Columnismo

Vidas cotidianas

Una mañana estupenda

12.02.2017 3 minutos

El despertador no sonó, así que cuando los primeros rayos de luz atravesaron mi persiana reflejándose en mi dormido rostro salté de la cama buscando mi ropa apresuradamente. No quise desayunar sabiendo lo que ello implica, a saber: me cuesta concentrarme si antes no he tomado un café bien cargadito, cosa que hago cada mañana sin falta.

Me metí en mi coche y cuál fue mi sorpresa que al intentar arrancar la llave no hizo contacto: me quedé sin batería. Maldije en arameo durante un buen rato ¿alguien sabe esa lengua? Pensé en llamar a un compañero que vive cerca de casa pero viendo la hora que era sabía que el tal susodicho estaba en la oficina comentando el partido de la noche anterior.

El coche de mi mujer fue el sacrificado, le dejé una nota y lo cogí alegando males mayores y asegurando que me llegaría a comprar una batería sin falta. Al salir del garaje poco faltó para atropellar a una anciana a la que no vi porque estaba familiarizándome con el vehículo que no acostumbro a conducir.

A los pocos minutos el tiempo cambió. Había amanecido con sol pero unas nubes no muy halagüeñas estaban apoderándose del cielo y ocurrió lo que habían previsto los sabelotodos de mi oficina: comenzó a llover. Me encanta la lluvia. No me gustan los atascos. Ambas premisas son incompatibles, sobre todo un día laboral y en hora punta, así que se formó una buena, me vi inmerso en un monumental embotellamiento. El móvil me lo había dejado en mi casa y la radio del coche de mi mujer no funcionaba. Los nervios a flor de piel y allí en medio de ese maremágnum me fui abandonando a otro tiempo lejano, cuando era pequeño, cuando en el pueblo apenas había coches. Allí estaba, otra vez en mi calle, con mi hermano, con mis amigos.

Formábamos los equipos en cuanto el último coche había salido y la calle se quedaba despejada, entonces teníamos un buen rato para jugar. Dos piedras y dos chaquetones bien doblados hacían las veces de porterías. El balón estaba recién estrenado, los jugadores preparados y el partido a punto de empezar. Al cabo de una media hora alguna madre lo interrumpía para enviar a uno de sus hijos por algún “mandao” a una de las tiendas cercanas. La mía, tan prudente como siempre, y, en vistas a la mirada que le echaba, procuraba que el partido estuviera finalizado o incluso se acercaba ella a comprar los pimientos, las cebollas o la barra de pan de turno.

Si no había partido me importaba menos ir a cualquier tienda con mi talega bajo el brazo a pesar de que luego tuviera que esperar una cola que en lugar de menguar, crecía. Esto era así simplemente porque las vecinas aprovechaban la presencia de un niño tímido para colarse descaradamente y como yo no era capaz de protestar, esperaba a que alguna santa mujer tuviera la delicadeza de reparar en mí “Pero Pepe, despacha al niño que lleva aquí media hora”.

"Por favor, señor, circule" Un policía local me gritó esas palabras, con aire chulesco. Yo volví a la realidad desde un pasado lejano con la firme intención de recuperar esos momentos infantiles con más asiduidad. Llegué a la oficina una hora tarde. Mis compañeros, con algo de sorna, me preguntaron "¿qué tal el día?", yo respondí a todos con una sonrisa de oreja a oreja:

— Está siendo una mañana estupenda.

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