Cultura y sociedad

La imperturbable belleza de Naomi Watts

Naomi Watts es de una belleza extrema, su actuación en el cine me tiene cautivado y desarmado de amores imposibles. Naomi es la actriz que todos deseamos como novia, pero queda tan lejos Hollywood que me da pereza coger un avión e invitarle a un dry Martini

30.07.2016 @emilioarnao 6 minutos

La empecé a amar cuando la vi en “Mulholland Drive”, donde interpretaba a una doble, Betty Elms y Diane Selwyn, dirigida por David Linch en 2001, nominada a mejor dirección para los Oscars, más otros tantos festivales, Globos de Oro, BAFTA, Cesar, Cannes,Toronto, Sitges y así todo seguido. Naomi Watts a su vez obtuvo varios premios. Aquella carretera del Mulholland Drive, considerada por Braudrillard como “el punto de entrada de los extraterrestres”, apareciendo en canciones como “Free Fallin”, de Tom Petty o en “Electrolite”, de REM, me despertó no la libido, porque el cine no es sexo, sino una Laura de Petrarca, una infinita ternura hacia Betty, una joven aspirante a actriz que llega a Los Ángeles para convertirse en una estrella de cine, alojándose en el apartamento de su tía, donde conoce a Rita, una mujer que padece amnesia a causa de un accidente sufrido en Mulholland Drive, lo cual decide acaparar un investigación sobre cómo fue a parar allí.

Naomi Watts es un estraperlo que yo compraría como tabaco o como una caja de whisky, algo, alguien que es demasiado hermosa para ser actriz, quizá debería haberse dedicado a la poesía o a la pintura, por ser sus manos las de una Emily Dickinson o de una Leonor Fini o una Norma Bessouet, porque yo intuyo un surrealismo en sus gestos, en sus ojos, en su forma de caminar, y cuando me refiero a surrealismo lo que estoy queriendo decir es postrealismo, porque Naomi Watts no es real, sino que ha salido de entre los aquelarres y una novela de Nabokov. Me gustan sus labios, urgentes como las ambulancias, su piel, blanca como un gato blanco sobre la nieve, su cabello, rubio como el tabaco, su cuerpo, prístino como de una bohemia. La belleza de Naomi Watts subleva el renacimiento de Isabel Freyre, y a mí me semeja a su vez una dama de reina de Corte, fina y astuta, elegante y cosmopolita, porque, aunque no hable español, yo la metería en la Real Academia Española, pero no como investigadora, sino como un incunable que Erasmo produjese en aquellos años en que la imprenta ya era Naomi Watts, pues yo la quiero escrita, dibujada para siempre, estricta entre las letras, ánfora griega muy cerca del Partenón. Hollywood no es Naomi Watts, pues sus películas semejan líneas delgadas de ácido lisérgico donde el mundo parece distorsionarse con sólo mantener unos segundos su mirada. Me gustaría tomarme un dry martini a su lado. Platonismo. Hueco de la escritura. Sublimación a través del dandismo. Lo que nunca puede suceder es mejor que suceda algún día, porque sino el arte pierda toda su teoría y todo su pensamiento profundo.

Naomi Watts nació en Shoreham Kent en 1968, un 28 de septiembre, por lo que a partir de ahí todos los otoños dejan de convertirse en invierno, porque ella es un boulevard con árboles que tienen 44 años. A pesar de ser inglesa es australiana y eso le confiere un Sturm und Drang tan fuerte como el movimiento de la naturaleza. Naomi W. es 21 gramos de penetrante vida y de conversación callada cuando lee a Paul Auster. No se le oye cuando cruza los océanos y adquiere un valor de casino cuando viste como Grace Kelly. La oigo a veces, en mis insomnios, y la veo en las películas de Peter Jackson, de Woody Allen, de Clint Eastwood, de Juan Antonio Bayona.

Pero fue la carretera quien me la trajo hasta mi casa y desde entonces me ocupo de que beba zumos entre toma y toma y que aparezca petrarquista en las fotografías. Sus ojos, el castillo de Pierrefonds, sus brazos, una metáfora de liquen, sus manos, vientos del Pacífico, su sexo, no tienen, sólo lo interpreta. Naomi Watts encaja en la perfecta escultura de este nuevo milenio y viaja en avión cuando Prometeo sigue sin soltar el fuego. Mito. Amor. Sueño. Dolor. Quizá todo junto, como en una colección de relojes suizos. Me gustaría ser King Kong para tenerla entre mis brazos y subirme al Empire State y morder los aviones, rugir como un dinosaurio, besarle lentamente, para que nadie se la llevara. Quiero ser actor de cine para poder cogerle una mano, su mano, las manos como tenedores en los restaurantes de Los Ángeles, tiempo junto a ella, todo el tiempo quizá sólo observándola, sin rozarle ni un seno, sin apretarla contra mi cuerpo. Sólo mirarla, como una escultura de Antonello Gagini, y encontrarme con ella todos los atardeceres en la catedral de Palermo, y no regalarle ropa, sólo un libro de poemas mío, para conquistar su conciencia, tan limpia y azul y ver otra vez 21 gramos, el peso de la muerte o de la vida y volver por vacaciones a Kent, para que Noemi Watts recuerde su infancia, que ya es la mía, y dejar que gotee la mujer que hay en ella, entre Pink Floyd y Sidney, acostumbrarme a ella por sus gestos, por ese rostro que vuela rocas y rehace arenas sobre las azoteas y mirarla sólo tres minutos mientras duerme y cenar como dos hippies y volver a Nikki, para que nos diga con qué juguetes jugaba y comprar Australia para tomar el té con Nicole Kidman y tantas cosas, quizá demasiadas, pero no tocarla, nunca tocarla.

Noemi Watts estudió en High School de Mosman, más tarde conoció a Nicole y se calzó de modelo, aunque ello no le gustara. Las modelos siempre se funden entre dietas, ropa interior y anfetaminas. Noema Watts es diferente, pues decidió prepararse para la actuación e iniciarse en series de televisión, “Home and Away”, “Brides of Christ”, “Hey Dad…¡”, hasta que en 1998 interpretó a Guila de Lezze en “Dangerous Beauty”, junto a Jacqueline Bisset y fue entonces cuando se dejó ver los contornos por Hollywood. Yo la conocí en la carretera y desde entonces he tenido la sensación de que viste de negro para que yo le regale un libro mío de poemas. ¿Cómo puede existir tanta belleza en una mujer? Me gustaría tomarme con ella un vino blanco en Cannes para decirle que mi amor platónico es por culpa de los clásicos, que tengo un carpe diem para ella, que le recitaría toda la vida a Ronsard o que le enseñaría a jugar al billar. Sus ojos azules son temblorosos remakes de un siglo que ya salió de Botichelli. Me gusta el terror de The Ring, porque no es que sufra asistiendo al pánico, sino que está más bella cuando sufre, como todas las mujeres, como Scarlett Johansson, como Charlize Theron, como Milla Jovovich, como Natalie Portman, como Kate Beckinsale, pero ninguna como Naomi Watts, porque ella siempre salta de los arrecifes para que yo la coja y le ponga los zapatos por excesivo romanticismo. Supongo que Benicio del Toro y Sean Penn ya han intentado amarla. No me quejo de ello. Entre actores el amor es excesivamente sencillo. Lo difícil es amarla en la distancia, lejanía de aves que van y vienen, extrañas coincidencias entre Isla Fisher y Jude Law. ¿Por qué no aparezco yo en “We don’t live here anymore”?, ¿o por que no asesino yo a Richard Nixon?

Naomi Watts tiene las piernas como las letras griegas.

Etiquetas, , , ,
Artículo anterior Artículo siguiente