Cultura y sociedad

Diferencias entre ciencia y tecnología

La Ciencia ha muerto. Todo el poder que tiene la tecnología está sustituyendo a las actuales estructuras científicas, las cuales con el tiempo quedarán obsoletas.

25.05.2016 @emilioarnao 10 minutos

Si he de ser sincero conmigo mismo, con este artículo “A Fondo”, voy a intentar explicar la relación que existe entre las nuevas tendencias irrefutables de la tecnología y que solidifican nuestro porvenir del siglo XXI y su conexión con una sociedad que, sacando verdaderas costumbres empíricas de ellas, debe, quizá en un tiempo adelantado, congregarse en ellas y procurar una sociabilización de la política que funcione desde los parámetros de la igualdad y las enseñanzas comunitarias, entorpeciendo todo el caos que la filosofía política, dejada de la mano, ha sido capaz de conseguir sin permiso de los individuos. Ésa es mi tarea y ése es mi propósito.

Aristóteles ha sido superado. El método científico arristotélico sólo sirve para volver a contradecir a Platón. ¿Por qué pienso esto? Ustedes comprenderán que no puedo pensar de otra manera, pues lo científico no fue asido en su completud en la época antigua -Pitágoras y su Número no fueron más que una mera adivinación muy cercana a la superchería vista hoy desde la modernidad científica-, sino que habremos de esperar hasta finales del siglo XVIII y el XIX para poder arrendar esa nombradía que dice Ciencia como tal, con todos sus ingredientes pudientes y expectativos. Bacon dijo aquello que el “conocimiento es poder” y desde esa abreviatura -malsana por su parte- debemos entender que lo puramente científico es tópicamente moderno y no remoto, como siempre nos han hecho pensar. La física aristotélica no era más que una cultura de la propia filosofía, pero que no mucho tenía que ver con lo que hoy entendemos como ciencia de manera estricta.

Por otra parte el historicismo nos ha hecho comprender que muchos de los genios científicos del pasado -tampoco muy remoto- tenían más de magos o de alquimistas que de tales. Ahí está el ejemplo de Newton, que halló la gravedad para hallar su remanso de paz a la búsqueda de su propio Dios. Newton fue más teólogo que científico. En este sentido, he de advertir ese componente que ha invadido siempre la ciencia en tanto en cuanto el acertijo de Bacon, pues la celebridad, la fama, la genialidad se consumían en esas ansias de poder que todo conocimiento iría buscando, como las sirenas a Ulises. El genio científico siempre ha tenido más de gloria y eternización que de verdadero personaje colocado frente a la probidad o a la humildad. Ya Hipócrates salió de la bañera con el famoso grito que todos conocemos. Hipócrates fue un instinto, un hallazgo, un destello, una advertencia a lo que irá navegando en la filosofía de la ciencia a lo largo de tantos siglos. Ya digo que hasta 1780 lo científico inicia a originar un plan ya alejado de la metafísica. O peor aún, de la magia, el aquelarre o la cristianización de los métodos.

La Ciencia es el neolítico de la Tecnología. Nunca en la Historia de la Humanidad se habían podido producir tantos cambios analíticos y persuasivos como hoy en día lo está teniendo la tecnología. Todos sabemos, y supongo que los lectores a su vez, que el hombre desde antiguo tiene la capacidad de crear. Esa creatividad se ha testamentado en todos los ámbitos: arte, sociedad, cultura, política, ciencia, filosofía, humanismo. La creatividad tiene todos los avisos para la procreación de las cosas, de los hechos, de las actitudes, de las costumbres, de las premisas. ¡Cómo si no iba a ser de otro modo¡ El mundo se ha edificado desde las más antiguas civilizaciones a partir del clinamen creativo. Sin embargo, esa creatividad a su vez puede sostenerse desde un paisaje de destrucción. Lo creativo lanza un mensaje esperanzador a la hora de satisfacer a la especie humana si se enfoca en su debida ataraxia, es decir, con el consensualismo de acabar con los sufrimientos, dolores, aflicciones, terrores, muerte. Por eso considero que todo lo creativo construye de la misma manera que destruye. La filosofía casi siempre se ha mantenido en ese orden de intentar moldear el mundo a base de las más originarias preguntas que superan al hombre desde el desconocimiento. Pasar del mito a la razón costó milenios. Gracias a las culturas indias, con los gimnosofistas, la egipcia sobre todo, sobrevino el primer parón de lo sacralizado. Tales de Mileto detuvo el tiempo y empezó a explicar la naturaleza no como una fuerza asistida por los dioses, sino desde el monismo del “lógos” -término que aparecerá por vez primera en Heráclito-, esto es, desde la razón. Los presocráticos -siglos VI-V a.C.- imprimieron esa verdad buscada no a través de la divinidad, sino desde el punto de visto del empirismo y el racionamiento. He ahí el origen de la filosofía occidental. Mileto, Anaxamandro, Anaxímenes, los filósofos pitagóricos explicaron las voluntades mitológicas a través de la geometría, del agua, del aire, del universo. Aunque sólo fueron meros apuntes de un tiempo en plena decadencia.

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La ciencia nace como referente a la dualidad mundo-razón. Pitágoras explicó el mundo desde las matemáticas y Platón veía por todas partes triángulos. No obstante, todo ello no fue más que una soberbia del filósofo por enfrentarse a un tiempo organizado alrededor de lo sagrado. Platón tenía los hombros muy amplios -de ahí su nombre- y fue el filósofo que configuró toda una teoría para explicar el alma y el mundo de las Ideas a partir de una lexicografía donde entre las sombras el hombre podía ser capaz de sentirse libre y representativo si rompía las cadenas de la Caverna.

De modo que la filosofía antigua dio gran prioridad al método científico, pero, insisto en ello, sin profundizar en él, sólo tratando de calzar el origen de todas las cosas, a partir de los papiros que rellenaban con nociones de todos los registros. Aristóteles sobre este tema es el filósofo que mejor intuyó la cientificidad desde el Liceo y desde la observación. Grecia creó lo que yo denominaría la “miniciencia”, con tal de escapar de la furia de los titanes, de la correosa política, de la ortodoxia o del tradicionalismo vulgar y necio.

La Ciencia es, por aviso consecuada, la culminación de la verdad. ¿Pero qué entendemos por verdad? Acaso baste decir que la “alétheia” ni gnoseológicamente ni metafísicamente ni desde la lógica jamás ha sido destripada, si bien interpretrada, arañada, discutida, bateada. A partir del siglo XIX todo método científico se inauguró como acertijo impenitente de lo verdadero. En este sentido, las matemáticas y la física han arribado a los portales de Belén, siempre y pseudoteológicamente. ¿Pero acaso la verdad no es una cuestión del lenguaje? Wittgenstein así lo apeló en su “Tractatus logicus-philosophicus”. Si bien el Wittgenstein II golpeara a la manera dandy al Wittgenstein I en sus “Investigaciones filosóficas”. El lenguaje, según este extraño y errabundo filósofo, amigo-enemigo de Russell, en su segunda vida tras su muerte primera, sí puede explicar el mundo y adivinarlo según los distintos juegos de la lingüística que vayamos profiriendo. La filosofía siempre ha sido un soldado más allá de la batalla, sangriento y herido, que da la victoria como forma purpúrea. Pero, según los investigadores epistemológicos, nunca la filosofía ha llegado tan lejos como la ciencia, que aparece como redentora de todos los pecados cometidos por una Historia de la Filosofía. Siempre se ha entendido que Ciencia es Verdad, pues, dado que cumple con la pragmática y el material que resuelve toda duda planteada. Sin embargo, nada es más falso que eso. La Ciencia, en todo caso, es una aproximación a lo cierto, desde su coraza de números, fórmulas, pizarras, laboratorios, dedicación y finalmente descubrimiento. ¿Pero es el descubrimiento el parámetro de lo que existe sin renuncia alguna a la contradicción? No, no lo es. ¿Por qué? Sencillamente, porque la geometría o el Número pitagórico jamás podrán desnudar los conceptos, la esencia, la virtud, la abstracción, las premisas, los valores éticos, en definitiva, la filosofía. No obstante, dicho esto, y por no contradecirme, atajaré por el camino de en medio y manifestaré, por llevarme bien con el siglo XXI, que la ciencia palatinamente acoge a la filosofía y la devora, cual Saturno con la boca goyesca. No hay peor filosofía que la que no está construida desde el método científico, hoy por hoy.

Anunciadas estas averiguaciones y si he de ser profundamente antievangelista, he de decir que en estos principios del siglo XXI ha surgido una musa con muslos tremendamente bella y gongorina que, por su poder y por su seducción, aparta lo científico para derrotarlo y regresarlo en pelele. Me estoy refiriendo a la Tecnología. La tecnología irrumpe desde su especificidad y su escisión de los viejos métodos científicos. Quiero recordar que fue antes la técnica que las interrogaciones científicas. Desde el inicio del hombre cerebral -digamos que el Neolítico- una piedra pulida dio origen a la lanza, elemento que permitía la caza y su supervivencia. Nada de ciencia, nada de números, sólo interpretación de la naturaleza. Únicamente objetos y conocimientos que dieron la entrada a la primera tecnología. El hombre empezó técnico antes que geómetra.

Tampoco nos hartaremos aquí de repetir que la precisión de la tecnología haya sido una evolución de la ciencia. En cierta forma lo es, pues no se entiende la tecnicidad si no hay detrás toda una investigación experimental. Sin embargo, pese a este axioma, la potencialidad de ciencia y técnica nunca han sido las mismas. Ha habido un arribismo de independencia entre lo que hasta ahora hemos considerado lo científico y lo técnico. Entendamos con argumentación estos paralelos. No es cierto que la tecnología sólo sea la aplicación de los laboratorios físicos o matemáticos, sino que va mucho más allá. Desde el momento en que la tecnología supera a las matemáticas aplicadas organizándose desde su propia acción creadora y usurpando sus orígenes -matemáticos no cabe la menor duda- hasta afiliarse ante un nuevo método de separatismo propio a la hora de habituarse a la aplicación superpuesta en sí misma, la ciencia deja de tener sentido. El científico es ayer, el hombre tecnológico es el mañana. ¿Cómo intentar comprender esta separación ciencia-técnica de una manera que no sea demasiado controvertida? Intentaré razonarlo:

El científico sabe, pero el ser tecnológico conoce una sabiduría a la búsqueda de otro saber. ¿Y cuánto nos queda por saber? Todo. Somos el origen de un embrión que ha durado milenios, millones y millones de años. El hombre de Neardental fue exterminado por el sapiens en Gibraltar. Toda la evolución de la vida humana no ha sido otra cosa que una concanetación infalible de exterminios: sociales, morales, políticos, psicológicos, geográficos, históricos y así todo seguido. Este exterminio es lo que Nietzsche sentenció en aquella frase: “el desierto crece”. Contrariamente a lo que se dice, el hombre no ha evolucionado tanto como se ha pretendido. La historia del pensamiento no ha hecho sino corroborar esta digresión. Nos faltan demasiados cadáveres para llegar a la última estrella del Universo. Será entonces cuando comience la verdadera, prístina, compensadora, profunda y delitable historia del hombre. La Ciencia es incapaz de calibrar esta asignatura, como el niño tonto que sólo sabe darle patadas a un balón. La cultura científica está abocada al fracaso, pues es incapaz de revertir todos los procesos reales y conceptuales que siglo a siglo van apareciendo y que, desde un axioma o una causalidad, intenta reparar. El trabajador investigativo logra sólo datos, apoyos, instantes, un lenguaje terco que muere en su propia terquedad. Sapiens desaparece. Se le quiebran los huesos. Su cerebro no da para más, pues está abocado a un reduccionismo que está amamantado sólo desde la loba de la celebridad. ¿Qué es lo inteligente? Lo diré con sustantivo: ¿qué es la inteligencia?: Yo diría que las limitaciones antropomórficas del sapiens investigador que nunca podrá ser dotado de esa inteligencia universal que todavía no ha llegado. ¿Cuándo realmente el hombre será inteligente? Deduzco que cuando se acabe la parte antropomórfica y se embrione el hombre artificial, que no es otra cosa que el hombre tecnológico. Será entonces cuando se demuestre que la Ciencia será abordada como mito y las grandes escuelas tecnológicas como fundadoras de la nueva virtud y belleza imperantes en un nuevo mundo, el cual ya se intuye. Como Campania en Filodemo, como el Jardín de Epicuro, como el Liceo de Aristóteles, como la Academia platónica, las nuevas enseñanzas del siglo XXI darán contestación a todos los grandes enigmas que todavía perviven y frustran la mente humana en el Universo entero. La Ciencia ha muerto. Despierta, abriendo los ojos como Minerva y su lechuza, la nueva era de la tecnología, y con ella una convulsión feliz de lo que deberá ser el hombre hallado súbitamente y por fin en la sociedad.

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