Columnismo

Vidas cotidianas

Los últimos de San Agustín

04.04.2018 3 minutos

Llegamos al restaurante bajo un chaparrón que la borrasca Félix había tenido a bien traernos. Se ha portado mejor que su colega Emma, ha sido más suave, aun así quiso tener presencia  acompañándonos al principio de nuestra celebración. Nos tocó abrir paraguas y mojarnos un poco mientras nos dirigíamos a la Pequeña Españita. Desde luego mereció la pena aquella tarde.

Abrazos, besos y apretones de manos comenzaron a volar en el mesón donde habíamos quedado. Nos sorprendimos al comprobar que la última reunión había sido en 2008, cuando celebramos el 25º Aniversario de haber comenzado la licenciatura (originales que somos los de nuestra promoción). Pues bien, al final del almuerzo, cuando ya habíamos finiquitado unas cuantas jarras de cervezas y otras tantas botellas de vino, alguna que otra compañera perjuraba que era imposible que  hubiera transcurrido una década de aquella cena en un hotel de Playamar.

Algunos de nuestros compañeros nos dejaron siendo aún jóvenes. Ellos o sus cónyuges. La vida que es así, cruel a veces, pero a ella nos aferramos, a ella y a la familia, amigos y compañeros. No hay más remedio. Nos aferramos a la imagen de nosotros con 20 años, porque eso es lo que somos, todavía nos vemos como en aquella juventud, como éramos en los ochenta, aquellos casi adolescentes que inauguramos el nuevo edificio de la Facultad de Filosofía y Letras en Teatinos durante el mes de enero de nuestro segundo curso.

Hablamos de muchos temas de entonces: de profesores magníficos, ineficaces o impresentables; de exámenes memorables; de avisos de bomba, de huelgas interminables, de amores posibles e imposibles. Hubo parejas que surgieron entre apuntes, pupitres y diapositivas que luego, el tiempo fue desvaneciendo, pero tenemos algunas que todavía permanecen.

Hablamos de equipos de fútbol que varios tuvimos la osadía de crear, de aquel inolvidable “Bereberes de la Tropopausa” que logró nada menos que un impensable tercer puesto en una de las ediciones del prestigioso Torneo de fútbol sala de nuestra Facultad. Partido aquel que recordamos cada vez que coincidimos algunos de los que jugamos en él cuando llegamos a la segunda cerveza.

—Señores, cuidado con lo que decís —alzó la voz Plaza— que luego Antonio lo escribe en su próxima columna.

Así que aquí estoy, una mañana de domingo, intentando no defraudar a mi amigo, ideando cómo plantear este artículo sin parecer muy nostálgico, sin entrar en tópicos, sin ser muy repetitivo. Creo que solo me queda acabar.

Treinta años no son nada decíamos en la comida del sábado. Y viéndonos todos, a pesar de nuestras arrugas, canas y patas de gallo, parecía que no habían transcurrido tres décadas desde que nos licenciamos en Geografía e Historia. Aquella promoción ha dado investigadores famosos, historiadores eminentes y geógrafos abnegados; aunque una gran parte se ha dedicado a la enseñanza en colegios, institutos y universidades  también ha llenado el mercado laboral de guardias civiles, administrativos, funcionarios, jefes de distintas empresas y otros oficios difíciles de considerar cuando en 1988 terminamos una carrera que iniciamos en el Convento de San Agustín.

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