Columnismo

Vidas cotidianas

Esa rara costumbre

19.06.2016 4 minutos

Tengo una costumbre algo peculiar que, hasta hace poco, procuraba ocultar. En cada ciudad a la que viajo abandono los zapatos que he utilizado en ella. Comencé en Dublín. Allí estuve un fin de semana largo, de esos a los que estamos acostumbrados en nuestro país, no recuerdo si fue en el puente de la Inmaculada, en Semana Santa o en el del día de Andalucía. Como buen turista recorrí sus calles, crucé los puentes, comí junto a los ejecutivos en el Parque de St. Stephens, tomé varias pintas en los pubs de Temple Bar y cada noche regresaba a mi hotel caminando junto a la orilla del Liffey. Fueron tres noches las que dormí en él. No recuerdo el nombre pero sí que, a unos doscientos metros, existe un conjunto escultórico que me impactó. Ahora, años después, lo miro en fotos impresas, de las que ya no se llevan y veo que son muchas las que me hice. El primer día aún no había anochecido, estábamos frescos, con ganas de recorrer la ciudad, de pasarlo bien, de hacer fotos a todo lo que veíamos. En una de ellas, aparezco agachado al lado del perro famélico que acompaña a las figuras humanas de ese conjunto de esculturas colocado en la margen del río. Sonrío. Doy la vuelta al papel y en él aparece la fecha: 8 de setiembre de 2007. ¡Qué puñetera puede ser la memoria! No he dado con ninguna de las fechas. Al final fui a Irlanda en el puente de la Victoria. Es lo que tiene ser malagueño.

Era septiembre de hace ocho años, el mundial de rugby se celebraba entonces en Francia. En todas las televisiones de los pubs donde cenábamos o bebíamos las Guinness de rigor, o ambas cosas a la vez,  retransmitían esos partidos donde hombres robustos y atléticos competían para conseguir que un balón ovalado traspasara una línea al final del campo de juego. El segundo día Irlanda jugaba contra un equipo africano, ganaba con cierta facilidad y el ambiente era distendido, nosotros nos contagiamos de la alegría y acabamos bebiendo más de la cuenta, así que, de camino a nuestro hotel, me topé, de nuevo,  casi sin proponérmelo con el Famine Memorial. Y al observar a las figuras tan de cerca, en la noche dublinesa, con una leve lluvia que nublaba la visión, me di cuenta del espectáculo sobrecogedor que tenía delante. Gracias al alcohol me vi dentro de ese grupo huyendo de la gran hambruna de mitad del siglo XIX. Me acerqué al hombre que portaba a su hijo, derrengado y exhausto, sobre sus hombros y lloré junto a él. Todavía hoy, mientras miro las fotos, recuerdo ese momento como uno de los más impactantes de aquel viaje. Sé que nos hicimos más instantáneas esa noche pero salieron movidas y las rompimos. Pero esos minutos aún permanecen dentro de mí y afloran, de vez en cuando, para avisarme del dramatismo y sufrimiento que nos rodean o el que han padecido millones de seres.

Antes de partir hacia el aeropuerto rumbo a Málaga desayunamos copiosamente y nos dio tiempo de dar una última vuelta por los alrededores. Quise pararme, de nuevo, junto al grupo escultórico para despedirme de mis amigos. Pude observar con la claridad del día y más calma a todos y cada uno de ellos, y admiré el gran mérito del escultor que supo plasmar de forma conmovedora  la tristeza y el dramatismo de la escena. Volví a fotografiarme con ellos y junto a la pareja que inicia la marcha había un pequeño charco de agua que pisé distraídamente. De  vuelta para hacer la maleta percibí que la humedad había traspasado el calzado, al quitármelo vi un pequeño agujero en la suela en uno de los zapatos. Ya lo intuía la noche anterior al caminar sobre el suelo mojado pero al llegar a la habitación solo quería dormir y no presté atención al calzado. ¡Mis zapatos se rompieron! Muchos kilómetros recorridos con ellos pero, como todo, terminaron por estropearse ¡Qué mejor homenaje a esa ciudad maravillosa, donde disfruté tres magníficas jornadas, que dejar una parte de mí en ella!

Justo antes de cerrar la puerta de la habitación me asomé para comprobar, como siempre hago, que no me dejaba nada y eché un último vistazo a la papelera donde los abandoné. Asomaba uno de ellos, precisamente el derecho, el que tenía el agujero. Desde entonces procuro llevarme los más desgastados a cada viaje y los abandono en los hoteles antes de volver a casa.

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