Columnismo

Vidas cotidianas

Un mundo sin luz

23.02.2016 3 minutos

“Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran”

José Saramago, en Ensayo de la ceguera

A veces, tras desayunar, aprovecho para pasear por los alrededores y dar un respiro a mi maltrecha espalda con una caminata de varios minutos. De este modo puedo observar a alguno de mis vecinos. Al que siempre veo es a un ciego que, por su forma de manejarse con el bastón, deduzco que no hace mucho que ha llegado a ese estado de sombras donde permanece.

Ramonchu, que es así como lo llaman, tropieza, cruza la calzada a destiempo o se desorienta en apenas unos metros. Cuando lo diviso, me acerco con sigilo por si es necesaria mi ayuda. En la mayoría de las ocasiones no la necesita porque son muchos los que se me adelantan para encaminarlo.

Ayer advertí que Ramonchu se encontraba en la acera de enfrente tanteando con su bastón una señal recién colocada. Indicaba las plazas libres que, en la zona azul, había en las calles adyacentes. Allí estaba este invidente, en su mundo oscuro, pensando que otra vez se había vuelto a equivocar en su trayecto. Rápidamente crucé para auxiliarlo.

— Señor, no se preocupe, yo le ayudo — tomé su brazo y lo orienté hacia el camino correcto.
— Gracias joven. Soy muy torpe.
— No, no lo es. Esa señal la colocaron el lunes.

Me sonrió antes de comenzar a andar. Mientras le seguía con la vista recordé un verano de hace unos años, cuando estuvimos en las Islas Afortunadas, una mañana descansamos de playas y turismo rural y visitamos Las Palmas, la ciudad, pero sobre todo sus tiendas. Mi mujer y mis hijos hicieron una ruta por ellas. Al llegar a la calle Triana aproveché para sentarme en uno de los bancos para descansar y estudiar la vida diaria de aquella isla. Reparé en un ciego que vendía cupones. Un perro labrador esperaba, paciente, bajo sus pies. De vez en cuando alzaba el hocico, su dueño notaba el movimiento y lo acariciaba, le susurraba unas palabras y ambos continuaban con su labor, él despachando suerte y el animal vigilando a su propietario.

Me cautivó aquella escena porque vi la nobleza del perro y el cariño que ambos se procesaban. Repitieron la escena varias veces. Cuando mi familia salió de la tienda, me acerqué al vendedor. Pedí un número. Acabado en 3, por supuesto. Me dio las gracias y me deseó suerte. A la mañana siguiente leía el periódico mientras tomaba un estupendo desayuno y reparé en que había comprado un cupón. Miré el número agraciado. No era el mío. De hecho, creo que no coincidió ni por asomo.

Mi mente, últimamente, da muchos saltos hacia el pasado y ayer recordó aquella escena en Gran Canaria. Estaba dormida hasta que Ramonchu hizo que saltara una chispa y volviera a mi. Pensé que quizá él debería agenciarse un perro guía, así podría ser sus ojos. Quizá de esa forma, en su mundo sin colores y sin luz, podría adquirir la destreza que le falta. En ese momento el cartel luminoso que indicaba las plazas libres cambió. Apareció un nuevo número: el 3, por supuesto.

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