Cultura y sociedad

Crónica de un sentimiento verde y morado

15.04.2017 @dpelagu 8 minutos

Ahora que el guerrero descansa y se lame sus heridas, ahora que toca saltar de nuevo al ruedo con la sonrisa del deber cumplido, ahora que la euforia se ha transformado en satisfecha tranquilidad, ahora que ya han pasado diez días desde la final que ganó milagrosamente el Unicaja en Valencia, parece el momento ideal para echar la vista atrás.

Mis primeros recuerdos con el Unicaja de Málaga coinciden con mis primeros recuerdos, ya que se da el caso de que he ido al Carpena a ver el baloncesto desde que tengo memoria. Eran principios del milenio, el Unicaja acababa de ganar la Copa Korac '01 -de esto sí que no me acuerdo, por desgracia- y la familia Peláez Agudo iba en su totalidad al baloncesto. Mi padre se abonó después del subcampeonato del '95 y vio conveniente, conforme sus hijos nacían, llevarlos al baloncesto. Mi madre cayó por efecto arrastre. Aquello era como ir de picnic cada dos domingos. Mi hermana Marina y yo jugábamos, decía, a ver cuál era el jugador que nos correspondía según su número y nuestra edad: ella tenía ocho años, así que le tocaba Abrams; yo tenía cinco y premio: el jovencísimo capitán malagueño, Berni Rodríguez. Mi hermana Claudia, con doce añitos, se moría de amor por Milan Gurovic y sus tatuajes de gamberro de película. La madre estaba encantada de tener a toda la familia unida y el padre sospecho que sí, que veía el baloncesto.

Yo me sabía de carrerilla la plantilla del Unicaja: cinco, Berni; seis, Mrsic; siete, Phillip; ocho, Abrams; nueve, Paco Vázquez; diez, Cabezas; once, Bullock; catorce, Sonko; quince, Gurovic; dieciséis, Fran Vázquez; cuarenta, Kornegay; cincuenta y uno, Weis. Eran dirigidos con mano dura por Boza Maljkovic. Joder, menudo equipazo. También conocíamos perfectamente a todos nuestros vecinos de asientos. Los de delante eran dos amigos sobre la veintena alta, treintena, que venían acompañados del padre de uno de ellos. Cada vez que salían las animadoras se daban codazos cómplices y se guiñaban; no por erotismo, sino por camaradería. Una vez les tocó una paleta de jamón en un sorteo del descanso de un partido. Con el tiempo, uno de ellos -de nombre Gabi- comenzó a traer a su hija, como otrora me trajo mi padre a mí. Ya no se daba codazos con su amigo, pero encontraba maneras de mantener la llama de la amistad aptas para todos los públicos.

Los éxitos del baloncesto en Málaga eran jóvenes, como nosotros, y todo lo mejor nos quedaba por delante. Cada temporada parecía superior a la anterior. De Maljkovic se pasó a Scariolo, como quien dice, y de eso créeme que sí me acuerdo. A la Copa llegamos por la puerta de atrás, casi sin querer, y la ganamos. A la Liga llegamos por la puerta principal, como un torbellino, y la ganamos. Vivimos ambos títulos desde el otro lado del televisor, pero la alegría fue igualmente enorme. Fuimos al Ayuntamiento tras la consecución de la Liga: Vasileadis fue en las celebraciones el Omic de entonces, Lázaro nos hacía corear su propio nombre, Berni le decía a Garbajosa que si no sabía el frío que hacía en Toronto, Santiago hacía el gesto de las gafitas y Pietrus afirmaba que Malága "está de puta madre". Eran momentos de euforia infantil, de esa que piensas que ya no eres capaz de sentir.

Yo, como la gran mayoría de niños, jugaba al fútbol. Poco a poco, la semilla fue germinando y empecé a echar sesiones maratonianas tirando a canasta en el patio de mi casa. Luego, en los campamentos de verano, mi amigo Guille Azumendi y yo nos tirábamos largas horas hablando sobre baloncesto. Mi padre me había contado cuentos de antes de dormir, leyendas, sobre aquel subcampeonato del '95 -dos años antes de que naciera- y la misma mitología le había llegado a Azu, que era como empecé a llamar a mi amigo para diferenciarlo de los demás Guilles. Éramos dos micos de diez años, eufóricos por los triunfos del Unicaja, que jugaban a hacerse los retro y hablaban de Babkov, Miller y el triple de Ansley que no entró.

Entre una cosa y la otra, me contaba las venturas y desventuras del equipo de baloncesto del colegio y a uno, que no es de hielo, le terminó por picar el gusanillo. Entré en el equipo de basket del colegio un año después de la Liga del '06; mi pasión por el Unicaja fue, por tanto, previa a mi pasión por el baloncesto. El primer día de mi nueva aventura, el entrenador pidió que le dijéramos nuestro jugador preferido o, al menos, uno que conociéramos. Todos dijeron superestrellas NBA; menos yo, que dije Marko Tusek, un temporero que había jugado en el Unicaja unos pocos meses la temporada anterior pero que había terminado por ser clave para clasificarse a la Final Four. Nadie le conocía, menos Azu, que me miraba entusiasmado.

Mientras mi implicación baloncestística se multiplicaba, la de mi familia decrecía. Hubo años en los que estábamos abonados simultáneamente al Málaga y al Unicaja. Cuando el Unicaja quedó campeón de la ACB y el Málaga descendió como colista, se decidió que éramos malaguistas de corazón, sí, pero puestos a pagar, se pagaba al caballo ganador. Pocos años después, mi hermana Claudia se fue a estudiar la Universidad en Granada y cedió en su abono. Mi madre y Marina terminarían por hacer lo mismo. El Unicaja comenzaba a flaquear, todos nos veíamos ya mayores y la relación paterno-filial se convirtió en el último reducto de cajismo para la familia Peláez Agudo. Mi padre y yo seguiamos yendo cada dos findes a la cita en el Carpena. Nos comimos a Aíto, a Chus Mateo, a Luis Casimiro. La noche del "¡Dime que no estoy soñando!", contra el Madrid, a mi padre se le cayó la cartera entre tanto bote y tuvimos que volver a las gradas de un Carpena vacío pospartido a recogerla. Después de no clasificarnos para Copa ni playoff con Repesa, en una situación económica delicada, mi padre decidió dar de baja nuestros abonos de Tribuna. Era el fin de una era.

O quizá no. Removí cielo y tierra buscando un compañero, y al final mi amigo Azu -siempre él- se sacó conmigo un par de abonos muy baratos detrás de canasta, donde toca la banda de Los Mihitas, para ir juntos al Unicaja. La mitad del abono la pagaría mi padre y la otra mitad, mis ahorros de quinceañero, que no son mucho mayores que mis ahorros de periodista. El año 1 del nuevo abono fue el año 1 de Joan Plaza con el Unicaja. Nos aprendimos al día el nuevo himno. Fuimos fans de Stimac y nos reímos de Golubovic. El equipo volvió a responder, mantuvo durante varios meses el liderato y estuvo dos veces rozando la machada de clasificarse para la final de la Liga ACB. Un año después, el paso del colegio a la Universidad no fue bueno para ninguno de los dos ni para el Unicaja, que hizo una temporada decepcionante. Una noche, borracho en el centro de madrugada, me encontré a Nedovic, que hasta entonces había tenido un rendimiento irregular como base en el Unicaja. Lo tuiteé, lo cual provocó su polémica, y Nedo me respondió en la cancha con un partidazo contra el Bilbao Basket en casa, que sirvió para cambiar su tendencia y convertirle en la estrella del equipo que ahora es.

El pasado miércoles, fui al Carpena a ver en el videomarcador el tercer partido de la final de la Eurocup del Unicaja en Valencia. A mi derecha estaba mi familia, recuperada para la causa por lo merecido de la ocasión; mientras que a mi izquierda tenía a Azu, más otros amigos. El Unicaja remontó, ganó y campeonó. Muchos abrazos. Mi hermana nos llevó a los amigos al aeropuerto a recibir al equipo. Esperamos hasta la madrugada a los jugadores. Queríamos iniciar un cántico y, cuando se acercó Nedovic, empecé a cantar: "¡Nedovic, quédate!". Todos me siguieron con entusiasmo y se convirtió en uno de los cantos estrella de la afición cajista durante las celebraciones. Me siento orgulloso culpable tanto del renacimiento de Nedovic como de su futura permanencia el año que viene.

La próxima temporada no viviré en Málaga, tendré que quitarme el abono del Unicaja y eso podría ser motivo suficiente para escribir este artículo sentimentaloide. Pero la verdad es que, hace unos meses, me enteré que el que había sido nuestro vecino de asiento, Gabi, que iba con su amigo a los partidos, el que había llevado a su hija a ver las canastas, se encontraba en una durísima lucha contra el cáncer que había emocionado a toda la Marea Verde. Joan Plaza se puso en contacto con él antes de la final, para que diera ánimos al equipo antes de que marchase a la final en Valencia. Cuando se ganó la Eurocup, Gabi pudo celebrarlo en el mismo Ayuntamiento con el equipo. Él lo cuenta en su blog:

Está claro que uno vive más animado la enfermedad cuando comprueba de forma tan cercana que los que sueñan, creen, confían, no se rinden, no se doblan ante la adversidad, disfrutan, viven y se esfuerzan a pesar de todo al final consiguen el objetivo. Este equipo, el equipo de mis amores, me lo ha demostrado. Descomponer la alta montaña en pedacitos de roca para escalar.

Pero incluso por encima de eso me quedo con los valores de aquel, como mi amigo Joan, que prioriza en el día de mayor estrés de su vida el ver a un aficionado “desconocido” sobre otras actividades. Que se acuerda de su amigo Gabi en el momento de la victoria..  Gracias, Joan, siempre guardaré lo vivido y nuestra amistad en mi corazón. Y ojalá celebremos muchas más “victorias”, entre ellas la mía, juntos.

Merece la pena una vida de verde y morado.

 

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