Columnismo

Vidas cotidianas

El sueño del pasado

09.05.2017 3 minutos

Es difícil mantener los ojos abiertos a las cinco de la tarde en un mes de mayo, en Málaga, en una clase donde los activos financieros, entre otras cosas, se pueden alterar según coste amortizado con un interés efectivo, o algo así. Es decir, que, en el tipo de actualización con costes amortizados, me perdí. Más concretamente me dormí. Tuve la suerte que estaba en la última fila, justo detrás de una columna y de un compañero que se acerca a los dos metros de altura.

En el sueño yo tenía veinte años y estaba en la Facultad oyendo una clase de Literatura. En ella, don Miguel, se dirigía a los jóvenes estudiantes preguntándonos qué puñetas hacíamos allí, escuchando a un viejo profesor soltando una clase magistral sobre la picaresca en la literatura del Siglo de Oro.

Yo sonreía sabiendo que después nos invitaría a nuestro grupo de amigos a unas tapas en Calle Nueva porque le había sido otorgado el premio Europa. Era Miguel Romero Esteo. En el sueño el dramaturgo cordobés me decía que en treinta años yo estaría sentado en un aula escuchando a un profesor sin tener ni idea del porqué lo hacía. Yo me extrañé de esa afirmación, entre otras cosas, porque me lo dijo en latín y yo no tenía mi diccionario VOX para ayudarme a traducirlo.

En ese momento el compañero de mi derecha me dio con el codo para preguntarme si me estaba enterando del tema porque se me había escapado un ronquido justo en el momento en que los valores representativos, según el profesor, devengan flujos de efectivo. Le rebatí, a mi vecino de asiento, diciéndole que estaba muy despierto, y que, si acaso, el resfriado que cogí la noche anterior era el que me hacía respirar con dificultad y escaparse algún ruido agudo. Además, añadí, que la capacidad financiera para conservar valores no debía preocuparle porque el efectivo tiene un coste amortizado.

Rafa, el compañero de dos metros, se volvió hacia nosotros para decirnos que, por favor, bajáramos la voz porque no se concentraba en la charla del ponente. Aunque yo estoy seguro que era para que lo dejáramos echar una cabezada como Dios manda. El caso es que volví a cerrar los ojos al cabo de unos minutos, incluso agaché la cabeza y la metí entre mis brazos sobre la mesa, al modo que lo hacía cuando éramos pequeños y dábamos clases por la tarde en EGB y nuestro tutor nos invitaba a descansar de ese modo.

Regresé a esa mañana en Calle Nueva. Éramos cinco alumnos y un profesor. Brindábamos por su premio, pero sobre todo porque nos invitaba, porque nos contaba anécdotas suyas de cuando estuvo en un país europeo que entonces era comunista. Todos dijimos que habíamos leído su obra cumbre, “Tartessos”, él sabía que no era cierto, pero nos seguía la corriente. En la tercera ronda se dirigió a mí: “Antonio, en 2017 tú estarás soñando conmigo y posteriormente plasmarás tu sueño en un artículo y, con suerte, yo podré leerlo”.

En esta ocasión habló en griego, pero yo no sé esa lengua, así que, en el sueño le pregunté a mi compañera Loli qué significaba lo que me había dicho mi antiguo profesor. Ella me miró extrañada y me lo tradujo con una facilidad envidiable.

Así que, ahora, cuando estoy pasando todas estas líneas al ordenador no sé qué he soñado, qué he recordado y qué he inventado. Lo dejo todo a vuestra elección, a la del lector, y si alguno de vosotros me tiene aprecio me gustaría que si termina de leer la columna me diga si aún estoy soñando o mi inventiva empieza a ser preocupante.

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