Columnismo

Y punto.

30.09.2016 @juanmcfarlane 4 minutos

Les presento a un pequeño amigo que ha sufrido en silencio los estragos de la crisis. Se llama Punto. Han acabado con él la necesidad de ahorrar y el afán por recortar en lo superfluo. Lógico: a más puntos, más tinta y más gasto. Como ya no hacía falta, le han preparado un ERE a la andaluza, un desahucio que haría temblar a Ada Colau, una independencia forzosa y sin referéndum con la que no soñaría ni el mismísimo Mas. Lo han echado al estilo Ikea, con las maletas por delante.

Pero claro, el hueco que ha dejado el punto no puede quedarse tal cual, en blanco. Ese es el problema que muchos no supieron ver al defenestrarlo. Ese hueco había que rellenarlo con algo, pero algo más moderno, más novedoso. Algo que parecía estar ahí pero a lo que nadie daba mucha importancia.

Para acabar con el hueco, llamaron a su hermana Coma. Para que todo quede en familia. No entiendo del todo por qué la eligieron, pues a efectos prácticos gasta tanta o más tinta que su hermano. Quizá no fueron recortes, sino cuotas paritarias. Y quien diga que hace el mismo trabajo se equivoca; nadie desprecia a la coma (yo desde luego no) pero a las claras está que no es un punto. Pues bien, hay quien se empeña en darle todo el trabajo, con resultados que hacen sangrar los ojos. La coma se ha elevado a ídolo, ocupando lugares insospechados hasta hacía poco. Ahora no sólo separa oraciones enteras como otrora hiciera su hermano, sino que lo separa todo. Separa sujetos de verbos, verbos de complementos directos, oraciones principales de pobres subordinadas en su tierna infancia. Separa como no lo haría ni la mejor propaganda catalanista. Y, a lo mejor soy yo, el raro, pero, pienso que, esto, no está bien.

No comprendo el afán español por escribir mal. Puede que tenga que ver con la cultura barroca, enrevesada y llena de florituras que nos legó el Siglo de Oro. Pero, qué quieren que les diga, no somos Quevedo. Y por mucho que lo admiremos, un informe de trabajo no es el mejor sitio para intentar emularlo. Existe una obsesión nacional por la rimbombancia, la complejidad lingüística, los giros de ida y vuelta, como si por hacer frases largas de cinco líneas y siete verbos perifrástico se fueran a creer que nuestra empresa es más seria. Como mucho, más ridícula.

No es cuestión de longitud, obviamente. Lean a Shakespeare, anglosajón hasta la muerte pero amante del exceso de tinta. O al ya mencionado Quevedo, por dar ejemplos patrios. Es cuestión de saber escribir. Estos genios podían hacer lo que querían porque su estilo era impecable. Pero, con todos mis respetos, no es un estilo que podamos conseguir la inmensa mayoría de españoles en nuestra inmensa mayoría de textos diarios. Escribir corto es garantía de seguridad. Es más complicado cagarla en menos espacio. Las frases largas no son malas por largas, sino porque están plagadas de incoherencias, sinsentidos, faltas gramaticales y estupideces absolutas. Y porque tienen tendencia a repetirse sin dar ninguna pausa. Y porque acaban por ocupar párrafos enteros y confundiendo al que lo lee.

Escribir así es pecado. No porque lo diga la Santa Madre Academia. Es un pecado contra el lector incauto que no se acaba enterando de nada. Es un pecado contra la vista y el buen gusto. Y es un pecado contra el propio escritor, aunque este no sé de cuenta de que está pecando de complejo de inferioridad, de soberbia decimonónica, de Dios sabe qué más. De diglósico enfermizo, probablemente. 

No hace falta ser complejo para ser culto. Tampoco hay que ser simplón. No predico la pobreza, porque no estoy en condiciones de predicar de nada, en realidad. Pero hay que saber que la literatura es literatura y que no somos bohemios ni universitarios al estilo Amadís. No se puede hacer poesía cuando no se sabe y encima se está escribiendo un trabajo, una página web o la lista de la compra. Si uno no puede diferenciar registros debería plantearse si no es un patán iletrado más que un hervidero de ínfulas. Más de un patán escribe libros, da clases, vende poemarios y opina en periódicos. 

Escribir es sencillo. Solo hace falta quitarse el manto de la cabeza y bajarse de la burra. Hay que dejarse de tonterías, que un anuncio en internet no es El diablo cojuelo

Ni (esperemos) al contrario.

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