Columnismo

Vidas cotidianas

La buena gente

25.11.2017 3 minutos

El miércoles al llegar a la oficina vi a un grupo esperando en la puerta, una vez en el edificio distinguí a una paisana y salí de nuevo a la calle para saludarla. Agradeció que lo hubiera hecho porque ella no se había percatado de mi presencia. Hablamos de la familia, sobre todo de su hermano que murió hace casi un cuarto de siglo, al decírmelo, me quedé sorprendido. «¡Es increíble cómo pasa el tiempo!» Una frase muy socorrida pero real como la vida misma. De este y otros asuntos estuve charlando con María Jesús. Ella había sacrificado su juventud cuidando a su madre hasta su muerte, es una de esas personas que han venido al mundo para servir a los suyos, que tienen la simpatía como bandera, la sencillez en su día a día y la bondad en su persona. Así que esos minutos de conversación me supieron a gloria porque me recargaron de energía positiva y me dieron la idea de este artículo. Escribir sobre la buena gente.

Lo siento pero tengo que decirlo. Tengo que proclamarlo. A pesar de lo que pueda pensarse, tengo que afirmar que la gente es buena. Sí, hay crueldad en algunas, en todas. ¿Quién no ha tenido un mal día? ¿Quién no ha pensado vilezas de algún amigo? ¿Quién no ha criticado al más bueno de los mortales? Pero eso es una de las causas que corroboran esta teoría. Raro sería conocer a alguien que no tuviera sus momentos de debilidad.

Me viene a la mente cuando paseaba con mi padre en los inicios de su demencia senil. Durante aquellas caminatas notaba un aura de bienestar que, a pesar de su ensimismamiento y su mundo perdido, llegaba hasta nosotros. Durante aquellos días nos encontrábamos con familiares, amigos y conocidos, e incluso personas que nunca había visto y lo saludaban con efusividad, y nos paraban y le preguntaban, y si mi padre tenía ganas de hablar lo escuchaban pacientemente, le daban conversación. Y lo despedían con un apretón de manos, con dos besos. Él lo agradecía, yo también.

En una ocasión mi padre creía que todavía no se había jubilado y buscaba unas oficinas de la Junta de Distrito para pagar un impuesto, acabamos frente a una casa particular que tenía un vado, con el característico cartel del Ayuntamiento, al verlo pensó que era allí donde podía abonar no sé qué tasas. Me dijo que preguntara allí, lógicamente la puerta estaba cerrada, yo hacía el ademán de llamar al timbre, al verme me dijo que no sabía (aún tenía momentos lúcidos) y fue él el que lo pulsó correctamente.

Salió una señora, que sin conocerlo de nada, y viéndolo de tal guisa le siguió el rollo lo mejor que pudo, perdiendo su tiempo pero haciendo que aquel anciano, durante unos minutos, se autoconvenciera de la película que aquella mañana se había montado. Y mientras, su hijo, comprobaba lo que decía al principio del artículo, la gente es buena.

Y para acabar contarles que la otra mañana vi a mi ciego favorito, el protagonista de mi columna Un mundo sin luz, ese que aún no sabe caminar por su mundo oscuro, que tropieza de continuo con señales de tráfico o parquímetros, que se deja ayudar por los vecinos continuamente y que siempre tiene una sonrisa en la boca y gratitud en su semblante. Se llama Juan. Lo supe porque estaba en la Farmacia donde habitualmente compro los medicamentos cuando llegó él. La farmacéutica lo saludó efusivamente diciendo su nombre. Él dio los buenos días y guardó su turno.

—¿Quién es el siguiente? —preguntó la auxiliar tras despachar al anciano que me precedía.

Juan, con gracia y salero, contestó: «Pues no lo sé, igual soy yo»

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