Columnismo

Vidas cotidianas

Invisibles

16.03.2016 3 minutos

El lunes pasado regresaba al trabajo después del desayuno. La mañana era espléndida. Ya es casi primavera. En Málaga. El sol de marzo se reflejaba en el mar. La brisa marina soplaba suave. Estaba de buen humor a pesar del día de la semana.

Me llamó la atención un señor mayor, bien vestido que se acercó a un contenedor. Giró varias veces la cabeza antes de decidirse a abrirlo, miró en el interior y sacó algo. No pude vislumbrar qué era porque, tal como lo cogió, lo guardó en su chaqueta y corrió hasta doblar la esquina para perderse en una de las calles laterales.

No era la primera vez, ni será la última, que veía a alguien buscar en la basura. Sin embargo, esta escena en concreto me produjo una desazón que aún perdura, de hecho, me ha impulsado a escribir estas líneas. ¿Sería por el buen aspecto que presentaba el hombre? ¿Por su edad?

Probablemente si el protagonista de la escena hubiera sido otro no me hubiera dejado huella. Un indigente, un demente, un pobre con harapos, seguramente mi subconsciente lo habría asimilado sin avisarme y no habrían saltado las alarmas. Todo esto me preocupa porque nos estamos acostumbrando a ver este tipo de situaciones sin darle la importancia que tienen.

Estas personas que duermen en la calle, que se alimentan en comedores sociales, que piden limosnas o hacen pequeños hurtos son invisibles. No nos paramos a pensar qué circunstancias de la vida les han llevado hasta la desesperación, hasta ese pozo donde no se ve el final. Puede haber intervenido la mala suerte. Pienso que nos habría podido tocar a cualquiera de nosotros. Leí en un artículo de Rosa Montero “... en los momentos de inquietud, alivia recordar que la buena suerte también existe. ¿Cuántas veces nos habremos salvado por un pelo sin saberlo?”

Estos personajes ya no reparan en nada, sólo en sobrevivir, dejándose llevar por la sucesión de los días, por noches de cartón, por recuerdos de tiempos mejores. Se han olvidado de la humillación, del sonrojo, les da igual que la gente especule sobre ellos. Están en otra escala. La escala de lo invisible.

Aquel señor que vi el pasado lunes aún no había caído tan profundo. Se cuidaba de no ser observado por otros, aún le avergonzaba ser descubierto rebuscando en un contenedor. No supo que había alguien allí. Mirando. ¡Ojalá la realidad no fuera tan dura!

Y leo en los periódicos, y veo en los telediarios, y oigo en la radio que la crisis comienza a menguar. Me indigna cómo los políticos venden cualquier indicio de mejora en la situación económica. Pretenden ocultarnos con el bosque la podredumbre de cada árbol. Cierran los ojos ante la pobreza extrema, no quieren verla. Se escudan en la leve recuperación global pero olvidan el sufrimiento particular.

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