Cultura y sociedad

El Club de los 27

Víctimas del exceso abocados a un trágico final

02.04.2016 @Cr23Lopez 7 minutos

“Le hubiera dicho que la vida te enseña cómo vivirla. Si vives lo suficiente”. Son palabras que el célebre cantante Tony Bennett le dirige a Amy Winehouse (Amy, 2015), pero que bien podrían estar destinadas a todo un reconocido grupo de leyendas con varios denominadores en común. La música y el exceso. Abusos. Desfases. Alineados a su (desdichada) suerte. A un trágico final. Todos músicos. Todos fallecidos a los 27.

“La fama es un efluvio”, diría Horace Greeley. Y a veces, la carencia de límites auspiciada por esa popularidad puede hacer también efímera la vida. Como fue la de los miembros de una de las listas más kafkianas que osé descubrir. La sobreabundancia de conocimiento obliga al ser humano a estructura la propia historia. Ordenar el caos.

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El primero en  inaugurar el ‘Club de los 27’ fue Robert Johnson (1911-1938). Posiblemente el menos conocido. Se cuentan numerosas leyendas sobre el célebre guitarrista de Hazlehurst, también conocido como el Rey del Delta Blues. Por ejemplo, de él se dice que no gozaba de un notable virtuosismo, y que su habilidad con la guitarra cambió de la noche a la mañana (y en paranormales circunstancias). Al más puro estilo de Matt Long en Ghost Rider (2007), cuentan que Johnson pactó su alma con el diablo en el cruce de la autopista 61 con la 49, en Clarksdale (Misisipi) –existe una historia similar en torno a la figura de Tommy Johnson−. A partir de entonces, el guitarrista adquirió una increíble técnica al tocar. Parecía que lo hiciese con dos instrumentos a la vez y que su voz cambiase durante la canción (puede verse en Crossroad blues o Me and the devil blues, temas que precisamente hacen referencia a ese pacto diabólico).

Posiblemente dicha leyenda le haya catapultado gran parte de la fama que hoy atesora. Incluso se llevó al cine (Crossroads, 1986). En agosto de 1938, después de estar 3 días desaparecido, Johnson apareció muerto. Supuestamente envenado días antes un local, en el que intentó ligar con la novia del dueño. Nada ha quedado claro.

Brian Jones (1942-1969), primer líder y mítico fundador de The Rollings Stones, se inscribió en la lista de los 27 a las pocas semanas de ser expulsado del grupo que el mismo ayudó a crear. Sus problemas con las drogas −la historia ha demostrado que al bueno de Jones les sentó peor que a sus compañeros− y la mala relación con el resto de la banda, en concreto con la dupla Jagger-Richards, propició su despido.

Un mes más tarde sería encontrado muerto en la piscina de su casa. Los informes policiales decretaron que la causa fue un ataque de asma, aunque su adicción al alcohol y las drogas ponen en entredicho la versión oficial.

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Poco más se puede se decir que no se haya escrito ya sobre James Marshall Hendrix (1942-1970), más bien conocido como ‘Jimi’ Hendrix. El de Seattle está bautizado casi unánimemente como el  mejor guitarrista del la historia del ‘rock and roll’ y el ‘blues eléctrico’. De hecho, las revistas Rolling Stone, Time y Total Guitar lo consagraron por delante de figuras como Chuck Berry o B.B. King.

Su triunfal carrera y absoluto control de la guitarra (la llegaba a tocar con los dientes) se truncó el 18 de septiembre de 1970, en Londres. Hendrix llegó bastante bebido después de una fiesta y su fatal decisión fue tomarse nueve pastillas antes de irse a dormir. La mezcla de los somníferos y el alcohol provocó que cayese desvanecido, muriendo –según se cuenta− por el ahogamiento con sus propias nauseas.

“Me pregunto si yo muriera… ¿qué pasaría? ¿Hablarían de mí tanto como de ‘Jimi’? ¡No es un mal truco para hacerse publicidad! Pero no creo que pueda morir también en 1970, eso disminuye mis posibilidades. Dos estrellas del rock no se pueden morir en el mismo año”. Curiosamente, el destino traería ese final para Janis Joplin (1943-1970) −autora de las palabras−.

La droga se cobraría también la vida a uno de los símbolos por excelencia de la contracultura de los años 60. Apenas un mes más tarde del fallecimiento de Hendrix, el 3 de octubre de 1970, la estrella del ‘rock and roll’ y el ‘blues’ fue encontrada muerta en su habitación a causa de una sobredosis de heroína. Se dice que en su testamento dejó una cantidad de dinero para celebrar una fiesta en su honor, donde se repartieron pasteles de chocolate bañados en hachís. En su honor y “puestos hasta las cejas”, parafraseando a Los Chikos del Maíz.

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Existen pocos arquetipos de estrella del rock tan bien construidos como el de James Douglas (‘Jim’) Morrison (1943-1971). Voz barítono, personalidad áspera, mirada hipnótica y con un sex appeal puramente natural. No muchos le igualan. Está considerado entre los 100 mejores cantantes de todos los tiempos, según Rolling Stone, y entre los 50 mejores de rock, para Classic Rock. La tendencia de una generación (y a la postre multitud de ellas)  rendida a sus pies.

En 1971, el vocalista de The Doors decidió mudarse a Francia. Trágicamente, aquel sería su último viaje. El día 3 de julio de ese mismo año, su novia lo encontró muerto en la bañera de su apartamento de Le Marais (París). Al no haber síntomas de violencia, jamás se le hizo una autopsia. La versión oficial relata que murió por una parada cardiaca motivada por el exceso de consumo de alcohol. Se ha especulado mucho durante años sobre su muerte, y la mayor polémica saltó con las palabras de la cantante inglesa Marianne Faithfull: “La última vez que estuve en Londres un periodista me preguntó por qué maté a Jim Morrison, así que decidí contar exactamente lo que pasó y demostrar que yo no maté a Jim Morrison. Aunque sí sé quien lo hizo. Fue Jean de Breiteuil, quien fue a verlo para venderle droga y lo mató de forma accidental. La muerte de Jim Morrison fue consecuencia de la pureza del caballo (heroína) que le suministró De Breiteuil”.

Lo curioso es que Morrison nunca se había sentido atraído por la heroína debido, según dicen, a su pánico a las agujas. Aún así, el misterio –por cómo ocurrió y por pertenecer a este selecto grupo− ensombrece las causas de su muerte. Para los más entusiastas, su tumba se encuentra en el cementerio del Père-Lachaise (al este de París) y es uno de los más transitados cada año. En su memoria descansa este epitafio escrito en griego antiguo: ‘Kata Ton Daimona Eaytoy’ (“fiel a su propio espíritu” o “de acuerdo con su propio demonio”, según las diferentes versiones).

Reversado. Alejado –en la medida de lo posible− de los focos. Discreto de carácter, aunque no así su música. Kurt Cobain (1967-1994) posiblemente sea el último gran referente de una generación que haya tenido la música popular. La voz del Nirvana, al que hacía honor no solo su banda, sino también su propia personalidad. La referencia acústica de un himno generacional como fue y es Smell like teen spirit, entre otros muchos.

NETHERLANDS - NOVEMBER 25: HILVERSUM Photo of Kurt COBAIN and NIRVANA, Kurt Cobain recording in Hilversum Studios, playing Takamine acoustic guitar (Photo by Michel Linssen/Redferns)

La depresión y algún episodio de intento de suicidio presagiaban su destino. Un estado mental inestable. Una locura transitoria. Llegó a titular I hate myself and I want to die (‘Me odio a mí mismo y quiero morir’) a su último álbum. En la mañana del 8 abril de 1994, Kurt Cobain apareció muerto en la cama de su habitación. Junto al cuerpo inerte yacía una nota en cuyo final rezaba lo siguiente: “Frances y Courtney, estaré en vuestro altar. Por favor, Courtney, sigue adelante por Frances, por su vida que será mucho más feliz sin mí. Los quiero. ¡Los quiero!”. También había una escopeta. La autopsia estimó que la muerte se debía a una herida en la cabeza causada por el arma.

Tiempo después, la madre del cantante declaró que Cobain estaba obsesionado con el ‘Club de los 27’. Acabaría siendo uno de ellos.

La última en integrase a este dantesco grupo fue Amy Jade Winehouse (1983-2011). La pintoresca cantante británica, amante de la tinta en la piel y de los peinados sicodélicos, destacó por encima de todo por su voz. Un registro acústicamente valeroso y capaz de transmitir todo tipo de emociones. Su dos discos más exitosos, Frank y Back to Black, le valieron para convertirse en la primera mujer en ganar mayor cantidad de reconocimientos en una misma noche.

Pero como decíamos al principio, la vida a ella tampoco la enseño a vivir. Su adicción a las drogas y al alcohol le propiciaron multitud de críticas, dando conciertos completamente ebria, y viéndose en la necesidad de cancelar el resto de eventos. El 23 de julio de 2011 Amy Winehouse fue encontrada muerta en su apartamento en Londres, víctima de un consumo excesivo del alcohol. Al igual que Kurt Cobain (y muchos otros antes), fue incapaz de enfrentarse a la fama.

Estos son solo algunos –los más reconocidos− de una larga lista en torno al número 27: Leslie Harvey, Malcolm Hale, Mia Zapata… y un largo etcétera. Egos (quizás) mitificados por las circunstancias, aunque de indudable talento. De esa “vida dañada” de la que hablaba Adorno. De no haber aprendido a vivir. Por no haber vivido lo suficiente.

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