Cultura y sociedad

El destierro de las desterradas

Un viaje al interior del Hospital de la Piedad de Benavente

30.10.2018 4 minutos

Sor Ángela parece que está escondida. Sentada en una silla asoma la cabeza por un marco de madera. A través de una pequeña ventanilla. El velo negro. El rostro limpio y la mirada esquiva. Saluda sin entusiasmo. Fija sus ojos cansados por encima de las lentes y el esfuerzo, arruga aún más su cara, si se puede. Con un leve movimiento de cabeza, casi imperceptible autoriza el paso a la familia. Comienzan las visitas.

Manolo, un anciano desdentado con un toque de demencia, sonríe pícaramente mientras saluda a un visitante. Olor a comida rancia. Bombillas que desprenden una luz tenue y amarilla. Cuadros de vírgenes y santos. Estatuillas beatas que descansan sobre el mobiliario desgastado. El tiempo se detiene y la vista se recupera del contraste claroscuro del acceso. Trajín de hábitos negros. Entre susurros, las monjas organizan el trabajo. La maquinaria está engrasada, aunque allí dentro parezca que el tiempo está oxidado.

El Hospital de la Piedad de la villa de Benavente en la provincia de Zamora se fundó en el año 1527 cuando los condes de Benavente, don Alonso Pimentel y su esposa Ana Herrera y de Velasco, adquirieron los solares de la cofradía de Santa Cruz, que incluían además de huertos y corrales aledaños, la edificación. Su estilo es una mezcolanza del gótico y del primer renacimiento. Su finalidad fue recoger a pobres y peregrinos que pasaban por la villa haciendo el camino de Santiago y prestarles atención. Hoy en día es una residencia de ancianos gestionada por una decena de hermanas de la congregación de «Las hermanitas de los Ancianos Desamparados» y veinte personas contratadas en el exterior.

El Hospital de la Piedad, como residencia de mayores, pronto dejará de prestar este servicio. La falta de incorporación de nuevas monjas vocacionales, los cambios legislativos en materia de residencias y la frágil situación económica han llevado a la orden a decidir el fin de la actividad.

Sor Alice María es la madre superiora de la orden religiosa que tutela el asilo del Hospital de la Piedad. En su cara redonda y sin surcos, no se adivina la edad. La cofia y el escapulario blancos, contrastan con el negro de la túnica y el velo. Su media sonrisa es perpetua. No cambia cuando habla.

- «Nosotras queremos que siga siendo una residencia, pero un edificio tan grande tiene muchos gastos que, aun pidiendo ayuda, no podemos asumir».

- Pero, aparte de los ingresos económicos necesarios, ¿qué más les impide hacer su labor?

- ¡Es una lástima! -. Cada vez, las personas tienen menos vocación religiosa y el componente humano es imprescindible para la continuidad de la congregación y de la gestión de la residencia.

Un pasillo circular acristalado circunda el patio exterior. Cuatro pequeños jardines se ordenan alegrando la vista con colores vivos. Plantas y flores pretenden animar a las mujeres, que curiosas a través de los cristales, observan la llegada de la visita del domingo.

- ¡En esta zona solo andamos las mujeres! - dice Irene-. Aquí, «no nos juntan con los hombres».- ¡A esos hay que echarles de comer aparte!-.

Irene tiene los ojos azules, casi transparentes. El pelo corto y blanco. La mirada gacha y resignada. Alineada en la butaca con las otras mujeres mira la pantalla del televisor. Una manta roja le da calor en las piernas. Sus hijas le dan consejos. Antes era ella quien los daba. Se nota en la cantidad de vida pegada al rostro. Hoy hay cierta alegría contenida. Los familiares visten de gala, «como pa' la misa del domingo en Santa María». Las mujeres han ido a la capilla y parece que Dios les ha dado un respiro.

El alcalde de Benavente, Luciano Huerga, presidente del Patronato del Hospital, se reunirá para buscar soluciones a los residentes cuando la congregación se retire. Propondrá convertir el edificio, Bien de Interés Cultural, en un centro museístico. También se estudia utilizarlo como albergue de peregrinos. La preocupación real está en qué hacer con los ancianos: « si nadie se hiciera cargo nos los llevaríamos a nuestras casas más cercanas, no quedarían fuera de cobertura y a los empleados habría que indemnizarlos», dice Sor Alice María, superiora de la congregación.

Pasa el tiempo y la sala de despeja. Las familias se despiden. Las ancianas se levantan. El suelo sujeta los bastones y andadores que desfilan en busca de ese olor rancio y añejo. Es la hora del almuerzo y la rutina se vuelve a apoderar de un lugar que nunca ofrece nada nuevo. Solo esperanza y rezos.

Sor Ángela, inmutable y escondida, continúa sentada en una silla asomando la cabeza por el marco de madera. Ha estado siempre ahí. Con su velo negro y su mirada esquiva, realiza un movimiento imperceptible. Mecánico. Y observa por encima de las lentes autorizando la salida. Las mujeres se quedan dentro. Casi olvidadas. Ajenas a que esperan «el destierro de las desterradas».

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