Columnismo

Vidas cotidianas

Una tarde de junio

10.06.2017 2 minutos

Ayer me eché una buena siesta después de un copioso almuerzo. En apenas media hora de sueño profundo pude retroceder a los primeros días de mi llegada al Instituto de Torremolinos.

Estoy en mi sitio junto a mi primo Gerardo, no sé el motivo, pero todos mis compañeros me miran señalando mi rostro, es el de un hombre cincuentón, con canas incipientes y patas de gallo algo exageradas. Un rostro experimentado en un cuerpo de adolescente. Tengo la impresión de llevar un buen rato en esa situación, extrañado, pregunto a mis profesores de Literatura y Física de segundo de BUP quién soy, pero permanecen mudos.

Entonces, despierto sobresaltado por el ladrido de mi perro. Me levanto y siento que alguien se acerca a la puerta de entrada. Me aproximo y percibo que tiene un parecido sospechoso al director de mi colegio de siempre.

—Buenas tardes, busco al alumno que salió del Ciudad de Jaén antes de los ochenta. —Voy a contestarle pero no me sale la voz de la garganta. Él continúa hablando. — Tengo que decirle que si quiere dedicarse a la enseñanza debe tener una cosa en cuenta: que lo primero es el alumno. La empatía con él es primordial y si no está dispuesto a seguir esta premisa debe dedicarse a otra cosa en la vida

Intento gritarle que yo soy ese alumno que está buscando, intento decirle que me dedico a otros menesteres, no porque no esté de acuerdo con él, al contrario, mi sueño hubiera sido ejercer de maestro, sin embargo el destino es, a veces, caprichoso y te va llevando a otros lugares diferentes a tus sueños y tú debes adaptarte, pero reina el silencio en ese momento, no puedo articular palabra alguna y lo veo volverse hacia el final de la calle donde lo pierdo de vista.

Drako, mi perro, se me queda mirando con ojos tristes y cansados, yo le pregunto (ahora sí oigo mi voz) cuándo cree que comprenderé lo que está pasando esa tarde de junio. Noto que intenta decirme algo, pero, obviamente, los perros no hablan, así que le acerco mi mano, él la lame, luego le masajeo la cabeza, mueve la cola y lentamente se va tumbando junto a mí para que no deje de acariciarlo.

Yo le sigo hablando.

—Drako, ¿tú crees que estoy soñando, o la vida es así de fantástica? ¿tú crees que el pasado puede volver al futuro para intentar explicar el presente?

Mi perro mueve las orejas, se hace un ovillo y simula dormirse. Cojo la indirecta y me callo, paso la mano por su espalda. Lo agradece. Al cabo de un rato suena el teléfono. Es mi primo Gerardo, hacía tiempo que no hablaba con él.

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