Cultura y sociedad

Breton: el jefe de un pueblo llamado París

Breton fue el teniente coronel del surrealismo francés, mientras iba haciendo manifiestos y excomulgando a poetas y pintores por no estar en profundidad en el meollo del bollo del cogollo de la cotorra de aquellos cafés vanguardistas. El Papa Breton luego se iría a tomar peyote a México, que ya era un surrealismo artificial y neoyorquino

13.08.2016 @emilioarnao 8 minutos

Breton era el jefe de toda aquella panda, los surrealistas, aquellos que vivían en un pueblo llamado París, porque allí todos se conocían, salían al portal a coserse sus camisas y ponerles las orlas de oro, como las modistillas de los pueblos, entre chanza y chanza, al sol de la mañana, beatas vestidas de colores que se decían palabras y bromas como de ir al campo a segar los versos. Breton luego pasaba lista y miraba a ver cómo habían quedado las orlas, si había freudismo aprobaba el cosido, pero si había excesivo sentimentalismo les hacía volver a coser de nuevo la camisa. La camisa surrealista venía del manifiesto que André Breton publicó en 1924 y de esa foto nadie podía moverse, porque si te salías un poco, mejor te ibas a ver a los dadaístas, que ya habían muerto con sus juguetes y con su vacío de cadáveres exquisitos, mientras Tristan Tzara se ocupaba de seguir jugando con Lenin al ajedrez en Zúrich. La camisa surrealista, según Breton, tenía que quedar caligramática, a lo Apollinaire y como en un estado de duermevela, donde las palabras surgieran de la mente con “le valeur d’oracle des mots”. Dadá había enseñado a Breton el cadáver, el muerto de los cafés, el bolso donde se ejecutaban las imágenes para ver si salían raras o hechas un desperdicio. Lo primero que le salió a Tzara, desde ese juego para niños, fue “el cadáver exquisito beberá el vino nuevo”, mientras Breton, aprovechando la revista de Valéry “Littérature” tomó el nuevo término, el vino nuevo de un drama de Apollinaire: “Les mamelles de Tirésias, drama surréaliste”. Breton había observado que si se aludía al subconsciente –freudismo- se podía obtener el acuario de lo subterráneo, allá donde está todo, pero que nadie es capaz de decir, lo superterrenal, lo oculto, lo disfrazado con emociones y otras necedades que a Breton le ponían para estirarse de los pelos. Breton diré no se inventa el surrealismo de la nada –la nada dadaísta, de la cual escoge su mejor espejo-, sino que previamente ya ha leído a Rimbaud, a Lautreámont, a Mallarmé y a todos aquellos –pocos- que habían revolucionado la lengua francesa en el fin de siglo de un 19 que ya iba apuntando maneras, incluso en lo pictórico y en lo musical, véase Odilon Redon, Debussy y todos aquellos que reservaron su propio pensamiento desde una realidad desconocida de la que dependía sin duda ninguna la organización de un mundo ofertado hacia el destino. Breton ve el destino como el animal a cazar, como el venero que lucir, como los campos magnéticos que escribir. Sus “Les champs magnétiques”, con la ayuda de Philippe Soupault, es el libro capital del desarrollismo de lo que será la pandilla surrealista. Ya en 1919 Breton veía venir a Tristan Tzara y se iba preparando para su jefatura de Estado en aquel provincianismo parisino que tuvo a Jacques Vaché, muerto en guerra, y al boxeador Cravan sus modistillos iniciales. Hugo Ball, mientras tanto, seguía en Zúrich, después de ser acusado traidor en la guerra y donde había emigrado. El inicio de Breton, pues, está en el Cabaret Voltaire, café donde la política, los conciertos y las lecturas de poesía darían como resultado la incorporación de Tzara, Marcel Janco, Richard Huelsenbeck o Han Arp, mientras Lenin seguía jugando al ajedrez.  De ahí surge el primer poema dadaísta, con título “Karawane”, que no era otra cosa que el conjunto de articulaciones de fonemas e interjecciones carentes de significación. Breton conocía muy bien aquel poema: “jolifanto bambla o falli bambla / grobiga m’pfa habla horem / egiga goramen / higo bloiko russula hutu / hallaka hollala / anlogo bung / blago bung / blago bung…”, y así todo seguido. Es cuando, desde su experiencia como médico aficionado a la psiquiatría, Breton se inventa, mejor dicho, se reinventa la escritura automática, que no es más que situar a cada palabra según el azar mande y ordene, como si la palabra fuese una puta que va de aquí para allá, de habitación en habitación, de sexo en sexo. El surrealismo bretoniano provoca una sexualidad del lenguaje que aboga por la defensa del significante más que de la horterada del significado. Breton llega a decir que “la poesía es uno de los tristes caminos que llevan a todo, escribid deprisa sin tema preconcebido, lo bastante deprisa como para no retener u no sentirse tentado a releer”. Breton se alza de este modo como el psiquiatra de la nueva poesía que trastabilla la psique con la velocidad de un idioma renegando de las teorías lingüísticas de Ferdinand de Sausurre y de sus vasallos Charles Bally o Albert Sechehaye sobre el sentido metafórico del signo lingüístico desde las correspondencias lógicas del habla entre diacronía y sincronía. A la mierda con Saussure. A la merde con los estructuralistas, que vendrían después para sacarle el jugo mentalista a Breton.

Breton, así, pasa de médico a poeta, pero poniendo en su lista de jefe a quien le viene en gana. El surrealismo es a Breton lo que Andy Warhol sería para Nueva York, una fábrica de ideas donde lo que menos importa es la idea, sino el ejercicio del lenguaje como asumido después de una toma de peyote, pero por tomar demasiado peyote Breton sacó a Artaud de la escuela, como, desde esa moralina científica que era Breton, también expulsó a Dalí por pintar a un hombre con los calzoncillos rebosantes de excrementos. La mierda nunca ha sido surrealista, sólo la disección de una máquina de coser y un paraguas, como proponía Isidore Ducasse. Es que pasa que a Breton sólo le gustaba tener una novia y se echa a Nadja para pasearla por la place Dauphine vestido con corbata y continuando con su psicoanálisis monstrenco y autoritario. La autoridad de Breton supone que con el tiempo se vaya quedando solo y acabe en conferenciante en América mientras prueba el peyote artaudiano.

-Tenía razón este chico, el peyote es toda la cocaína que se tomaba Freud, pero con más falda y con más indios de por medio-, dice Breton a Paul Eluard.

-Sí, pero a mí ese cabrón de Dalí me ha quitado la novia.

-No te preocupes, te dejo a mi Nadja.

Y así va pasando el surrealismo para no pasar nunca, puesto que lo subterráneo, lo anticonsciente, el irracionalismo y el diván freudiano aparecerán más tarde en las películas de Hollywood y en la música de Patti Smith. Breton tenía un solo mensaje: cargarse al intelectualismo. Y de este modo abomina de la lucidez como de los cafés en donde se habla demasiado de política. La literatura social bretoniana adquiere el sentido de derrumbe cuando se comporta como antisocial, como un mundo futuro en que no quepan ni los obreros, ni los ministros, ni siquiera el léxico de Pascal. La razón produce monstruos, había dicho Goya, y a la razón hay que aniquilarla desde la estética de la alucinación visual o femenina, extraña y parisina. París para Breton, ese pueblo, es el café Deux Magots, donde va alternando con Elsa Triolet, André Gide, Jean Cocteau y toda la banda de un surrealismo hecho a imagen y semejanza, pero los vasallos le van saliendo díscolos y lo van dejando solo, con lo que a Breton sólo le queda la place Dauphine para seguir escribiendo Nadja y manifiestos contramanifiestos. Breton es una contradicción del psiquiatra que primero dice que el paciente padece de histeria para después indicar que sólo es un mal de amores. El mal de amor de Breton lo encuentra en las expulsiones y las readmisiones que va realizando a golpe de manifiesto, así Dalí, Tanguy, Man Ray, Aragón y otros pueblerinos. Breton dirá de Miró que es la más bella pluma de su sombrero. El purismo de Breton lo ejerce desde esa actitud de jefe militar que excomulga a Tzara cuando éste se decide afiliarse al Partido Comunista. No cabe la política en el surrealismo, porque éste siempre intenta ir un poco más allá. Este apoliticismo bretoniano indica sus grandes contradicciones, pues, aunque no se sienta marxista, ejerce como tal. Breton es a la poesía lo que Stalin fue al comunismo, lo que le interesa lo coge y al que no lo envío a Siberia o hacerle entrevistas seudomentales a Artaud en sus psiquiátricos. El amor loco de Breton consolida su idea del amor, que nada tiene que ver con la pintura de Paul Delvaux o la de Dalí, la una por excesivamente sentimental y la otra por sumamente paranoica y ávida de dólares. A Breton lo que le interesa es publicar, desde su juventud mantuvo esa idea fija de la imprenta y así va sacando sus libros, comunicantes, arcanos, confesiones, como tablillas donde pintar lo antiguo pero dándole ese matiz de modernidad que es el surrealismo. El surrealista es un clásico que de repente se automatiza y se compra la primera máquina moderna desechada por Marinetti. La máquina de coser o un paraguas, lo que digo.

Toda heterodoxia acaba siendo dogmática, pero Breton eso lo sabe e intenta caminar de puntillas entre los distintos caminos que le supone la belleza convulsa. Breton es el que dice que cuanto más lejos estén los objetos entre sí mejor lograda estará la imagen. Y ahí acierta, porque el mismo Valle-Inclán dirá que benditos sean los escritores que han sido capaces de unir dos palabras que nunca han estado juntas. De ese modo, el surrealismo, lo surreal, el automatismo nunca dejará de existir en el tiempo, porque la lejanía siempre ha estado de moda y el ejercicio del lenguaje es tan amplio que se suma a todas las vanguardias que día sí, día también van surgiendo en todos los pueblos donde los poetas van construyendo sus ciudades, habiendo o no pasado por París.

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