así que allí estábamos los carrozones saboreando el azúcar de la caña y contando anécdotas. A veces comprábamos las chucherías de entonces: altramuces, chufas y cañadú, al vendedor ambulante, cuyo nombre he olvidado, que portaba un carro de madera con dos grandes ruedas y cuatro patas donde descansaba el artilugio frente al cine Cazorla. En ocasiones aprovechábamos los trozos de cañas que caían de los tractores repletos que se dirigían hacia la Azucarera. En otras, nos servíamos directamente del terreno, justo antes de la recolección.

También nos contó Rosalía, la veterana de la reunión, algunas tragedias que sucedieron por el vuelco de los carros transportando cañas. Pero no es lugar ni momento para estas historias. Sí para aquellos monderos pelando cañas, una tarea durísima. Los bueyes tirando de carros. La época de la recolección con cientos de jornaleros.

Aunque yo soy algo más joven y solo recuerdo a los tractores y a unos pocos jornaleros. El cultivo fue en declive permanente y a lo largo de los años noventa fue desapareciendo de Churriana y del resto de la costa. El último reducto permaneció en Salobreña hasta no hace mucho. Aún sueño con la lluvia de pavesas que en la época de recolección aparecía al atardecer, justo con la quema de las cañas, y que tanto molestaba a las madres cuando el viento las esparcía tras haber barrido el patio o haber tendido la ropa.

Antes de marcharnos, una vez acabado con el té o el café correspondiente nos dimos cuenta que quedaba la mitad de una caña que cortamos a trocitos. Yo estaba repleto pero no me resistí a volver a coger uno de ellos para paladear la memoria y el azúcar del pasado y despedirme de ese sabor dulzón que me llevó de nuevo a mi infancia. Cañadú, sabor a nostalgia.

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