Cultura y sociedad

El creador fascista

En estos tiempos que corren la creatividad está siendo coartada por una suerte de deshumanización, de la cual ya nos advirtiera Ortega, que consigue que el hombre prácticamente desaparezca de su propia obra, permitiendo que el capitalismo lo fagotice todo. La tecnología y el dinero están destruyendo el Arte.

28.05.2016 @emilioarnao 11 minutos

La sociedad de mercado ha creado una nueva interpretación del arte, malformada, embellecida de quistes, untada de oprobios. Hay en ella una cierta frialdad. Se ha ido orteguianamente, con el devenir de los tiempos modernos, produciendo una deshumanización de la creatividad en pos de la alienación. Ignacio Ramonet lo dice: “Seduce con una promesa de satisfacción. Fabrica deseos y presenta un mundo en perpetuas vacaciones, distendido, sonriente y despreocupado, poblado con personajes felices y que por fin poseen el producto milagro que nos hará bellos, libres, sanos, deseados, modernos”. Este producto bien puede ser el arte, que de tan moderno ha creado la postmodernidad, pero no una postmodernidad a lo Derrida, la cual incluso podía ser válida, sino una postmodernidad basura, una posmodernidad fascista.

El creador fascista es el que no sabe escribir, el que no sabe pintar, el que no sabe componer, el que no sabe filmar, etc. El creador fascista es el poeta que en la línea de la modernidad y de la diferencia intenta una oscuridad y un hermetismo que ya se ha deshumanizado por completo. Quevedo: “Es, por lo escuro y turbio, música del cieno”. El poeta del fascio, es decir, el aglutinado por la infraestructura de la que Deleuze y Guattari llamaron “esclavitud maquínica”, tiene miedo a la claridad y a la iluminación del lenguaje y en esa oscuridad sólo se le ocurren chanzas y disparates. Ya dijo Marcial: “No han menester lector tus libros, sólo // han menester por adivino a Apolo”, queriendo significar que algunos libros necesitan los poderes adivinatorios de Apolo, dios de los oráculos, para ser entendidos. El poeta fascista, que ha salido de la calle, pero que ya pisa los salones de todas las televisiones, se siente observado y manejado por la fama; en ese sentido, intenta, como digo, la diferencia, ensuciando el cuadro. Estacio dijo: “…escondrijos del enegrecido Licofrón”, siendo Licofrón un poeta que vivió entre los siglos IV y III a. C. de las minorías cultas y de oscuro lenguaje: mezclaba la lengua ática con voces de diversos dialectos, usaba arriesgadas voces compuestas y, en general, sustituía la designación recta de las cosas por términos literarios complejos y rebuscados.

El mercado engulle al genio y sólo queda el placer, el juego de crear para una multitud que interpreta, pero no lo hace bien o, si lo hace, es porque el plato que se le entrega ya está muy frío y muy mal servido. Pero por muy pocos sitios asoma la verdadera construcción faraónica humana, dado que ha habido un acercamiento de las concupiscencias. Todo lo ha demonizado la cultura del placer, de lo efímero, del instante, de un deseo vanal y nada especial. Hay únicamente el impulso, un estado crepuscular, una delectación ensimismada en el momento, pero no se distingue el orden, la libertad, el pensamiento. No existe la honestidad con uno mismo. El creador fascista, es decir, el ser que maquina la gloria en estos inicios del siglo XXI, es un hombre absolutamente deshonesto, en principio, como digo, consigo mismo y después con los demás, a los cuales engaña. Lo dice Freud: “Toda mi vida me he esforzado en ser honesto y justo”. El hombre deshumanizado miente a la sociedad con una obra en la que no cree y la que compone a trazos, de carne en carne, a tirones, desde la oscuridad, sin el hombre que es, desperdiciándose, desperdiciándonos. Quevedo dijo aquello de “el arte es acomodar la locución al sujeto”, queriendo con ello decir que en la cuestión era necesario el decoro del estilo a los asuntos. En la creatividad actual ni hay estilo ni hay asunto, sólo chafarrinazo y mala escuela, esperpento valleinclanesco.

No se ha dado cuenta el creador fascista que en arte en fundamental el estilo. Esa es cosa que desconoce. Entre otras cosas porque el estilo se aprende leyendo y este humanoide no ha acostumbrado a leer, sólo a escribir malos diarios y borrones para los premios escolares. El pintor no pinta, llena de colores el cuadro, sin línea estilística, sin personalidad, sin movimiento humano. El cineasta no crea escuela, no frecuenta la fuerza y el poder que da el cine, sólo rellena filmaciones como quien pinta dibujos animados. El fotógrafo ya no busca la luz, sino que espera que la luz le busque a él, y así no hay forma de proyectar la acción de la verdadera modernidad. Todo arte esta manejado como un invisible teatrillo de titiriteros. Mecenas vuelve a comprar las piscinas de Horacio. Volvemos a Marx, la Historia se vuelve a repetir. Dice Quevedo en “Preliminares literarios a las poesías de Fray Luis de León”, por cierto, dedicados al Conde Duque de Olivares, quien lo patrocinaba (de alguna manera Quevedo tampoco era un autor libre): “Y Augusto reprueba en Marco Antonio que escribe antes lo que admiran que lo que entienden”. Esto ya es la postmodernidad. Sigue diciendo: “Crédito y respeto se debe al parecer de Augusto, y veneración cuando le apadrina en esta parte tan gran Padre de la Iglesia”. Entonces, la Historia se repite. Lo que antaño fue el gran Padre de la Iglesia hoy llamamos sociedad de mercado o capitalismo salvaje, un mecenazgo de moneda y timbre que deja al artista con los ojos cerrados y sin hambre.

Este capitalismo y esquizofrenia (Deleuze y Guatteri) ha eliminado el elemento inteligente del ser humano, pues cada vez se está cayendo más en la vulgaridad y en la violencia verbal. El creador esto lo traduce en operaciones de transmutación, adueñándose de la falta de rigor y del sueño de Morfeo. Queda en el espacio como una sensación a estupidez que agota al que observa o lee, al que adivina la ocurrencia con la conclusión final de que, efectivamente, estamos ante un nuevo australopithecus afarensis. Eso es lo que da la postmodernidad. Pero, aunque como dice Virgilio: “Tres veces afirmándose en el codo, // procuró levantarse”, este muerto tan vivo de estos tiempos tan poco imaginativos ya no se levanta de la tumba del arte.

Dijo Gracián: “Lo que les ofendió mucho fue el ver unos vilísimos esclavos de sí mismos arrastrando eslabonados hierros: las manos (no con cuerdas, ni aun con esposas) atadas para toda acción buena, y más para las liberales; el cuello, con la argolla de un continuo, aunque voluntario, ahogo; los pies, con grillos que no les dexaban dar un passo por el camino de la fama; tan cargados de hierros cuan desnudos de açeros”. Esta es la más clara metáfora de los creadores deshumanizados, es decir, una de las formas de la esclavitud, el estar en la propaganda y en el éxito, pero, sin embargo vivir “desnudos de açeros”, o sea, sin esfuerzo, sin ardimiento, sin valor o denuedo. Desde la costumbre de la publicidad fácil, el artista se ha acomodado a una sencilla tarea, seguramente equivocado, a lo mejor es lo que quiso decir Nietzsche con aquello de “la vida no es un argumento; entre las condiciones de la vida pudiera figurar el error”. Efectivamente, hay un error en todo esto, un clamoroso error que hace inevitable el ansia y reconocible el alma insatisfecha. Hemos perdido el romanticismo para comprobar sólo los índices de las economías bursátiles. Sólo permanecen oyentes tras las radios y lobos que aullan en la lejanía. Lo demás se evapora efímeramente. La vida se evapora efímeramente, y el arte, en teoría, se perpetúa; sin embargo desde esta falta de humanismo, contra toda esta oscuridad terrible, con estas vocales mal pintadas (que vuelva Rimbaud), entre tanto fascismo y tanta moneda en el dinamismo de la creatividad, el arte, esta cultura del hombre eterno, tiene toda la tendencia a desaparecer, como ya apuntan los pronósticos. Y es cierto que en un mundo tan tecnológico y tan cientifista, la creación sólo sirve para rellenar cuatro cúpulas engañosas y escribir cuatro libros mal escritos. Y nada más, porque el mercado está saturado de roña y verdín (siendo nuevo): “retular con oro obras de ceniza” (Quevedo). Esta limpieza de dientes que origina el mercado se da mucho en Occidente, el cual está acostumbrado en convertir en apetencia lo que nace de la abulia y la desidia. Nadie tiene realmente ganas de escribir. Lo que ocurre es que, en el subconsciente demoniaco, existe una tremebunda ambición por ser líder de audiencia, en el fondo, por ser el más payaso, por ser el más estúpidamente ingenioso. El artista fascista, que es un histrión, al final del todo, lo que está deseando es que lo amen, que sea un nombre en la calle, que entre a formar parte del engranaje de la ternura, de la amistad, de la buena imagen, por eso siempre que aparezca ante su público lo hará con corrección, a no ser que juegue otro papel (el que le haya tocado en la tómbola), por ejemplo, el de bohemio, o el de maldito, o el de borracho, o el de funcionario, o el de drogadicto, etc., pero siempre se mantendrá en su línea, en sus propias infraestructuras, que son las que él domina, porque para algo escribe y vive, y para algo le pagan, que es lo único ya que le interesa.

Habermas dejó caer: “También Bubner trae a colación conocidos criterios en lo tocante a alienación: represividad y aniquilación. Cuando las tradiciones han perdido el contacto vivo con la actualidad, cuando las instituciones sólo pueden mantenerse mediante una ciega represión y cuando los individuos no son capaces de reconocerse ya en sus propias acciones, una totalidad ética se ha desgarrado”. Y así es, en estos inicios del XXI, creativamente hablando “una totalidad ética se ha desgarrado”, porque entre el bien y el mal sólo queda la nada, el vacío, el hombre mudo, el silencio. Nada se escucha, porque nada se dice. Una caracterización patológica del hombre le ha llevado a deslindarse de cualquier atractivo que estaba asumido anteriormente desde el común ensanche de la ética. El mercado desordena la ética y convierte en transtornado mental al individuo que nace para triunfar sin disponer de elementos válidos para ello. “Llegará el día –muy pronto quizá- en que se reconozca lo que les falta a nuestras grandes ciudades: lugares silenciosos, vastos, espaciosos, para la meditación” (Nietzsche), lugares para escapar del ruido con que se cascan las nueces del neoliberalismo, para huir de los estridentes programas de la cómica televisión, para alejarse del arte escandaloso, del pensamiento arribista, del sudor de los imbéciles, de ruido del dólar al tocar en el suelo. Llegará algún día en que el hombre retomará al hombre y escribirá de nuevo mejor, compondrá mejor y pintará mucho mejor, porque el arte ya habrá entendido las maravillosas dimensiones de la palabra libertad.

Borges: “Es dudoso que el mundo tenga sentido; es más dudoso aún que tenga doble y triple sentido, observará el incrédulo”. Yo no peco de incrédulo, pues sí creo que el mundo tiene sentido, pero otro sentido que el que se le está dando, un sentido que sólo encuentro en la profundidad de las cosas, en la apetencia del mundo, en la versatilidad de los deberes, una vida pensada. “Ningún hombre sabe quién es” (León Bloy). Yo quizá tampoco sepa quién soy, pero sé lo que quiero ser: que el Imperio (Negri y Hart) no me atrape. Tal vez algún día lo consiga, pero ya no dependerá de mi neurobiología, sino de mi mendicidad. Pero, de nuevo, ¿por qué abandonar a Diógenes? La ética acaba, como digo, siendo engullida por la sociedad capitalista, aunque las campanas suenen a lo lejos.

El gran Gracián lo dijo así: “El mismo inmortal espíritu no está exento desta tan general discordia, pues combaten entre sí, y en él, muy vivas las passiones: el temor las ha contra el valor, la tristeza contra la alegría; ya apetece, ya aborrece; la irascible se baraxa con la concupiscible; ya vencen los vicios, ya triunfan las virtudes, todo es arma y todo es guerra”. Y en medio de este caos, está el mundo, que si nos atenemos al arte, suele salir desprestigiado, porque pinta siempre la mala traza. Mohamed Bennís, el poeta magrebí escribe: “Perdición en que ausculto una sangre obstinada // por los escombros del alma”. La irascibilidad de Gracián y las escombreras de Bennís ya son lo mismo, es decir, la falta de espiritualidad, la ausencia de pájaros en el timbre del amor. Y sin amor no se puede crear. Amor hacia uno mismo, como la honestidad, o amor, espiritualidad, hacia los demás, cristianamente si queremos, desde una moral de la bondad, desde el beneplácito, enfrentándonos contra el demonio del liberalismo desde este Occidente judeocristiano, pero siempre a partir de una ética espiritual, aunque esto suene a una tautología o, mejor, a algo paradójico; no obstante se presencia como necesario un bien común que nos desazone estos ríos de tinta tan mal parados, estos individuos tan insatisfechos, estos intelectuales tan mal maridados, estos fascismos de la Play Station.

Vladimir Holan, un escritor polaco que se pasó la mitad de su vida encerrado en su casa leyendo y escribiendo versos, es decir, siendo absolutamente libre, dijo: “!No temer al hombre! ¿Significa eso // molestar a los muertos?”. Vivimos en una sociedad en que tememos al hombre libre, en que no sospechamos lo que puede hacer un hombre libre, por eso en seguida lo captamos y lo alienamos. El artista, que es un peligro suelto en la calle, ha sido succionado por el imperio y no se le está dejando vocear más que lo que el imperio quiere. Siempre quedan por ahí cuatro raros, pero ésa es la baza que la sociedad capitalista juega para alardear de disponibilidad de libertad. Pero todo eso es falso. Larrianamente “todo el mundo es máscara”.

Hace falta mucha alegría en el alma para sobrellevar estas proclamaciones. El consumo es una visita a la nefasta idea sentimental del hombre y producirlo en palabras reclama ayuda psicológica. Se hace necesaria de nuevo la nivelación de la serotonina, aunque sea leyendo a Cortázar o escuchando a César Frank. ¡Que vuelva la alegría!, aunque sea con escándalo. Lo dijo Francisco de la Torre, poeta boscaniano: “Delirabam cum hoc faciebam, et horret animus nunc. (Con frenesí escribí esto, ahora se me escandaliza el ánimo)”. Se trata de recobrar la ilusión, de admitir que estamos vivos, que podemos todavía recobrar la esperanza y que mañana el sol caerá sobre los demagogos, sobre los imperialistas, sobre los publicistas. Hay que retomar los sueños: “Los sueños dice Homero que son de Júpiter y que él los envía”. Protejámonos, entonces, contra las putas viejas celestinescas y vareemos los almendros, porque vendrá una nueva generación de juventud deportiva y lunática que nos traerá la lírica más humana y más transcendental, hasta que la primavera se meza con las cerezas.

Etiquetas, , , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente