Columnismo

Vidas cotidianas

La soledad del maniquí

16.02.2018 2 minutos

Aunque no lo crea mi madre, a veces voy de compras con mi esposa. Me cuesta, sí señor. Pero lo hago. Sobre todo si antes (o después) me invita a una cervecita (o a dos), así aprovecho y surto mi armario con nueva vestimenta.

El viernes pasado fue una de esas ocasiones. Nada más comenzar la jornada nos fijamos los dos en el mismo  jersey.  Era estupendo  por el precio, el diseño y el color, así que entramos en la tienda para llevárnoslo. Pero no pudo ser porque no había de mi talla. Mi mujer aprovechó para probarse una camisa, dos pantalones y charlar con la dependienta.

— Fíjate en ese cuerpo esbelto. Es perfecto. — Comentó Inma señalando a un maniquí que exhibía un vestido verde muy escotado y cruzado por la espalda.

Yo no me había percatado. Allí estaba ese maniquí, con cuerpo de mujer. Completamente en silencio, en un sueño eterno de miradas constantes y deseos fugaces.

Mientras las dos mujeres charlan yo aprovecho para imaginar a la inmóvil modelo con una ropa distinta, otro vestido igual de insinuante pero con otro diseño y recuerdo la película de Berlanga “Tamaño Natural”. Recientemente habíamos hablado del film del cineasta español a raíz de una charla en el Club de Lectura de la Casa Gerald Brenan. Recordamos que el protagonista llega a vestir a su muñeca amante, a hablarle, a inventar una vida en común, enamorándose de ella.

Y aún voy más lejos: Quizás, a veces, el maniquí logra escuchar a los viandantes que pasean cerca de su luminoso escaparate y oye los comentarios de las posibles compradoras envidiando el vestido de turno que le toca enseñar y pienso que si pudiera expresar lo que observa desde el interior del escaparate lo haría escribiendo y entonces,  describiría un mundo diferente al que nosotros creemos vivir, al menos imaginaría cómo sería la existencia fuera de allí, unos días habitando en una gran casa, con una estupenda familia y arreglada con alguna de sus prendas exhibidas en su pequeño habitáculo.

—¿Quién tuviera su figura?— Decía mi mujer mientras pagaba la compra que realizó.

La vendedora le dio el ticket y el justificante de la tarjeta mientras miraba a su estática compañera.

— ¿Y para qué le vale esa perfección? Ahí está. Todo el día sola.

Al salir de la tienda miré instintivamente al escaparate y juraría que una lágrima asomaba en su rostro, resbalando por su lisa mejilla.

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