Cultura y sociedad

Jesucristo y Sócrates, legados comunes

¿Qué tienen en común Sócrates y Jesús de Nazaret?

23.02.2016 @Cr23Lopez 4 minutos

En unos de mis habituales viajes en BlaBlaCar fui testigo de una de esas conversaciones en las que a uno le gustaría intervenir y protestar, pero teme que le dejen tirado en mitad de la carretera. Una de las pasajeras afirmaba “no ser una fanática del cristianismo” (luego resultaría saber datos de lo más extravagantes, pero ese es otro tema) y al mismo tiempo criticaba a diestro y siniestro las costumbres propias de otras religiones. Lo cierto es que yo no era (ni soy) quién para defender a una u otra (creencia). De modo que me limité a ponerme los auriculares durante el resto del camino.

La cuestión que me hizo pensar a raíz de aquella breve y casi infumable escucha fue la magnitud de los fanatismos religiosos. Cómo se puede llegar a creer con tal grado de fiabilidad en ciertos pensamientos y despreciar tanto otros como pudiera ser la filosofía. Ni uno es tan imprescindible, ni la otra tan aburrida. Os explico por qué.

Decía Jack Kerouac, en su célebre libro En el camino, que los humanos “tendemos a depender en lugar de amar”. Y eso precisamente es lo que busca una disciplina como la filosofía. Para los de la LOMCE, philos (amor) y sophia (conocimiento). Es decir, amor por el conocimiento. Y ese punto debemos detenernos. Sin caer en los extremos. Mirar hacia el principio puede que no sea retroceder, sino, más bien, dar con la clave.

Existe cierta paradoja común en las vidas de dos de los personajes más importantes en la historia del pensamiento moral: Sócrates y Jesucristo. Posiblemente los dos más reconocidos en las dos materias anteriormente mencionadas. Y sí, yo también puse esa cara de asombro antes de indagar.

Sócrates (470-399 a. C.) nació y murió en la Antigua Grecia, concretamente en Atenas. En su época de máximo esplendor. Fue discípulo de Arquelao (presocrático) y maestro de Platón, del cual hablaremos un poco más adelante. Por su parte, de Jesús de Nazaret no se conoce a ciencia cierta ni la fecha de su muerte ni su lugar de nacimiento. Diremos, por tanto, que vio la luz en Belén y murió en Jerusalén (0-33 d. C.). Hasta aquí todo normal.

Los caminos se cruzan cuando entendemos que ambos crearon un fuerte pensamiento moral en sus respectivas sociedades. Del filósofo se cuenta que le gustaba pasear por las plazas preguntando y repreguntando a los/as viandantes cuestiones de todo tipo, haciéndose él el más puro de los ignorantes y obligando a los demás a caer en su propia contradicción. Esta «ironía socrática» le sirvió para demostrar la coherencia de su célebre expresión “solo sé que no sé nada”.

Jesucristo recorría pueblos y ciudades haciendo la labor de predicador. Sus discursos (véase el Sermón de la montaña) aglutinaban a decenas de personas que se dejaban llevar por la sabiduría que ellos jamás alcanzarían, pues mucho acabaron sus días sin haber siquiera aprendido a leer. Las parábolas eran el método más recurrido para impartir sus famosas enseñanzas morales.

A través de la palabra construyeron su legado. No obstante, y aunque sus contemporáneos demostraron el enorme conocimiento de ambos, ninguno dejó jamás nada escrito. Han sido sus discípulos, Platón principalmente en el caso de Sócrates –también se pueden consultar obras de Jenofonte, Aristóteles y la comedia de Aristófanes− y los evangelistas Mateo, Marcos, Lucas y Juan para el de Nazaret.

Pese a que negaba creer en deidades, se dice de Sócrates que afirmaba estar enviado por un Dios (en un sociedad politeísta). Luego le costaría la vida. De Jesús sabemos que es conocido como el Hijo de Dios. También sería juzgado a posteriori por ello.

Sus vidas estuvieron marcadas por la desobediencia al orden establecido. Los dos mayores defensores del pensamiento moral de la historia. Criticaron la justicia y la forma de gobierno. Fueron considerados unos alborotadores del pensamiento social –unos antisistema para los modernos− y condenados a muerte (menos mal que ninguno llevaba rastas). Otra coincidencia es que podrían haber salvado sus vidas si hubiesen pedido clemencia y renunciado a sus principios. Como bien sabemos, ninguno aceptó.

El paso de los años ha enfrentado en multitud de ocasiones ambas posturas y la propia historia ha demostrado que no están tan dispares. Ni una es tan imprescindible, ni la otra tan innecesaria. No caigamos en el arcaísmo, pero tampoco en fanatismos. En la historia está la respuesta. Úsenla.

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