Cultura y sociedad

Granada baila techno más allá del amanecer

Todo tipo de personas se entregan al desenfreno en el festival Circus Nation

16.10.2017 @GuilleGranero8 8 minutos

El día y la noche. Dos mundos plenamente distintos que van de la mano a la merced del tiempo, esa frontera intangible que impide su interacción. No obstante, son muchos los casos donde ese margen entre luz y oscuridad se desdibuja, dando lugar a noches que perduran más allá de los primeros haces de luz ocasionados por el amanecer. Bajo esa paradoja, donde “tiempo’’ es solo un mero término carente de significado, habitan ciertos seres que rechazan limitarse a los cánones establecidos por las manecillas del reloj. Es sábado, siete de octubre, y el municipio de Las Gabias (Granada) se prepara para ser testigo de ese difuminado temporal. Miles de almas dispuestas a quemar sus zapatillas se dan cita en una pista de baile hasta bien entrada la mañana del domingo. El lugar, la decimosegunda edición del festival Circus Nation, un encuentro obligado para los amantes del techno, el breakbeat o el drum & bass.

La velada comienza con un viaje en coche de poco menos de hora y media. Unos 120 kilómetros separan a la capital de la Costa del Sol de la ciudad de la Alhambra. Granada y su vida nocturna de un sábado cualquiera confirman que encontrar aparcamiento en un periodo corto de tiempo es algo al alcance de unos pocos bendecidos por la diosa fortuna. Tras cerca de una hora callejeando, un pequeño vacío desentona por fin en una larga fila de vehículos estacionados en una de las principales avenidas de la urbe.

El siguiente paso es coger el autobús que lleva directamente a la entrada del festival. A las puertas del centro comercial Neptuno, una marabunta de jóvenes cargados con bolsas de plástico se hacina a las puertas para conseguir un aclamado asiento que les llevase a la tierra prometida. “Buenas, si vais a la Circus tenéis que comprarme los tickets para el bus, son tres euros cada uno”; comenta un hombre desaliñado y con una gran mochila a todo grupo de personas que se acerca a la zona. No transmite mucha confianza y menos cuando en el billete pone una dirección con código postal de Ibiza, pero acaba resultando cierto.

Ya en el interior del autocar se puede comprobar la heterogeneidad de los asistentes. Gente proveniente de distintas provincias de dentro y fuera de Andalucía, estudiantes de Erasmus, jóvenes y no tan jóvenes, pijos relamidos, macarras de barrio y una pareja de Badajoz que afirma haber venido a Granada el fin de semana para descansar, solo que unos amigos “les habían liado”.

'Aquí con unos colegas pintándome la quinta raya de speed', cuenta uno mientras enseña la pantalla de un teléfono móvil decorada con un código de barras blancas paralelamente alineadas

Como si de una metáfora se tratase, la luna llena se abre paso entre las tinieblas sacando a las criaturas de la noche de sus cavernas y guiándolos hacia un punto de encuentro común: el Complejo Embrujo, a unos veinte kilómetros de Granada. Este recinto de celebraciones se caracteriza por imitar la arquitectura de un castillo medieval, con torreones y murallas que hacen viajar en el tiempo a todo aquel que entra hasta la época de los caballeros.

El convite da comienzo en el parking del lugar. Es la una de la mañana y cientos de coches han ocupado la enorme explanada que lo conforma. La dictadura del negro inunda las indumentarias de los allí presentes. No hay nadie que no aproveche el momento para echarse los primeros tragos junto a los equipos de música desplegados por varios vehículos de particulares. Las risas, los bailes y las conversaciones previas a lo que se avecina prometen una noche digna para recordar. Dos amigos vuelven a encontrarse tras mucho tiempo y ambos se funden en un abrazo. La atmósfera que se respira en el ambiente da lugar a un breve pero intenso diálogo acorde a la situación.

—¿Qué pasa tío? ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo estás? pregunta el primero.

—Bien, bien. Aquí con unos colegas pintándome la quinta raya de speed —responde el otro mientras le enseña la pantalla de un teléfono móvil decorada con un código de barras blancas paralelamente alineadas.

Cerca de las tres de la mañana son muchos los que se resignan aún a adentrarse en el Embrujo. Da la sensación de que la verdadera fiesta se celebra en el arenoso terreno del aparcamiento. Pero esto no es ni mucho menos la realidad. Como soldados previos a una batalla, la inmensa mayoría se ha preparado previamente en el exterior para asaltar el fortín y gozar de los encantos que hay en su interior. Lo primero que ve el asistente al cruzar las murallas una vez superados los controles de seguridad es el imponente escenario principal. Bajo una gran carpa colocada estratégicamente para esa noche, miles de almas buscan refugio al son de las mezclas de los maestros del techno Emmanuel Top y Uner.

La felicidad que desprende el ambiente es tal que es imposible evitar su contagio. Una alegría favorecida en muchos casos por las orientaciones químicas que reinan en la actualidad. Conforme avanza la noche, las imágenes de pupilas periféricas ocultas tras gafas de sol, de copas aliñadas y de dedos inquietos que van de bolsas de plástico a la boca se hacen cada vez más frecuentes.

—Mi colega ha venido a su primera fiesta de este rollo y se ha desmayado. Dicen que está en una ambulancia muy jodido —se escucha a un chico con gorra allí presente.

—¿Y por qué no coges el móvil para ver si puedes contactar con él? —pregunta otro sujeto que le acompaña.

Como me coja algún ATS que le esté cuidando me llevan a mí también —responde el primero con una sonrisa de oreja a oreja.

En una sala algo más pequeña y sombría, el principal reclamo del evento, Oscar Mulero, da una lección sobre por qué es considerado una leyenda tanto en el panorama nacional como internacional. Un techno más oscuro que el mismo café se apodera de cientos de cuerpos que se mueven de una manera sensual entre las sombras. Descamisados por el calor que allí se genera, demasiados son los guerreros que se atreven a permanecer en aquel lúgubre agujero.

El capo de Pole Group ofrece a los asistentes una gran sesión que, a su término, produce un exilio que devuelve a muchos a la carpa. Josh Wink es el encargado de clausurar aquel imponente escenario. A los mandos de los platos, el americano realiza un cierre épico que avala sus casi treinta años en el mundo de las cabinas. Se va acercando la hora a la que todo llegaría a su fin, las siete de la mañana, y las últimas cervezas se van sirviendo en las distintas barras dispuestas por todo el festival. Sin embargo algunos desprenden una energía irreal que les hace parecer que esto solo acaba de empezar.

De repente las luces se encienden.  Los haces de luz provenientes de los focos dejan admirar con total claridad aquella fauna nocturna que se había congregado durante toda la noche. La incredulidad se cierne sobre algunos al no saber qué pasaría a partir de ahora. Nadie pregunta dónde coger un autobús, un taxi o incluso una ambulancia. La cuestión no es otra que las palabras mágicas más demandadas: "¿Dónde es el after?"

—Joder, ¡vaya poligoneros más organizados! —dice alguien vitoreándose. Mientras, otro responde un WhatsApp de una madre preguntándole si ya se había ido a dormir. “Mamá, estoy de after” le responde el joven.

En menos de un cuarto de hora, y como si del éxodo de Moisés y los hebreos se tratase, el gentío abandona el Embrujo con dirección al parking para continuar esta histórica liturgia. El alba llega algo tímido al ver lo que está sucediendo bajo sus rayos. Mientras, vendedores ambulantes hacen su agosto proporcionando cerveza al sediento y bocadillos al hambriento. El equilibrio químico queda así restaurado en los organismos de aquellas almas que no quieren (o no pueden) visitar a Morfeo esa mañana. La explanada donde todo comenzó casi medio día antes vuelve a reunir a aquellos supervivientes que no han terminado de soltar todas las ganas de bailar. Las filas de coches se convierten en improvisadas calles donde cada una posee un estilo variante del techno, el bass o el break.

—Joder, ¡vaya poligoneros más organizados! —dice alguien vitoreándose. Mientras, otro responde un WhatsApp de una madre preguntándole si ya se había ido a dormir. “Mamá, estoy de after” le responde el joven.

La escena se prolonga durante varias horas más. A las doce de la mañana no son pocos los que todavía siguen dándolo todo entre personas que improvisan un lugar de descanso en maleteros y sillas de playa. La fatiga en las piernas y el cansancio acumulado van haciendo acto de presencia. Aquellos valientes que llevaron hasta allí su vehículo la tarde anterior se disponen a partir. Entre tanto, varias patrullas de la Guardia Civil ya habían estado recibiendo con los brazos abiertos a muchos de ellos en más de una rotonda cercana.

Otros comprueban que el deplorable servicio de taxis no atiende las llamadas de aquellos que se encuentran en la zona. Los más atrevidos emprenden el camino a pie hacia el pueblo más cercano, Las Gabias, a seis kilómetros del Embrujo, donde sus 20.000 habitantes se preparan para recibir a decenas de desamparados jóvenes dignos de presentarse al cásting de The Walking Dead. Su objetivo no es otro que encontrar un autobús que les lleve hasta la capital granadina.

Tres de la tarde. Domingo, ocho de octubre. Para algunos la noche se ha alargado demasiado. Pero no se arrepienten. No sienten lástima por ellos mismos. Solo hambre, sed y ganas de contarle todo lo ocurrido a la almohada. Las voces roncas y las demacradas faces suspiran de alivio al cruzar las puertas de sus respectivas casas. La velada ha llegado a su fin y, muy a su pesar, más de uno necesitará días para recuperarse física y mentalmente de esta épica jornada. Los demonios interiores se despiden de los cuerpos danzantes hasta otra futura ocasión, que esperan que ocurra pronto.

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