Columnismo

Vidas cotidianas

El balón dejó de rodar

20.01.2018 3 minutos

Había añorado el sonido del balón al ser golpeado, el olor del césped justo al entrar en el terreno de juego o la visión de un regate a dos metros de distancia. Por eso se embarcó en el partido de las viejas glorias que le descubrió los límites propios de la edad, pero sobre todo le hizo aterrizar en la dura realidad.

Aquel fue el último balón que chutó. Al hacerlo notó como el muslo se desgarró y pidió el cambio inmediatamente. La maravillosa jornada que estaba disfrutando tornó de forma brusca.

En el descanso él y su amigo entraron al vestuario y se ducharon con una tranquilidad impropia de un día de partido. Dos lesionados por no obedecer las leyes de la prudencia. Si pasas de los cincuenta y hace tiempo que no juegas al fútbol, por muy bien que te encuentres, por pequeño que sea el campo y por toda la ilusión que mantengas, estás en alto riesgo  y aquella mañana lo comprobó, llegó el punto final, ahí sí supo que había arribado a la edad en la que no somos capaces de vislumbrar estas contrariedades.

Durante la jornada el dolor fue a más y sus temores se confirmaron al visitar el hospital. Después de varias horas en la sala de espera de Urgencias, de las reprimendas de su mujer y de las advertencias de la doctora, le diagnosticaron una rotura fibrilar del vasto anterior del cuádriceps derecho, le aconsejaron reposo relativo y le recetaron  enantyum.

Aún le quedaba una ecografía que le confirmaría esos temores y quizás le dijera los centímetros de la rotura, pero no tomó ninguna pastilla porque consideraba que era más el dolor emocional que el físico.

Al llegar a casa conectó el móvil que, como era habitual en él, se había quedado sin batería. Comenzaron a llegar whatsapp irónicos de compañeros y amigos con frases que se repetían: «¿Cómo anda el balón de oro?», «¿Cómo va nuestra mayor gloria futbolística?», «¿Y esa visión de juego, campeón?». Luego se descargó las fotos, al verlas comprobó que la tregua que pensaba le había concedido el pasado, no era tal. El espíritu juvenil permanecía intacto pero los años no perdonan.

Se acostó muy lentamente, con las molestias propias de la lesión y pensando que dormiría poco.  Así fue, aquella noche se hizo muy larga. Apenas podía mover la pierna, pero lo peor fue las vueltas que dio en su cabeza la última jugada. Hay señales que deben distinguirse. A partir de ahora tendría que continuar disfrutando del fútbol de otro modo, al fin y al cabo era la ley de la naturaleza la que había venido a visitarlo. Agradeció haberse percatado de ello, aunque hubiera sido demasiado tarde: el balón dejó de rodar, al menos para él.

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