Cultura y sociedad

Celia Cruz, el ícono multidimensional

Su guaguancó vivirá por siempre en los millones de latinos que día a día salimos a buscar el pan dentro o fuera de nuestras tierras, con la añoranza de volver a abrazar aquellas miradas que juramos resguardar cuando “la vaina” mejorase en La Habana, Santo Domingo, Caracas, Medellín o Buenos Aires

06.11.2018 5 minutos

En 1960, una Celia de aproximadamente 35 años dejaba Cuba junto a La Sonora Matancera con rumbo hacia México por motivos de trabajo después que una política estatal promulgada por el recién victorioso Fidel Castro cerrara todos los bares de la isla. Este viaje que en principio no superaría el mes de duración, se extendió hasta su último respiro. Según han relatado quienes siguieron de cerca este suceso, Castro no presenció con buenos ojos que la gira se hubiera extendido por territorio estadounidense. Marcada como traidora a la revolución, Celia más nunca pudo volver a pisar su isla, viviendo en un exilio que, aunque la llevó a consagrarse en la deidad que hoy conocemos, jamás le permitió volver a las calles que atestiguaron sus primeras notas.

Moldeada por la profunda cicatriz que este suceso dejaría dentro de su espíritu hasta su último verso, ya instalada en los Estados Unidos, Celia comienza a coquetear con un género nuevo, fresco y totalmente transversal que se venía “cocinando” en los barrios neoyorquinos. Este género eventualmente saldría a las calles con el nombre de “salsa” y, en cuestión de pocos años, pondría patas arriba el mercado musical hispanohablante, cambiándole por completo.

La violencia de este nuevo ritmo, con la influencia primordial del jazz estadounidense y los ritmos caribeños (descendientes de la mezcla aborigen-africana), se instaló rápidamente en las pistas de baile de todo el continente americano. El conjunto formado por el estruendo de los trombones y trompetas más la rabia de los timbales y teclados, abrazados por el tenue pero seductor susurro del bajo, hacía de este nuevo género la bandera musical del orgullo latino, no solo en los EEUU, sino en el resto de latitudes terrenales.

La salsa, comandada por el sello discográfico Fania y sus Fania All-Stars, estaba dispuesta a comerse el mundo entero, con exponentes poseedores de un conocimiento musical tan salvaje, que dentro de quienes se consideran adeptos a este género, aún se tiene cuidado con pasar por alto el nombre de estos exponentes de la identidad musical latinoamericana. Ray Barreto, Johnny Pacheco, Willie Colón, Yomo Toro y Hector Lavoe eran algunas de las bestias que este inframundo ofrecía.

Todos estos hombres eran poseedores de todos los credenciales, desde los más musicalmente objetivos, hasta sus variantes más bruscas, como el dominio de la calle y el inframundo latinoamericano y neoyorquino. Entre estas fieras, muy pronto se estableció como fija nuestra querida street-smart guarachera, claro está, con todas las de la ley.

Sin pelos en la lengua, Celia te hacía bailar y sudar sus canciones, pero entre esos compases de tres por dos y dos por tres, te invitaba a reflexionar sobre las realidades más crudas de tu vecindario, pintadas sobre el lienzo de la violencia doméstica, el adulterio, machismo y los conflictos entre clase y raza. Te podías ver haciendo los giros más dinámicos sobre la pista de baile, pero recitando versos como el siguiente, extraído de una de sus máximas joyas, Bemba Colorá: “Si tu marido te pega, dale golpes tú también. Y si no puedes con la mano, ¡métele con la sartén!”.

En Usted Abusó, Celia habla de un amor fracasado desde la perspectiva de ese miembro de la relación que en su disposición de satisfacer su ideal de amor altruista, es pisoteado una y otra vez, hasta el momento que en un arranque platónico, se despide de su amado/a argumentando que “el cuero no da pa’ más”, es decir, que ya no hay más atropellos que tolerar, y se debe seguir adelante, así sea en soledad.

Siempre tenía algo que decir, bien fuese trivial o político. Y a diferencia de muchos colegas que no llegaron a gozar de esa dicha, el público siempre, pero siempre, le escuchaba. Si Celia pedía que te levantaras del asiento porque la salsa no era para escucharla sentado, usted se levantaba. Y si te pedía que tomaras un minuto de tu tiempo para reflexionar con una de sus piezas, era menester responder.

La jocosidad de sus temas llevaba una vocación cívica implícita, con énfasis al respeto de la libertad individual y la identidad latinoamericana. Bien se ha dicho, la diferenciación de roles nunca será un problema, pero la estratificación y discriminación en torno a esta, sí. Ella, alegremente insistía en sus temas que daba igual quién fueses, si no estás dispuesto a bailar y abrazar a quien tuvieses a tu lado, independientemente de su sexo o género, nacionalidad, etnia o índice de melanina, usted mi pana, “no estás en na’”.

Las realidades de su pueblo están en cada una de sus canciones. Siendo testigo del sufrimiento que los latinos debían soportar dentro de los EEUU, siempre insistió en la insistencia de ofrecer ritmos que al menos pudiesen permitir unos minutos de risa al final de una ruda jornada de trabajo en tierras donde la ausencia de tu gente, tu idioma y tu cultura estaba a pie de cañón. Temas que te ayudan a derribar las barreras que tristemente por décadas nos hemos impuesto entre paisanos americanos. Canciones que invitan al reencuentro de nuestras realidades, así fuese lejos de la arena donde nacimos.

En la canción titulada Latinos en Estados Unidos, canta uno de los versos que más nudos atan dentro de la garganta inmigrante: “Seamos agradecidos con esta tierra de paz que nos da un nuevo futuro y una oportunidad. Pero ya que estamos lejos de nuestro suelo natal, luchemos por el encuentro con nuestra propia verdad. Debajo de cualquier cielo, se busca la identidad”.

En resumidas cuentas, lo que Celia Cruz logró por la sociedad latinoamericana es magno. La yerba santa que trajo para nuestra garganta todavía muestra vestigios de claridad, aún a quince años de su partida. Su azúcar sigue endulzando aquel caldito de lágrimas derramadas por la pérdida física de nuestros amados. Su voz aún sirve para deshinchar las heridas que el paso del tiempo deja sobre nuestro caminar, a veces tan atropellado y difícil de soportar. Y su guaguancó vivirá por siempre en los millones de latinos que día a día salimos a buscar el pan dentro o fuera de nuestras tierras, con la añoranza de volver a abrazar aquellas miradas que juramos resguardar cuando “la vaina” mejorase en La Habana, Santo Domingo, Caracas, Medellín o Buenos Aires.

Hemos roto barreras, hemos sobrevivido y planeamos seguir haciéndolo. Porque la vida no siempre será un carnaval, pero siempre será más lindo vivirla cantando.

Celia, gracias totales.

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