Cultura y sociedad

Chapu Apaolaza: "Si nosotros nos alegráramos con el dolor del toro, habría gradas en los mataderos"

"La columna y el toro tienen en común que antes de empezar te dan la sensación de que te van a coger"/ "El toro no es una representación de la vida, es la vida misma"/ "Lo que te enseña el toro es que vivimos con los pitones constantemente en la espalda, que cada segundo puede ser el último"

26.09.2018 @JPedrosa97 16 minutos

El joven guerrero –Alcántara dixit– Chapu Apaolaza (San Sebastián, 1977) me cita en el Café Gijón, un museo de la literatura española donde además puedes comer, tomar café o una copa. No es difícil imaginar a Chapu como un aventurero de ojos azules y barba cobriza. Aunque él es más de correr delante de toros con un pañuelo rojo al cuello o de buscar lobos en los países escandinavos. Defiende la tauromaquia desde la Fundación Toro de Lidia, se le puede escuchar en las ondas con Juan Ramón Lucas y le sobra tiempo para escribir en los periódicos de Vocento y en La Información. Lo podréis ver en bicicleta por la capital o en la cuesta de Santo Domingo un 7 de julio.

¿Eres sanferminero y periodista o periodista y sanferminero?

Esa pregunta la tuve que responder este año el 7 de julio, porque ese día yo quería correr porque hacía veinticinco años del primer 7 de julio que me llevó mi padre al encierro, era un día muy importante para mí. Y ese día tenía que retransmitir una corrida para Canal +, tenía una coyuntura un poco especial, porque en el encierro te das un golpe y lo mínimo son 24 horas en observación. Esa mañana tenía que decidir quién era antes, si era antes el corredor o era antes el periodista. Y elegí ser el corredor. Corrí y además hubo un toro que me hizo una visita y vino a contarme quién era yo, porque los toros vienen a contarte cosas; hay toros que te cambian la vida, ese toro me eligió entre todas las personas que había en la cuesta, derrotó hacía mí y estuvo a punto de cogerme. No me cogió, me dejó toda su energía y me dijo quién era. Así que sanferminero y después periodista.

¿Hay vida después de la tele?

Claro que sí. La tele a mí me ha enseñado un mundo distinto, he aprendido mucho. He aprendido de los demás y también de mí. Volveré a la televisión, estoy seguro de ello, pero al margen de todo esta etapa en la televisión me ha enseñado otras facetas de mí como columnista, periodista, escritor, siempre necesitas tener vivencias, eso aporta al escritor que eres.

Me imagino que después de ponerte delante de un toro ponerte delante de una columna no tiene ninguna dificultad.

Bueno, tienen una cosa en común: que antes de empezar te da la sensación de que ambas te van a coger. El papel en blanco y el encierro tienen ese componente de miedo y ese miedo te hace pensar que no vas a poder dar el primer paso, que no vas a poder dar el primer muletazo o que no vas a pasar el primer párrafo. Y todo eso es mentira; el toro es una manera de enfrentarnos a nuestros fantasmas y a nuestras debilidades y la columna es una manera de enfrentarnos a nuestra ignorancia.

¿Pesan lo mismo entonces las zapatillas antes del encierro que las teclas antes de empezar la columna?

(Risas) Nunca he vomitado antes de escribir una columna, pero podría pasar algún día. Hay veces que la columna es muy dura, hay veces que sabes que te estás metiendo en un jardín; pero esto hay que hacerlo de verdad. Creo en el oficio del columnista pero sólo como una herramienta muy accesoria, creo en la verdad de esto y creo que en cada columna hay que ponerse delante del toro, si no ¿para qué?

¿Y en vez de delante del toro te pones delante del político de turno?

Yo no creo en el periodismo como un ejercicio de recorte o de tauromaquia de políticos. Creo que hay que hacer reflexión y esa reflexión enfada a los políticos, pero no a todos. Aunque ellos prefieren a una persona que tiene un pensamiento de plantilla. Ellos le dan una plantilla y por determinados agujeros de luz es por donde pasa lo que tienen que ver y ya está. Y para mí la columna es romper todas las plantillas, y en ese sentido sí que enfada a los políticos, pero no me considero un enfant terrible de los personajes, no me dedico a diseccionar aunque a alguno le sienta muy mal lo que escribo de ellos.

¿Qué diferencia el pulso entre contar una corrida y una columna?

Se diferencia en muchas cosas, porque la columna siempre sucede a posteriori, aunque a mí me gusta mucho escribir en sitios: en viajes, en aviones, etcétera. Pero tienen en común que hay que ser sincero y rendirse a la grandiosidad de la vida y también su faceta más terrible. Cuando uno está en una corrida de toros se abre a lo que pueda pasar y a que es un mundo complejo en el que hay gente vida, hay muerte, hay miseria, alegría, vergüenza… Y eso es lo que hay que hacer en la columna: abrirse. Cuando queremos escribir de algo y lo hacemos desde el prejuicio no funciona, hay que ser sincero y abrir el corazón.

¿La épica del toro es lo que te lleva a escribir luego sobre él?

A mí al periodismo me trajo el toro. Cuando mi padre murió lo primero que escribí fue una columna, él era crítico taurino y periodista y yo iba para farmacéutico. Cuando inauguraron la plaza de toros de San Sebastián unos meses después de que él falleciera, que era algo por lo que él había luchado muchísimo, yo sentí la necesidad imperiosa de escribir. Es algo que no todo el mundo conoce, pero que cuando te llegas tienes que escribir casi poseído, por no sé qué tipo de deseo. Y escribí un texto que no he vuelto a leer  y que se publicó en el Diario Vasco. Después los medios para los que mi padre trabajaba empezaron a pedirme alguna reseña de una corrida y así el toro me hizo periodista. Yo en realidad me hice escritor por transmitir la añoranza de mi padre, no fue tanto la épica como la ausencia. Yo nunca he sido de contar la épica de mi vida, me parece un ejercicio muy obsceno, casi de pornografía. Por ejemplo al correr un encierro y contar lo valiente que he sido en el encierro. Me parece un error muy común el de ese escritor que te cuenta el arrojo que tuvo cuando hizo… Me aburre como el porno.

Siempre dices que intentas no trabajar en San Fermín, pero tu libro es sobre la fiesta.

Sí, el libro es una sorpresa que me llevé porque Libros del KO me dijo que quería publicar algo conmigo, que es como si te llama Almodóvar y te dice: “Oye, quiero que trabajes para mí”, porque hoy en día Libros del KO es un ejemplo. Propuse algunas historias: temas de África, de Kenia, bueno varios temas que estaba trabajando y que creo que merecían un libro, pero ellos me dijeron: “Todo el mundo tiene una historia que contar”, y mi historia era el encierro y me metí en ese libro un poco a ciegas y guiado por el faro de Emilio Sánchez Mediavilla.

Yo “7 de julio” no lo considero un trabajo, ahí me expliqué quién era yo y qué hacía en este mundo. O sea que fue casi un trabajo de diván, prácticamente. Yo en el libro nunca quise contar mi historia, porque creo que mi historia es una más, pero contando las historias de los demás y la mía que era la que tenía un poco más cerca me di cuenta de que estaba contando la mía y me estaba metiendo hasta el cuello en lo que soy.

A ti el periodismo te ha ido llamando a la puerta en vez de tú llamarlo a él.

Bueno, di el primer paso que fue cambiar de carrera gracias a mis compañeros de piso que me dijeron: “Ahora vas a levantar el teléfono, vas a llamar a la Universidad y vas a pedir que te cambien de carrera”. Y allí hubo una persona que me ayudó mucho, que fue el vicerrector de alumnos de aquel entonces de la universidad de Navarra que se llamaba Pepe López Guzmán, al que debo estar hoy aquí. Él me escuchó durante dos horas en una universidad de miles de alumnos sabiendo que en principio no podía hacer nada más y al final removió Roma con Santiago hasta que al final consiguió que cambiase de carrera.

A partir de ese momento he tenido  muchísima suerte en el periodismo. A mí nunca me ha faltado el trabajo, me siento a veces incluso culpable, porque veo la cantidad de gente con calidad que está sin ningún sitio donde escribir, sin nada que hacer, pero yo no he tenido ese problema, llevo desde primero de carrera con un sitio donde escribir, sin parar y hasta ahora.

Siempre dices que te hiciste periodista en Cádiz.

Sí, efectivamente. Cádiz fue mi banco de pruebas, allí aprendí a mirar a las personas. El periodismo es un ejercicio que consiste básicamente en sorprenderse y admirar, nada más. Y eso es muy fácil en Cádiz, todo te llama la atención, allí todo es maravilloso todo es exótico, todo es verdad, allí entras a una cafetería y cada persona que te encuentras tiene un capítulo de un libro.

Ese ejercicio de mirar con interés es lo mínimo que se puede hacer en el oficio de periodista, por ejemplo si paseamos por aquí y miras a la mesa donde se va a sentar ahora mismo Álvaro de Luna nos ponemos a mirar el Paseo del Prado y es un espectáculo maravilloso; la estación de Atocha, el cercanías esta mañana. El espectáculo del ser humano. Y sobre eso en Cádiz se aprende mucho.

Y de allí a África.

En África es muy curioso lo que me sucedió. La primera vez que llegué a Namibia, entre el Namibia y el Kalahari tuve una sensación muy rara que me estaba diciendo que yo pertenecía a ese mundo. Era como una memoria de nuestro origen como hombre, en el que yo no había pensado, ahí estaban los yacimientos de algunos de los homínidos mas antiguos que se han encontrado. Es un poco un síndrome del viajero que muchas veces se siente de sitios en los que nuca ha estado o nunca volverá a estar, pero ya se siente de allí. Yo desde entonces me siento más de África que de aquí, pese a que no vaya todo lo que quisiera. Es una sensación que tengo. Yo dije al volver de ese viaje que a África no se va, de África se vuelve y es otra de mis ausencias constantes: el olor de África, el tacto de las manos de las personas, el olor a pelo de la sabana, las noches… Yo creo que hay muchos aventureros que están buscando África porque en realidad estaban buscando quiénes eran, lo que hay de verdad en nosotros.

Hay una tendencia en el ser humano a buscar lo que es muy lejos y yo creo que nos hacemos trampa a veces, porque la verdad de lo que somos está en nuestra casa cutre y en nuestro café con leche derramado, en el no tengo azúcar y cogiendo las bolsas de la fruta en el supermercado. Lo que pasa es que el ser humano es soñador, nunca le sirve con lo que tiene alrededor y tiene que comprenderse más allá. Más allá en sus creencias o más allá en mundos que no existen o que son mundos irreales para nosotros como es África.

¿Y qué es lo siguiente que quiere Chapu?

En Cádiz aprendí que no hay que hacer demasiados planes. Yo venía del País Vasco, en el que tenemos muchas virtudes y muchos defectos y uno de ellos es tener una mente absolutamente cuadriculada (que puede ser una virtud en algunos casos) y nosotros siempre tenemos un plan de vida. Y en Cádiz aprendí que los planes son absurdos. Cuando me preguntaban en San Sebastián cuándo iba a volver yo les decía, pues es que no tengo la más remota idea estoy bien aquí, tengo dinero para un piso, tengo un trabajo. Ahora mismo tengo una deuda con una historia muy importante que quiero contar y que tengo que escribir en algún momento.

Ahora mismo me gustaría quedarme como estoy: seguir escribiendo, con las columnas, me gustaría estar más en la calle todavía y me encanta la radio. La radio ha sido uno de los descubrimientos de estos últimos años, ha sido entrar en un mundo totalmente nuevo.

¿Y la fundación?

La fundación es una responsabilidad increíble y es una aventura muy loca que supone ponerse delante de los liberticidas, de la nueva moral y de la nueva censura para ponerse delante del mundo de los toros. Un espectáculo que mucha gente considera anacrónico y que está en contra de todas las puestas abajo que nos imprime la sociedad: el mirar de frente a la muerte; el pararnos a ver un espectáculo que no sabemos si va a salir muy bien o muy mal, cuyo arco va de la muerte a la gloria máxima, pero que la mayor parte de las veces no sucede nada, o el asumir nuestra posición respecto a los animales. Pero qué mejor misión que defender algo contracultura. Es una responsabilidad increíble defender algo que para mí es tan importante y tan valioso como la tauromaquia, pero estoy encantadísimo.

Entre pregunta y pregunta, Chapu apura su copa y juega con las servilletas como en una sobremesa de domingo. Sus ojos cristalinos parecen no esconder nada detrás de cada respuesta y cada cierto tiempo se posan en el ventanal del Gijón buscando entre las historias que transitan por Recoletos.

¿Cómo puede ser contracultura el segundo fenómeno cultural más seguido de España?

Porque la imagen que tiene de sí España es muy mentira. Eso lo explicó Noëlle-Newman que hablaba de la espiral del silencio; ella definía la opina opinión pública como una espiral en la que las opiniones mayoritarias aparentemente se iban haciendo más mayoritarias y las minoritarias aparentemente se iban haciendo más minoritarias, eso es lo que sucede con los toros. Los toros le interesan a más de la mitad de la sociedad, pero la gente está retraída, con miedo a decir que son aficionados o que les interesa de alguna manera como les puede interesar la pintura. Por eso tenemos una imagen de que la tauromaquia es minoritaria y no lo es. Aunque tampoco me preocupa si lo fuera, ¿alguien en el teatro clásico o en la ópera se avergüenza porque su disciplina sea minoritaria? Ojalá fuera más gente a la ópera, pero ¿es peor la ópera porque vaya menos gente que al cine? No.

¿Qué le dirías a Sabina cuando dice que no discute con antitaurinos porque sabe que tienen la razón?

Yo creo que Sabina está siendo muy irónico ahí, porque el mundo que nos está diciendo que no podemos ir a los toros es el mundo de la moral, de la moral sacrosanta y ¿qué les vas a decir a esa gente? Que sí, sí, que tienen razón… No sé si todo lo que tenemos que hacer en el mundo debe ser moralmente defendible, no sé si alguien tiene razón. ¿Deberíamos comer carne o pescado? ¿Deberíamos leer a Fernando Vallejo? ¿Deberíamos disfrutar cuando El Juli indulta a un toro en Sevilla y está viviendo su momento de locura en La Maestranza? ¿Deberíamos vivir el éxtasis de la primavera cuando hay una persona que está a tres centímetros de morir porque un pitón le puede atravesar la femoral y no pueden hacer nada por él? ¿Es moralmente intachable? Pues no lo sé, pero hay muchas respuestas del ser humano que no deben darse. Yo no sé si los aficionados a los toros tenemos razón, lo que sé es que los que no tienen razón son los que quieren prohibir los sentimientos de las personas, porque nunca la han tenido y nunca lo han podido hacer.

Yo entiendo a quien defiende que hay que cambiar la forma de relacionarnos con todos los animales. No lo comparto, pero entiendo que alguien lo defienda y que en el caso de que haya una mayoría social que vote en esta dirección se cambie la ley, que es simplemente una convención social. Lo que no entiendo es quien defiende que no se pueda sacrificar al toro, pero sí al animal para hacer hamburguesas. Lo que no puede ser es que alguien se coma un bogavante por puro placer y luego decir que yo no pueda ir a los toros para satisfacer mis necesidades intelectuales.

Si nosotros nos alegráramos con el dolor del toro habría gradas en los mataderos, sería mucho más fácil que organizar una corrida de toros. Si quisiéramos ver sangre iríamos a una fábrica de chorizos. Siguiendo ese criterio una barbacoa sería un espectáculo en el que un grupo de personas se reúnen a ver cómo se carboniza el cadáver de un animal y como se funden las grasas de su piel para que de pronto lo descuarticen con sus propias manos.

¿Es la corrida de toros una metáfora de la vida en hora y media?

Totalmente, totalmente. Todas las pulsiones de la vida que han sido representadas en la tragedia griega están en el mundo del toro, que son: el amor complejo; la figura del héroe y de la víctima (el toro y el torero son a la vez víctima y héroe); la tensión entre la vida y la muerte, entre la gloria y el fracaso, entre el orgullo y la vergüenza, entre el cálculo y lo imprevisible… Todo eso está representado en una corrida con resultados distintos. La diferencia es que esa tensión entre la vida y la muerte es real, luego nadie vuelve a casa y nadie se quita el maquillaje; el torero que fracasa sufre su fracaso en el hotel, el torero al que hieren pasa la noche en vela en la UVI, el torero que triunfa dormirá en los laureles del Olimpo en su hotel.

Chaves Nogales lo narraba muy bien en “Juan Belmonte, matador de toros” cuando el torero una noche en el hotel le pide a Dios que algún presidente socialista prohíba las corridas de toros para no tener que sufrir más la noche anterior a la faena.

Efectivamente, para el torero y para todos el toro es terrible; pero es que la vida es eso. Hasta el público muchas veces lo pasa mal. Antes de ponerte delante del toro se busca la luz en la más oscura de las sombras para luego enfrentarse a sus miedos, enfrentarse al toro y después volver a vivir. Los toros no son una representación de la vida, son la vida misma; como cuando dicen hay que pasar de las musas al teatro: ¡eso es el teatro, pero es que es de verdad!

No hay salvavidas cuando corres delante de un toro.

No, claro que no.

¿Habría que haberlo pensado antes?

Eso le pasó a Fernando Ardura cuando a Robin O’Connor le abre las tripas un toro y mientras le intenta ayudar le dice: “Fernando, no quiero morir” y él responde: “Eso hay que pensarlo antes". Pero, lo que nos ayuda el toro es a tomar conciencia de la fragilidad de la vida. Ahora mismo estamos hablando tú y yo y estamos en la misma situación de tensión que en una corrida: se nos podría caer el techo, tener un fallo coronario o a alguna persona de nuestra familia le ocurriese algo que nos destrozase la vida; somos una cáscara de nuez en una tormenta, pero no nos damos cuenta. El sistema nos ha vendido que vivimos seguros y eso nos hace tener una vida descafeinada, cuando nosotros corremos un encierro lo pasamos muy mal pero el toro nos ayuda a saber que la vida es un momento y que hay que disfrutarla. Porque hemos sentido los pitones del toro en la espalda. Los pitones del toro los llevamos siempre, todo el mundo está en esa situación, pero nadie se da cuenta.

¿Acabarás corriendo la Curva?

No lo sé, cada año creo que sí, pero luego me falta corazón. Creo que todos tenemos que tener algo que nos demuestre que no somos capaces de todo, que somos gente limitada y que en realidad somos bastante cobardes y la curva es lo que me recuerda a mí todos mis límites. Ojalá, sería divertido.

¿Y hay alguna Curva en el mundo del periodismo? ¿Algo a lo que no te atrevas?

Es que soy bastante inconsciente. No hay nada con lo que no me atreva, aunque hay cosas que me gustan más que otras.

¿Tú columnismo sería el Sol o la Sombra del columnismo?

Me gustaría que fuera el salto de la sombra al sol, lo que decía Santa Teresa. Pero en ese viaje de Santa Teresa hay que pasar por la sombra, no todo es luz. Hay un mantra ahora que nos está matando como sociedad que nos dice que siempre vamos a ser jóvenes, que no existe la enfermedad y no es así: si te caes no siempre vas a levantarte y todos tus sueños no siempre van a hacerse realidad. Todo ese buenrrollismo de Instagram color pastel me parece que nos aleja de la verdad. Y la verdad es que la podemos comprender como una fiesta sólo si tenemos conciencia de que puede ser también un mundo muy jodido.

¿Fue tu padre quién te enseñó a valorarla vida en su justa medida?

Mi padre me enseñó muchas cosas, entre ellas a valorar el momento y que no todo va a ser bonito siempre y que hay momentos de sombra, pero siendo consciente de que estás en la sombra puedes sobreponerte y saltar a la luz, que es el ejercicio más bonito que puede hacer el hombre.

¿Y a tu hija qué le dejas?

Una canción que le canto todas las noches. Es una canción de Mikel Taboa que se llama "Txorian txori" que viene a decir más o menos: si le hubiera cortado las alas no hubiera escapado, pero si le hubiera cortado las alas no sería pájaro y yo lo que amaba era un pájaro. Yo creo que es una imagen de lo que debe ser la vida. Pero no sé qué le dejo, ella te lo tendrá que decir en un futuro. Espero durarle más de lo que me duró mi padre a mí.

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