Columnismo

Vidas cotidianas

El deporte nacional

25.09.2017 3 minutos

No encontraba el modo de presentarme tras las vacaciones en esta columna. Cuestiones tan recurrentes como el referéndum por la independencia de Cataluña, el terrorismo yihadista o los ensayos nucleares de Corea del Norte me parecían tan trillados que desistí (aunque debo confesarles que ya tenía redactadas varias líneas sobre estos temas).

Así que, aquí me tienen, hablando del deporte nacional. No se equivoquen señores y señoras, les aviso que no voy a tocar el fútbol. Me refiero a la siesta. De hecho, lo que están leyendo en estos momentos se me ha ocurrido justo después de un descanso reparador.

Y como siempre, la vena nostálgica se apodera de mí. Mi memoria me traslada a la niñez. Entonces casi era obligatoria la siesta después del almuerzo, al menos en mi caso. Sí. Me habían diagnosticado “velocidad en la sangre”, lo que hacía habitual la visita al especialista en el Centro de Salud 'Barbarela'. Siempre en ayunas y en aquellos autobuses repletos, con olor a gasolina, tragando el humo de los cigarros de los fumadores compulsivos que aún vivían en el egoísmo sin reparar en ancianos o niños, que como yo, sufrían el humo de sus vicios. Mi madre me acompañaba en esas mañanas rezando para que no vomitara en el autobús la cena de la noche anterior hasta que el pinchazo se hiciera efectivo.

No recuerdo cuantos meses o años estuve en esta situación, lo que sí recuerdo es que la doctora me recomendaba que, después de comer, descansara por mi presunta enfermedad. Como deben comprender no la obedecí. Sin embargo doña Carmen se jactó ante mi madre, una vez que vio los últimos resultados de mis analíticas, que había sanado gracias, sobre todo, al poder curativo de la siesta. Rosi, muy prudente ella, no le rebeló que yo había hecho caso omiso a sus recomendaciones y ni un día cumplí ese descanso obligatorio.

Fue hace casi tres décadas cuando comprendí a doña Carmen. Entonces hacía parte de mili en Toledo. En verano era obligatorio el descanso después del almuerzo. En la Academia de Infantería había un horario que cumplíamos a rajatabla y las dos horas de siesta cada uno las empleaba según criterio. Fue entonces cuando comencé a practicar el deporte nacional.

En la litera oía la radio imaginando a Pedro Delgado. En 1987 el segoviano perdió el Tour ante un tal Stephen Roche, que solo despuntó ese año, entre otras cosas, para fastidiarnos el rato de siesta. Mis compañeros se iban al bar a ver las etapas alpinas y sólo unos cuantos nos quedábamos en la Compañía para cumplir como buenos soldados esta parte de nuestra instrucción: la siesta.

Ahora, pasados los cincuenta, tengo que confesar que, sobre todo en verano, y cada vez que puedo, hago caso a doña Carmen y voy recuperando aquellas horas de descanso que no tuve en mi niñez. Gracias a ello, cuando cumplo con el sabio consejo, en un mismo día tengo dos despertares.

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