Columnismo

Vidas cotidianas

La edad que no tenemos

28.10.2017 3 minutos

Anoche no conseguía dormirme a pesar de que el despertador marcaba cerca de la una de la madrugada. Había leído varias páginas de la nueva novela de Paul Auster, había visto el último capítulo de Juego de Tronos y había oído las noticias de la independencia de Cataluña por enésima vez. Así que me propuse escribir este artículo.

Aquí estamos, frente al blanco papel, intentando ser algo original. Por tanto en esta columna no nombraré a ese político (con un flequillo muy particular) que des/gobierna una Generalitat, ni a ese presidente (también con un flequillo muy singular) del país más poderoso del mundo que tiene nombre de pato y tampoco lo haré de ese deporte que dicen que es el Rey en Europa y que se juega con un balón.

La idea de hoy gira en torno a la edad que no tenemos: ¿Mantienen ustedes el espíritu juvenil? ¿Conservan la ingenuidad de los que olvidamos los años que cumplimos? ¿Pertenecen a ese grupo (cada vez más numeroso) que al llegar a los cuarenta dejó (dejamos) de saber la edad real y nos instalamos en la espiritual?

Pienso que son (somos) muchos los que solo ven pasar los años en los demás. Recuerdo cuando a mi padre (ya bastante envejecido) le insinuamos que pasara algún tiempo de las mañanas en una residencia de Alhaurín pero él no se veía reflejado en los demás. «A mí me da lástima de los viejecillos. Allí solo hay gente mayor» Nos decía.

Podría contar otras anécdotas: una compañera sugirió a su madre ir a comprar un abrigo porque el que tenía estaba ya muy estropeado. Octogenaria, pero muy independiente, recorrió ella sola varias tiendas buscando uno de su agrado. Después de varias horas llegó muy enfadada. Al preguntarle su hija el motivo, esta fue su respuesta: «Digo, ¡qué se habrán creído! Sólo me enseñaban abrigos de vieja»

Pero la mejor de todas fue la que nos contó una prima de mi mujer. Resulta que celebraban los 100 años de su abuela. Antes de soplar las velas susurró a la nieta que ella no cumplía tantos, pero seguía la corriente para no fastidiar la fiesta. Al oírla, el marido de María del Mar rio con ganas. Fue entonces cuando la cumpleañera habló en alto:

—¡Tú no te rías! Que sepas una cosa: cuando mi hija se muera me voy a vivir a casa de mi nieta.

Acabo ya (¡Gracias a Dios! dirán algunos, sino muchos) recordando cuando era niño las conversaciones que teníamos los amigos. En ellas, para nosotros, una persona vieja tenía los cincuenta. Ahora, cuando ya los he superado imagino a un señor mayor, metido en canas y no me identifico con él, ni se me ocurre que pueda ser yo. Esa es nuestra edad. La que no tenemos.

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