Columnismo

Vidas cotidianas

¿Casualidades o coincidencias?

01.06.2018 3 minutos

La pasada Semana Blanca visité Marsella. En el avión de ida leía un libro muy interesante, tierno y entrañable que me habían recomendado (y prestado) unos amigos de Torrox: Mi planta de naranja lima de un autor brasileño que desconocía, José Mauro de Vasconcelos. No había llegado a mitad de la novela cuando en uno de los párrafos descubro esta frase: “El día 26 de febrero he cumplido seis años, sí señora” le decía el niño, protagonista de esta hermosa historia, a la directora del colegio donde entraba.

Señalé esa frase a mi compañera de asiento (y esposa). Me miró, sonrió y exclamó “¡Qué casualidad!” Supongo que se habrán figurado (y acertado) que era, precisamente, ese día en el que estábamos. A partir de ahí comenzamos a charlar del tema hasta que aterrizamos en suelo francés. De aquella conversación y de otras con amigos han surgido estas líneas.

Tuvimos un reencuentro los antiguos universitarios de la Facultad de Filosofía y Letras. En la comida surgieron anécdotas varias sobre las coincidencias, yo conté una que me impactó en su día, Manolo otra que descubrió con un colega de profesión.

Comienzo con la mía. La verdad es que fue curioso enterarnos en un desayuno  que dos Antonios que llevábamos más de diez años trabajando juntos habíamos coincidido en un partido de fútbol sala de hacía 30 años, fue la final universitaria. Aunque la vivimos de forma diferente, ahora, la memoria había igualado las sensaciones, y la euforia que tuve al conseguir la victoria se templa, al igual que la derrota de Hinojosa, y disfrutamos en una cafetería del recuerdo de aquel momento ahora mágico. Nos habíamos cruzado pocos minutos en el campo defendiendo a nuestros respectivos equipos, quizás uno de ellos recibió alguna falta del otro, quizá nos dimos la mano al final, el caso es que las casualidades existen,  fue inquietante saber que aquellos jóvenes se encontrarían en el mismo trabajo y serían buenos compañeros, diría que amigos, décadas después.

Al acabar el relato, Manolo contraatacó. Nos habló de los inicios del Festival de Teatro de Málaga, cuando lo organizaba nuestro profesor de Literatura Miguel Romero Esteo y se celebraba en el Teatro Romano. También fue una coincidencia en el espacio y en el tiempo. No sé en qué obra,  un estudiante de Geografía disfrutaba de la función cuando un grupo, justo a su lado, parloteaba en voz alta haciendo complicada seguir la trama protagonizada por un joven Lluis Homar. Todavía se acuerda de aquello porque fastidiaban bastante y lo detalla a su colega en el nuevo instituto donde dan clases, cuando va acotando el año, el mes y el espectáculo correspondiente su compañero le confiesa que él era uno de los que no paraba de charlar en esa ocasión.

Los que oímos la anécdota, nos burlamos, alguno lo llamó alborotador. Otros aprovecharon para rememorar al inclasificable Romero Esteo. Yo me quedé pensativo unos segundos hasta que se me ocurrió preguntar en voz alta: «Entonces, lo que hemos contado ¿es casualidad o coincidencia?»

Nadie respondió. Tan solo se oyó una voz ronca: «Señores, lo siento, pero ya no quedan natillas caseras» decía el camarero que nos servía los postres.

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