Cultura y sociedad

El monstruo del Odilon Redon

Fue un visionario, un proscrito, un maldito de la pintura de finales del siglo XIX. Su monstruosidad le viene de Baudelaire o de Rimbaud, y yo lo amo por su arriesgado juego elefantiástico con los pinceles

02.07.2016 @emilioarnao 5 minutos

Odilon Redon falleció en 1916 en París, acompañado de la bella mulata Camille Falte, su esposa de tantos años. A Odilon Redon y a Charles Baudelaire les une el mulatismo, más una modernidad. El filósofo Erns Bloch ha estudiado a esas figuras del arte en su “Entremundos en la historia de la filosofía” con el que trata de convencernos de que en el relato del arte y el pensamiento preexisten grandes olvidados, un corpus de símbolos radicales que hoy en día deberían considerarse como genios o una sintaxis sublime que no puede quedar en el olvido. Y cita a Blake, a Roscelino, Nicolás de Cusa, Giordano Bruno, Campanella, Paracelso, Jakob Böhne, Füssli, Moreau y entre ellos a Odilon Redon, quien pintó el surrealismo antes que Dalí o Delvaux o Max Ernst, Chagall, quienes éstos últimos se iniciaran en un siglo XX ya mantenido por la urgencia de la historia.

Redon fue un adelantado en su tiempo, como lo fueron Rimbaud, Mallarmé o Baudelaire en poesía. Pintaba cuadros horribles donde la horribilidad expandía su belleza hacia el íntimo momento en que sus cuadros son observados no desde los ojos, sino desde los muslos sentimentales, la carne, los brujos que hay en cada uno de nosotros, la brutalidad, la extrañeza, el oscuro delirio de un pintor como Odilon Redon, que tuvo como influencias a su padre, Bertrand Redon, Stanislas Gorin, su profesor de dibujo a los quince años, Gorin, un acuarelista encendido y Delacroix, un visionario para un romanticismo de furia y mares o mujeres alzando la libertad y con los trazos desbordados. Redon es el pintor que remueve la organización de un ejército sin forma, de un paisaje sin nada, de un ojo que sólo es un ojo. Formas abruptas en un tiempo donde el impresionismo narraba la impasibilidad y la torcedura de las cámaras fotográficas.  Clavand, un botánico de vegetales, le hizo amar lo infinitamente pequeño y le señaló las primeras lecturas: los poetas hindúes, Flaubert, Shakespeare, Baudelaire, Poe, los filósofos alemanes. De este modo, con el pincel conturbado, Redon se inicia en el grabado y en la litografía, pero sus pinturas ya eran en aquel fin de siglo francés una videncia y un conocimiento asimilado desde el orientalismo que surgía desde la libertad, la vivacidad y la oposición a todo naturalismo. Redon pintó lo que no estaba pintado, lo que los impresionistas se empeñaban en fruncir, con dedal, aguja e hilo, como forma de serenidad, de placidez, de reencuentro con un mundo feliz. Redon talla la infelicidad, lo monstruoso, lo deforme, lo antiacadémico, lo lluvioso, los ancestros que nos vienen de las pinturas rupestres. En ese sentido, su pintura es goyesca, cuadros oscuros, arte negro, surrealismo que se compone de cabezas que vuelan, de un onirismo que subyace bajo todo elemento conceptual distribuido entre neblinas y una tendencia mágica que le viene de los poetas orientales, unos retratos de dejá vu, pero con la penumbra alistando los colores, una teología mística que propone bestias vírgenes y un origen de la tristeza que se teje en cada sombra, en cada mujer subida al mundo, en todos esos caballos que emergen como en una pesadilla que circunda la paleta de Redon, quien distribuye su arte ante un pensamiento filosófico que plantea grandes preguntas ante la permanencia delante de sus cuadros. ¿Y a qué aspira con esta cabeza con un solo ojo? Yo presiento en Odilon Redon el comienzo de una pintura del art brut que iniciaría Jean Dubuffet y que finalmente fijaría ya para siempre Miguel Amate. Odilon Redon es un pintor para las mujeres solitarias y ese arrepentimiento de estar vivo y no saber por qué, puesto que sus óleos dicen mucho de su carácter y de su sonambulismo entre etéreas fijaciones y retratos imposibles.

Odilon Redon se opuso al realismo de Courbet y se situó en el extremo opuesto de la pintura del “plein air” y de la técnica genuinamente impresionista, ya lo he dicho, a pesar de ser coetáneo de Monet, Renoir, Degas y esos representantes de la luz y el cromatismo investigativo. El cromo de Redon es más salvaje, sin tanta voluptuosidad, sin tanto canto general a los paisajes y a los ferrocarriles que llegaban a Saint Lazare. Redon radica en un pintor que dibujó a carboncillo sus grabados titulados “Los negros”, donde la oscuridad se hace imposible para un impresionista, el cual quiere convertir toda obra de arte en la belleza de lo natural, de lo justo, de la bonhomía y de un mundo desconocido pero a punto de conocerse. Redon no quiere que nada sea reconocido, pues aspira más al mundo de los sueños, donde no hay ni lagos blancos, ni barcazas paseantes, ni retratos a trazos, ni esa blancura que diseñó el alma en función de un colorido de mezclas y sabores cotidianos. Redon jamás pintará la cotidianidad, porque para él todo realismo significaba el frío de lo vulgar, de lo ya citado, de lo absolutamente visto. Odilon Redon quiere que sus obras no se vean, sino que se adentren en la profundidad de la psiquis para abordar la vida en ese sentido que sólo es la comunicación entre lo espiritual y lo brumoso, entre el irracionalismo y la materia fijada. Redon es un Paul Eluard sin manifiestos de 1924 y con toda la violencia que puede surgir de una pintura que está pero que no está, pues observándola nos vamos dando cuenta que la imagen sólo puede ser no otra cosa sino la deformación de lo vivo, de lo aparente, de lo construido, porque sobre toda construcción se precisa el elemento destructor que organice el freudismo como la alteración de las conciencias cuando buscan el desarreglo de los sentidos, de las emociones, de la belleza plural y orgiástica que nos propone el nacimiento del Buda o las vírgenes escamosas y subterráneas, porque Odilon Redon ve a la mujer como una ratio a poseer sin posibilidad de que ello sea cierto, más bien inseguro, pues el amor en Redon nunca ocurre, sino que va sucediendo mientras se va, se alarga, se introduce en una boutique de sueños donde se transgrede la libertad y el porvenir, la geografía y el decorado.

Joris-Karl Huysmas, autor de la novela “À rebours”, dirá de Redon que sus carboncillos “estaban al margen de todo, en su mayor parte saltaban más allá de los límites de la pintura, inauguraban una especialísima fantasía, una fantasía de enfermedad y de delirio…, evocaban en la memoria…, recuerdos de fiebre tifoidea, recuerdos de las noches ardientes, de las pavorosas visiones de la infancia”, esa infancia en que Odilon Redon, enfermizo y claustrofóbico, pasó junto a su familia hasta los once años, en Peyrelebade, cerca de Listrac. Redon lo que domicilia es situar la lógica de los visible al servicio de lo invisible, un pronóstico donde se acusa el dolor inserto en una realidad amenazadora, culpable de una sociología amarga y comercial, donde la forma humana es torturada y donde la oscuridad se evade desde débiles fogonazos de luz, tal vez la luz escrita que quisiera para su nombre Odilon Redon.

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