Columnismo

Vidas cotidianas

Palabras en el desván

18.11.2016 3 minutos

Ya saben los lectores que los escritores son ladrones en potencia. Se apoderan de ideas ajenas para desarrollar temas en la redacción de páginas que luego publican. En esta ocasión no he querido robar anécdotas sino que he tomado prestado de una compañera lo que nos contó de su hijo y lo he desarrollado a mi antojo aportando mi propia cosecha.

Según nos detalló, lo vio preocupado delante de los deberes. Al preguntarle qué no comprendía, cogió el cuaderno y leyó el problema que el profesor de Matemáticas le había planteado. Un tendero de un comercio de comestibles vendía varios kilos de distintas frutas a diferentes clientes de forma que debía dar con una solución algo complicada. La madre, diligente ella, se disponía a explicarle las operaciones que debía realizar para dar con la solución, cuando su hijo le dijo:

— No mamá, no te preocupes. Si ya sé el resultado. Lo que no entiendo, ¿qué es un tendero?

Todos nos reímos y recordé una escena parecida con mi hijo y su abuelo. Se llevaban muy bien y en una de las tardes en que estaban juntos, Paco, mi suegro, estaba sentado en su sillón favorito, al ver a Antonio, su nieto, rondando por la salita, le pidió que fuera a su dormitorio y le trajera el transistor que se encontraba en la mesita de noche. Hacia allá se dirigió el niño, al cabo de un buen rato, apareció muy preocupado:

— Abuelo, he estado buscando en todo el cuarto y allí solo hay una radio pequeña.

Son anécdotas graciosas que tienen, muchas de ellas, como protagonistas a los niños y, además, se les puede sacar partido. Es normal que Miguel, el hijo de mi compañera, apenas conociera la palabra tendero, puesto que si, alguna vez va de compras, lo hace acompañando a sus padres a alguno de los supermercados de las cadenas que todos conocemos, donde el contacto es con las cajeras. Ya se ha perdido la labor social que se realizaba en las tiendas de los pueblos, el trato con los vecinos, la charla con estos dependientes atentos y cariñosos que escuchaban las penas y alegrías de sus clientes mientras los atendían amablemente.

Es muy probable que Antonio, cuando era pequeño, no hubiera oído hablar de la palabra transistor. Era un sinónimo que no había utilizado hasta esa tarde en casa del abuelo, sin embargo, nuestros mayores, sólo utilizaban ese término para las radios pequeñas. También los de nuestra generación. De hecho hay una noche inolvidable que periodísticamente aún tiene ese nombre, “La noche de los transistores” (23-F).

El lenguaje está vivo, se va renovando, son muchas las palabras que ya no se utilizan, y otras están en desuso, como las protagonistas de esta columna. El recuerdo de ellas agita la memoria para trasladarnos décadas atrás, cuando aún algunos éramos jóvenes.

Artículo anterior Artículo siguiente