Cultura y sociedad

La masa no es cultura

La masa es la peor enemiga de la creatividad. En esta modernidad tan exultante, el fracaso de un creador llega cuando su obra arriba a ese proceloso mundo de la masificación. Escribir o realizar arte es una cuestión de minorías. Mi obra, como la de Juan Ramón Jiménez, únicamente está dedicada a la minoría siempre.

12.11.2016 @emilioarnao 9 minutos

La masa es la peor enemiga del Arte. ¿Por qué? Lo diremos con palabras fraternales. Por ejemplo, el pueblo-masa descarta toda profundización del pensamiento, puesto que no está preparado para ello. Únicamente se conforma con atributos pueriles y escenas de kiosko. No es capaz de adivinar dónde estriba el verdadero arte del falso y se le convence que penetre en la mercantilización de la creación sencilla y sin posibilidad de contrarios. A la masa se la dirige desde la impostura del dinero y es a éste al que obedece, puesto que lo fácil se entiende como una culturización de lo que se sustrae a partir de lo cómodo, de lo esencial, de la ausencia de voluntad para ejercer una definición como masa-hombre. Los grandes poderes enfáticos de la cultura han adivinado en la masa su mejor linaje de costumbre y clarifican toda su producción en pos del beneficio de la industria descartando todo aquello que provenga desde la calidad y desde la definición del descubrimiento del alma como tal o del cuerpo como espejo de la vida que duda, que se arrepiente, que se defiende de sí misma, que aguijonea el mundo mientras éste sigue siendo un engendro de los mercaderes, aquellos que proporcionan que la creatividad aboque no en otra cosa sino en un lamentable fracaso. El fracaso de la modernidad.

Este fracaso obedece a la necia praxis de las autoridades mercantilistas del arte, pues son ellas las con, desde la decisión de aproximación a la masa, aportan una cultura de bajos índices, de vidriosas luces, de nefasto confort. Esto responde a un interés puramente económico, donde las empresas que se dedican a la cultura aprueban con osadía antes el enriquecimiento de sus negocios que una oferta más profunda de sus productos. Y decimos productos, justamente porque es en eso en lo que se han convertido las obras de arte, en una mercadotecnia donde se vende todo aquello que proviene de la emoción, de la reflexión, de la lucha constante del artista con su obra como si se tratara de un elemento más vaciado en este molino sin agua que es el socioeconomicismo, la sociedad consumista, el paralelo de estos nuevos tiempos en que un libro se vende como si se tratase de un vestido de noche o de un electrodoméstico doméstico. Esta domesticación del arte corre el riesgo de alcanzar elementos de frivolidad y de materialización propios de una sociedad poco preparada para el estudio y para el pensamiento de alturas. Nos están acostumbrando a que no pensemos, porque da la impresión que el pensamiento, entendido como comprensibilidad de lo que el hombre es frente a su alrededor, eludiendo la atención a su contexto, su humanitarismo, un romanticismo rebelde, una definición del ambiente político apresado a partir de la crítica pausada o apasionada en un momento dado. El arte no interesa desde el sentido que el hombre sea capaz de pensar por sí mismo, sino que es tratado como una forma de mercado en que todo vale. De ese modo, se ofrece como un elemento más de la objetividad progresista, comprendiendo el progreso como uso, nunca como herramienta de futuro. Así, estos grandes mercenarios de la creación abrochado en papel de celofán venden al artista de la misma forma que vendieran el vacío, la nada, la muerte, pues una sociedad que no piensa está muerta por sí misma. La masa-pueblo atiende a esta oferta del capital y se queda tan feliz, deduciendo que eso es verdaderamente lo artístico, lo bello, lo expresivo, lo reflexionado. No se da cuenta la masa que el poder la manipula y le contesta desde sus sillones administrativos con palabras inocuas, estudiadas, negociadas con los otros poderes: el mercado, la globalización, las empresas, el dinero, la superficialidad de los tiempos en que vivimos manejados por necios que deambulan desde el control y la masificación de la masa. “Sólo sé que no sé nada”, dijo el griego. Tomando a Aristóteles, el poder asume la responsabilidad de culturizar al pueblo, mientras éste es desorientado por construcciones pueriles como son el fútbol, la información, la televisión basura, el entretenimiento pueril, la distracción, consiguiendo de este modo lo que se propone, esto es, la desubicación del individuo y la desramificación del carácter y la personalidad. El poder no quiere ser sorprendido por la cultura del hombre, porque conoce que toda cultura conlleva a la rebelión y es esta rebelión lo que temen los poderes fácticos antes que se levante el hombre y grite: “¡Basta ya¡”

Para ello la masa se reordena por sectores y se distribuye por aquellos antiguos feudos en que el señor era tal y el pueblo tributaba con sus ganancias en el campo. Este sistema feudal de la Historia reaparece Ahora de nuevo con la culturización de la masa. Todo parte desde los inicios, es decir, desde la educación de los niños. Desde muy pequeños los niños están siendo preparados para adoctrinarlos desde un mensaje –que enmascarizado desde unas políticas que prometen calidad y preparación- pervierte sus mentes y las desaloja de la libre interpretación del mundo, de la vida, del amor, del tiempo, del orden o el desorden, de la res pública, de la filosofía, de las humanidades, de la poesía, de la indignación. El poder ejerce un control de la masa desde la enseñanza primaria hasta la universitaria, restableciendo con ello su anhelada esperanza de apoltronarse en un conservadurismo thatcheriano que les permite mantenerse en la vigilancia violenta moralmente de la masa. No echamos la culpa, pues, de esta falta de preparación para comprender el arte a la masa, sino a quien ejerce dominio y escuela sobre la masa. He ahí otro tipo de fracaso. El fracaso de la educación, de la culturización. La cultura, en este sentido, queda en manos de las minorías, como, por otro lado, ha sucedido siempre. Se trata de un fracaso feroz, dañino, virulento, rapaz, genuino, pactado. El fracaso de la masificación del mundo.

Esta masificación tiene la necesidad de rebelarse y obedecer sólo a lo que uno es o quiere ser y no a lo que quieren que seas cuenta con la presión continuada del poder para transformar al pueblo en cosa, en materia, en alienación o en el fetichismo de la mercancía, como previó Marx, en ese sentido, se aloja en la dificultad de profundizar sobre sí misma y entender el mundo de otra forma, un mundo en que el individuo, desalojado de la despersonalización, aspire a la libertad y reanude su encuentro con la cultura y el pensamiento. Pensar es peligroso para los próceres, por eso éstos actúan desde la manufactura de una ideología del terror para fortalecerse y no permitir que el pueblo salga de sus misérrimas preguntas y arduas dudas, porque toda duda se combate desde la desafectación y el orden ideológico. Toda ideología que no asiste a la educación libre y vertical de la masa está poniendo en grave riesgo el progreso de los tiempos. Estamos ante la farsa y la combinación de poder y control que dificulta el crecimiento del hombre como tal y por ello reedita su propio fracaso.

El fracaso de la masa procede, pues, de una ausencia de interpretación del arte, pero nos estamos refiriendo a una interpretación con sólidas bases de comprensión, donde lo cultural no se quede únicamente en la mitad de su recorrido, sino en la formación completa que posibilite una actitud poderosa y sólida de la atención a todas las formas de creatividad. Nos estamos refiriendo a que la masa-pueblo, desde políticas de sobredosis de enseñanza y preparación adquiere un nivel intelectual que englobe a todo individuo, a todo hombre, a toda mujer, al ser humano en su realidad externa e interna. Si no existe esa intelectualización de la masa, siempre acabaremos devorando la miseria a la que los poderes públicos nos han hecho llegar. Como dijo Marx, los filósofos hasta ahora sólo se han ocupado de interpretar las cosas, de lo que se trata es de transformar el mundo. Cuando la masa-pueblo sea consciente que desde el arte, la cultura y el conocimiento la vida puede ser más satisfactoria y propicia a su misma transformación, entonces dejaremos de estar involucrados en este fracaso tan agónico e inmoral.

El fracaso debe ser sustituido por la aceptación de unos nuevos valores. Sólo el conocimiento y el pensamiento pueden adoptar la posibilidad de ese cambio. Por lo tanto no hay que resistir la tendencia de esa baja culturización de la masa y afrontar el tiempo desde la preparación, el estudio, la sensibilidad, la reflexión, la ocupación de buena parte de nuestros horarios en ejercer la abertura de nuestras mentes, de nuestro lirismo, de nuestras emociones. La emoción va congénita al arte. Si devaluamos la forma de observar la creatividad entonces estamos abocados a la defenestración del sentido último de nuestra existencia. Vivir es emocionarse con uno mismo.

Esta conmoción del individuo parte desde la generalización de toda forma de acercamiento al enigma de por qué existimos, cuáles son nuestras dudas, por qué morimos, hacia dónde vamos, quiénes somos, por qué nos esforzamos en vivir un mundo que no nos complace, por qué estamos expuestos diariamente ante tanto dolor. Sólo el conocimiento, como vía unitiva entre la materia y las distintas realidades, puede aplicar una esperanza que vaya más allá de lo cotidiano, de los que nos hacen ser, de lo que estamos obligados a pensar. El fracaso.

Conmocionarse con uno mismo es entenderse y conocer cómo es uno, qué virtudes alberga, cuáles son sus ideales, por qué hace lo que hace, cómo se enfrenta al poder, dónde reside su solidaridad con los otros, qué es lo que puede hacer para posibilitar la transvaloración de los valor, cuáles son sus objetivos como hombre residente en la tierra. Todo eso no viene desde la nada, como es lógico, sino que es necesaria una profunda convicción de lo que el pensamiento apremia y para ello debe estar en ese sentido muy vinculado a las ansias del saber. Los creadores facilitan una sabiduría que debe transmitirse de generación en generación, para ello se hace fundamental una óptima lectura de la misma. Sin sabiduría no hay transformación posible del mundo.

Toda transformación acude de inmediato al razonamiento de las inquietudes humanas que nos aquejan y nos anulan toda capacidad de recomponer el tiempo. Vivir dentro del tiempo consiste en ser capaz de analizarlo, estudiarlo, convencerse de que ese tiempo es presente pero desatado hacia un destino y adecuar las propias convicciones de cada ser humano para equilibrar el modus vivendi. La vida se presenta de este modo como una enseñanza perpetua en que el arte y el pensar centran y focalizan toda actividad y todo funcionamiento del hombre dentro de este mundo. Un hombre sabio siempre será feliz. La masa-pueblo siempre recurrirá al prójimo para que le  aproxime esa felicidad que ella no es capaz de lograr. De ahí la urgencia de salir del fracaso en que estamos empantanados y buscar la aspiración máxima para alcanzar la dicha, la alegría, la ilusión por sentirse vivo, el vitalismo, la acción, la fuerza del existir.

La Historia siempre nos ha negado el conocimiento y lo ha relegado a unas minorías selectas que han sido las que han ido tirando del mundo hasta intentar orientar el camino por donde hay que cruzar los mares procelosos del presente y del futuro. Esas minoría selectas, de las que hablábamos en el capítulo introductorio de este libro, son hoy las únicas capaces de entender el arte e interpretarlo y resumir su hábitat desde el gozo y el placer. Las minorías selectas a las que recurre yo creo que equivocadamente Ortega como hacedoras del progreso de un país deben comprender que el ninguneo de la masa sólo repercute en la disminución de un avance cordial y fraternal y libertario del desarrollo de los tiempos que nos falta por recorrer. De este modo, cuando la minoría alcance una mayoría de edad y la masa reproduzca las mismas conmociones y las mismas experiencias que esa minoría será el momento en que podamos quedarnos tranquilos y pensar que, a pesar de tantos siglos, por fin lo hemos conseguido. Habrá desaparecido el fracaso.

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