Cultura y sociedad

Historia del fracaso

El fracaso no es una cuestión del creador, sino de la sociedad que lo engulle y lo convierte a su modo y semejanza, pervirtiendo la obra original del artista, el cual siente esa anulación como la decadencia del mundo en su genealogía perturbadora

01.06.2016 @emilioarnao 10 minutos

El fracaso es bello desde su concepto de energía vital. Uno no puede siempre vivir desde el éxito, porque se acostumbra a él y al final cae en el tedio, en la costumbre, en la nada. El éxito radica en la profanación del alma del ser humano. Todo lo que viene después sólo es humo, necedad, tristeza o pasatiempo. El tiempo o el mundo siempre deben vivirse desde el fracaso, porque éste acude desde la sinergia de la fuerza y la pasión, desde el vitalismo y una perduración constante de las cosas: el idealismo, el hedonismo, la filosofía nietzscheana, lo dionisíaco, el romanticismo, la casa en donde uno habita y que se cae a pedazos mientras afuera el sol siempre ilumina las cortinas del balcón.

Es esa iluminación la que convoca al creador alrededor de una telaraña intelectual en la que se sostiene desde la rebelión y el optimismo, pues todo artista oscurecido por las cuerdas que sostienen los palacios del reconocimiento insiste en un esfuerzo prometeico y duradero. Ese esfuerzo es justamente lo que lo mantiene vivo, ardiente, mamífero, resistente. Todo fracaso solicita la resistencia como arma para vencer el olvido, de otro modo sería innecesaria esa violencia creativa que día a día va componiendo toda una obra que habita en la tumba becqueriana. ¿Cuántos fracasos han coexistido en el tiempo a lo largo de la Historia? Innumerables, por no decir la mayoría. La Historia no es que sea injusta, sino que se alarga como una cuerda de funambulista por donde el creador cruza desde la tensión y el peligro de caer para siempre. No obstante, al final todo proceso histórico acostumbra a ser coherente y salvífico y suele recuperar todo aquello que fue dañado. No daremos nombres por ser de todos harto conocidos, pero el nombre, la identidad, el mérito, el talento históricamente ejercen una fruición entre lo que fue y lo que finalmente será. El tiempo siempre da la razón a los que en su momento la cercenaron o la dejaron caer por los puentes del vagabundeo. La vida creativa es vagabundeo mientras las tormentas continúan sonando en los huesos de los muertos.

De modo que no todo en la vida impone una actitud para que el creador sea celebrado como un galgo tras su carrera tras el conejo, ni siquiera como una top-model cuyo único interés radica en su belleza, una belleza efímera y comercializada, sino que todo artista únicamente debe aspirar a su papel de creación, enfrentándose a él día a día, momento a momento, nieve tras nieve, para conseguir el afianzamiento de su obra, sin importarle si esa obra va a manifestar una repercusión entre el público. El público es el principal enemigo del creador.

El público no está preparado para entender la sensibilidad del intelectual o del artista, porque no está formado suficientemente, carece de esa élite de las minorías –como quería Ortega- en que su educación y su experimentación con las artes y con las ciencias evitan todo tipo de conocimiento y entendimiento de la obra que lee, ve, escucha o siente. La sensibilidad del público procede de una vulgaridad que propone el consumo de las masas –volviendo a Ortega- y la masa carece de sabiduría esencial para comprender una acción de creación que normalmente se realiza para ser solamente entendida por el propio creador.

Por lo tanto el fracaso no debe contar con esa perversión que es la justicia de la masa, pues por masa entendemos todo aquello que ha sido arrastrado, desde una política que reside en el consumo irredento y necio de toda obra de arte que supone una fragilidad de pensamiento y de verdadera ósmosis de calidad y de talento. El público, la masificación, nada tienen que ver con el talento, sino con esa ausencia de valores profundos que se desvanece como las aguas heladas cuando la primavera penetra en la espléndida naturaleza. Fiedrich Nietzsche forjó toda su filosofía en soledad e integrado bajo los espasmos de las montañas y la nieve de Sils Maria, enfermo y débil, por culpa de un acceso sifilítico contraído en su juventud de estudiante. Nadie lo leyó. Nadie lo leía. Nadie lo comprendió. Fue tras su muerte, tras once años abarrancado en la locura, cuando su hermana Elizabeth dio a conocer su obra, una obra que fue a parar a los filósofos del nacional-socialismo. El nazismo se adueñó desde una interpretación tergiversada de su legado. El mismo Hitler visitó su casa museo varias veces e hizo suyas algunas proclamas metafísicas del profesor de Basilea. El fracaso de Nietzsche proporcionó la proclamación de unos ideales que adaptados por interés y concupiscencia ocasionaron una de las barbaries más atroces de la historia de la Humanidad. El fracaso de Nietzsche, por lo tanto, fue doble. Primero como ermitaño de Sils Maria, desde una soledad feroz que el propio autor de Zaratustra quiso para sí, y segundo, tras una relectura de sus textos realmente agónica y brutal –como la misma música de Wagner- que se manipuló y se llevó hasta los extremos más ominosos de un pensamiento que, en aquel tiempo de la búsqueda del superhombre, se aprovechó en defensa de la raza aria y una conceptualidad errónea en manos de unos dementes que facilitaron esa demencia para fortalecer el espíritu alemán a partir de unos textos que nada tenían que ver con la poshistoria de un filósofo que fue capaz de abrazar a un caballo caído en Turín como síntoma de piedad y de fraternidad.

Por lo tanto, ocurre en determinadas ocasiones que el fracaso de la historia se tergiversa de tal modo que no podemos acudir al mensaje exacto de lo que el creador en su momento quiso valorar como propio o como eternización de su episteme de creatividad. La Historia en muchos momentos ha interpretado a su imagen y semejanza lo que el contexto temporal imponía en su provecho y en la batalla falseada de lo que en realidad el hombre libre fracasado quiso mantener, pensar, dilucidar, aclarar, vencer. La Historia a veces ha vencido al fracaso y esa realidad es ante todo una de las vergüenzas más delirantes que han definido a lo largo de los siglos al ser humano.

El ser humano es vulgar en su concepción del mundo, apenas advierte la efervescencia que la naturaleza puede provocar en sus emociones, de la misma manera que no entiende que para ser un hombre libre lo principal es la adquisición del conocimiento. Sólo desde la sabiduría el hombre se puede ser feliz. La masa erradica esa felicidad sencillamente porque no asume el status quo del saber. Si eso fuera así, si el hombre-masa adquiriera una profunda dilatación de su pensamiento crítico y el fracaso se revolviera contra sí mismo a la vez que la experiencia del creador, se ampliaría el gozo hacia zonas totalmente en estos momentos desconocidas. Por lo tanto, el fracaso no se agudiza tanto en el hombre de las artes como en el público que no está preparado para recibir su descripción de la realidad, de la imaginación, de la filosofía, de la gnosis, de la culturización. El fracaso persiste solamente por una ausencia de cultura del receptor. El hombre-masa.

La masa impone un tipo de creatividad que ronda la superficialidad, el pensamiento débil, la mala literatura, la pintura pactada con los galeristas, la música comercial, en definitiva, la necedad y un analfabetismo mundano que sólo procura el desvanecimiento de la cultura profunda y la intelectualidad de otros tiempos. El tiempo actual de la creación postula la imbecilidad, el consumo por el consumo, la facilidad de la interpretación, la publicidad, el marketing y las revistas subvencionadas por los bancos. A esto nos enfrentamos. Nada más y nada menos. A una rebaja del conocimiento como base de construcción de un país, de un tiempo, de un mundo donde el fracaso no es de quien crea, en todo caso, de quien adopta hacia la cultura una actitud de mercadeo insólito, de escurridiza adaptación hacia la fragilidad, la compra y venta, que más se parece a un producto industrial que a un avance de la alfabetización necesaria para consolidar el crecimiento sentimental y mental de todo hombre. El hombre en sí persiste en su afán de no abandonar esta condena y adquirir esa fenomenología que acaba concluyendo en todo proceso de libertad.

La libertad nace desde el mismo momento en que adviene el fracaso. Fracaso es libertad. Libertad de cuerpo y de conciencia, de multitudes y de oligarquías, de los hombres y su cruel admisión de lo que no es libre, lo que llega desde la inopia y la mediocridad, la absurdidad y el dinero. Ser libre constituye uno de los componentes básicos para ser feliz, por lo tanto toda noción de fracaso redunda siempre en la felicidad, lo cual atrae al creador a continuar con su obra en silencio, en soledad, en solidaridad consigo mismo, en la creencia de que el talento sólo proviene desde uno mismo cuando cree realmente en su obra, todo lo demás sobra, se ausenta por los corredores de la vanidad y los oropeles, las conferencias y las entrevistas en los medios de comunicación. El talento nada tiene que ver con la masificación de la obra, en todo caso, con el propio talento que pertenece a uno mismo y que no es necesario compartir con nada ni con nadie. La obra es uno mismo, nunca los demás, los cuales acostumbran a confundirla y a malinterpretarla. El talento posibilita la cotidianidad del creador encerrado en sí mismo. Creemos que eso es así. No hay otro modo de evaluarlo. El artista sólo se debe a su obra. En cuanto desea expansionar su obra, ésta desaparece y deja de pertenecerle.

Lo único importante del creador es la creación por sí misma, porque es ésta la que reporta un ecuánime conocimiento de uno mismo, además de la congratulación del artista con el mundo. La vida sólo se puede conocer a través de la creación, porque, como dijo Schopenhauer, lo único que salva al hombre del sufrimiento es el arte. Toda representación de alivio frente al paso del tiempo, el advenimiento de la nada, la memoria de la tristeza, el rozamiento con la agonía, se supera a través del proceso creativo y para ello no vale nada pensar que el arte debe consolidarse a partir del reconocimiento, pues, cuando éste llega, la obra se distorsiona y el artista deja de ser tal para convertirse en personaje, en alguien fagocitado por los intereses socioeconómicos y la mundología abyecta que rehace la obra y la transforma según le convenga a los discursos críticos y evaluadores de una sociedad presuntamente intelectual, pero ágrafa en tanto en cuanto se dispone como incapaz de comprender el verdadero sentido de cualquier obra. La obra no es un ente social, sino una calefacción de la intimidad que se enfría en cuanto se desarrolla por causa de la alienación salvaje de la interpretación y esa dosis de estructuralismo que acaba ocupando el distrito severo que sólo corresponde al creador.

El creador es el máximo responsable de su obra y no ese yihadismo que se propaga por todos los ámbitos de la carnalidad societaria, que no es otra cosa que un ave rapaz capaz de devorar las entrañas de la soledad y el silencio, de la imaginación y la tan ardua elaboración de los principios fundamentales que toda inspiración –inspiración como labor, no como musa-, la cual alberga la identidad personal y propia de todo aquel que ambiciosamente se propone ser feliz mientras crea.

El poder de creación sólo se logra desde la aceptación del yo. Ese yo es imprescindible para cuadrar el objetivo último del arte, esto es, la consumación de la alegría y la calma interior. Sólo creando uno puede pacificar todos los monstruos del mundo. En ese sentido, el fracaso es falso por el mero hecho que no exista el reconocimiento o la gloria, puesto lo que verdaderamente importa, como una casa encendida, es esa angustia felicísima que supone aportar algo, insinuar el todo, remendar el tiempo a través de la composición y la manifestación de las artes. Todo artista que se sienta fracasado porque no haya tras él una proyección de sus obras entendida como acercamiento a las masas está entendiendo negativamente lo que significa la segura concepción de lo artístico, que no es otra cosa sino el instante tras el instante, esto es, el tiempo utilizado para la concepción de su obra. Sólo la obra salvará al creador en tanto en cuanto esa obra le reporte en el momento de su realización un escapismo del mundo, una alianza consigo mismo, una profundización del ser que alivie todos los tormentos de la vida, de la cotidianidad, del dolor, de la sinergia de los días que pululan como aves carroñeras. El fracaso no es tal si el creador no se siente un fracasado y aborda su sensibilidad desde la euforia que sobreviene del gozo de crear, de analizar su intimismo, de metaforizar la palabra, el color, el sonido, la rabia concebida como salvación del cosmos, que siempre aprieta como un corpiño ceñido en la cintura del mundo.

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