Cultura y sociedad

Academia de saberes inútiles

18.04.2017 @cristobalvs 4 minutos

El pasado verano, en las páginas de El Español de Pedro J., perpetré una tribuna titulada, “La extrema importancia de lo inútil”, que, pese a mis pocas esperanzas, tuvo cierto eco entre los lectores de ese periódico, siendo comentado profusamente en las redes sociales. El artículo, a contracorriente, renegaba del sistema educativo actual español, en todo sus niveles, para defender, no sin cierto romanticismo, las disciplinas consideradas “inútiles”, aquellas que, en opinión del que escribe, son aquellas que construyen la identidad personal de los ciudadanos, así como la conciencia crítica de una sociedad y que, una vez más, son relegadas a golpe de reforma educativa.

Hoy, si me lo permiten, me preparo para un segundo asalto, pues varias lecturas me han hecho caer en la cuenta de que, en mi razonamiento, un argumento, quizás el más importante, se había quedado en el tintero. Se trata, simple y llanamente, del ansia natural del ser humano por saber, por conocer, que ha quedado sepultado bajo el falso utilitarismo de la enseñanza actual.

En un artículo publicado hace unos meses, titulado La educación boloñesa, Juan Manuel de Prada coincidía en alguno de los puntos esgrimidos en mi texto antes mencionado, como la mercantilización de nuestra educación media y superior al servicio, pretendido, del mercado laboral, pero lo que más me ha llamado la atención es la reflexión que hace a partir del libro ¿Para qué servimos los filósofos? (Libros de la Catarata), de Carlos Fernández Liria, que me ha hecho caer en la cuenta de del error antes comentado. En este libro, el filósofo acusa a los pedagogos de haber destruido, durante décadas, la enseñanza primaria y secundaria introduciendo “motivaciones lúdicas, psicológicas y heterónomas para el conocimiento”.

Este “aprender jugando”, al que se recurría tras el peñazo autoritario de la escuela tradicional, ha degenerado, pese a sus buenas intenciones, en una enseñanza light, en el que el conocimiento, la más noble aspiración humana según Aristóteles, queda en un segundo o tercer plano, sino último, pues lo importante es enseñar a los alumnos (y alumnas, dirían los mismo que propagan estas teorías), a enfrentarse a los problemas de la vida con “competencias”. El conocimiento está en Google, nos dicen.

La LOMCE ahondaba, aún más si cabe, en esta idea, ya consagrada en la anteriores reformas. Que los alumnos adquieran las competencias básicas, ahora llamadas clave, (las reformas, en educación, siempre se centran en cambiar de nombre a las cosas), que les servirán para desenvolverse en la sociedad futura.

Que los tiempos están cambiando, como diría Dylan, es algo que nadie puede negar. Que hay que llegar a los alumnos con medios y paradigmas, que diría alguno, del siglo XXI y no del XIX, tampoco. Pero lo que nunca puede hacer la educación es amoldarse a nuestros males sociales, en vez de combatir, quijotescamente contra ellos. Sin embargo, la última reforma educativa viene a implantar definitivamente, e igual hará la siguiente, en la educación, lo que Vargas Llosa llamó la "sociedad del espectáculo”, una educación basada en lo práctico y lo útil, sin importarle el conocimiento, la transmisión de los valores culturales o morales y, mucho menos, el esfuerzo o el sacrificio.

“Es que esto es aburrido”, me ha llegado a decir un alumno cuando intentaba explicarle la importancia de la Revolución Francesa en el desarrollo de la democracia occidental ya que, en este sistema del conocimiento light, lo que no es divertido no sirve y hay que buscar excusas más o menos entretenidas para enseñar aquello que tiene valor en sí mismo pero que, según la sociedad del espectáculo, no sirve para nada al no tener una utilidad tangible e inmediata.

Mientras, llenan las aulas de economía, que ya dijo Anguita que, como ciencia, es la menor, e intentan enseñar a los niños a ser competentes en un mundo que ya será otro cuando salgan del colegio, negándoles el beneficio más importante que los alumnos pueden obtener de la escuela: la madurez intelectual paulatina obtenida del esfuerzo diario, fundamentalmente en aquellas asignaturas de conocimientos abstractos.

Realmente, y aunque yo tire para lo mío, para las letras, no sólo la Filosofía, el Arte o la Historia contribuyen a esto, sino, por supuesto, las ciencias como la Física o las Matemáticas, que son también víctimas de este sistema que las relega como prácticamente inútiles, cuando son las únicas que, cuando los alumnos actuales lleguen al mundo laboral en una sociedad tecnológicamente diferente, seguirán siendo igual de necesarias.

Como Luis Alberto de Cuenca, en su poema Political incorrectness, me entran ganas de pegarle a un pedagogo, o a un psicólogo, pues, cuando me explican las nuevas modificaciones legislativas, la cultura sale perdiendo y el afán de conocimiento aristotélico queda huérfano de madre. La única solución: ganar Pasapalabra, como el poeta David Leo, con el que compartí colegio, y poner con el dinero, como él anunció a la prensa tras el concurso, una “academia de saberes inútiles”.

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