Columnismo

Vidas cotidianas

¿Nos determinan los nombres?

14.12.2016 3 minutos

Quizá mis compañeros no recuerdan un trayecto hacia una comida en la que hablamos de un tema interesante, el que da nombre al artículo. Aquel día íbamos en el coche de mi tocayo, aprovechando que era el más amplio y además tiene techo transparente, de esa forma podíamos disfrutar viendo como caía la lluvia.

Parece que los días lluviosos son idóneos para charlas profundas. Todo comenzó porque Ana comentó que era el Día Internacional de la Felicidad, al hacerlo intenté dirigir la conversación a las casualidades, ya que la noche anterior terminé de leer una novela de Carlos del Amor en la que una de las protagonistas se llama Ana y su madre Felicidad. No crean que hablamos de ese tema, no tengo tanto poder de convicción. Lo hicimos sobre los nombres.

Hace de aquello más de medio año, pero el lunes pasado me vino a la mente cuando asistí a la conferencia que Rosa Montero dio en la Térmica. En ella hablaba de su nuevo libro: La Carne, también de la vida y su complejidad, del impulso irresistible de contar que tienen los novelistas, de la inexistencia de la normalidad y del nombre de la protagonista de su novela: Soledad Alegre, una misógina tremenda.

Aún no la he leído pero la autora comentó que la propia madre de Soledad, que es un personaje cruel, le había puesto ese nombre a conciencia. Aprovecho esta idea, no la crueldad de la madre, sino la posibilidad de que los nombres nos influyan en nuestro destino, al menos los más significativos.

Y no me refiero a lo que exponen diversos estudios en los que se afirma que el nombre condiciona, en cierto sentido, tu vida. Según algunos informes científicos, las personas se pueden dejar influir por los nombres a la hora de elegir pareja, residencia o trabajo. Supongo que es algo exagerado y dependerá del libre albedrío que todos sufrimos, o de la forma en que cada persona se plantee su futuro.

Yo, más bien, me refiero a la negatividad que pueda pensarse en el significado del mismo, sin ir más lejos el de Soledad, como la protagonista de la novela, o Dolores, o Angustias. En muchas ocasiones siguen la tradición familiar, aunque esto se está perdiendo, en otras son los padres que gustan de estos nombres, sin pensar en lo que significan. Lógicamente, cuando imaginan a sus hijas no creerán que están condenadas a estar solas, o a sufrir, o a padecer desconsuelos. Otros, que las personas llamadas así son más fuertes. Como en cualquier tema, hay diversidad de opiniones. El caso es que, aunque no siempre, en una gran mayoría estamos habituados a llamar a las mujeres que tienen estos nombres que pueden inducir al pesimismo con diminutivos: Sole, Loli, Angu.

Por otro lado, está el del sentido positivo. Así, nombres como el que aparece al principio del artículo, Felicidad, o Milagros, o Esperanza pueden indicar ese lado alegre que dan sentido a su significado. Lo que sí estoy percibiendo conforme avanzo en estas líneas es que mis compañeros y yo, en marzo, perdimos una buena oportunidad de un debate, al menos, interesante y creo que me hubiera venido genial para aprovecharlo en esta columna.

Y acabo, por fin, diciendo que el nombre es lo de menos, lo importante es la persona, llámese Alegría, Martirio, o como diría mi padre, Periquito el de los Palotes.

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