Cultura y sociedad

La nunca contada historia de José Castillo, un pionero andaluz olvidado

A diario se pierden en el olvido historias por contar a lo largo del mundo

28.10.2018 @caguecast 13 minutos

A diario se pierden en el olvido historias por contar a lo largo del mundo. Personas normales, o al menos aparentemente, que vivieron lo que podría ser la trama de una película. El tamiz de la memoria histórica es cruel y el deseo de pervivir en el recuerdo más allá de la vida, algo invariable desde los inicios de la humanidad.

Esperanza Castillo me abre las puertas de su casa para contarme la aventura que tuvo por vida José Castillo, su abuelo. Hace las veces de biógrafa para no dar carpetazo al recuerdo de un familiar que casi no conoció, pero del que habla con orgullo. Me acomodo en el sofá mientras ella plancha, y es que no quiere perder el tiempo. Esperanza tiene 81 años y se pierde en algunos detalles para olvidar otros tantos, pero sabe lo que está contando.  Su mote de joven era “Panchi”, algo cariñoso aunque a día de hoy no sea correcto, que delata sus orígenes. El responsable de su antiguo sobrenombre es su abuelo, un pionero en el México más convulso durante el cambio de siglo.

La huida de la Vega de Granada

José Castillo González (1870-1935) nació en la Vega de Granada. En una pequeña finca cercana a Santa Fe convivía con su madre, Teresa González, su padrastro y su primo Francisco. Contraídas las nuevas nupcias, su madre se aseguraba para ella y su familia una suerte de sustento en “un tiempo en el que se vivía al céntimo”. Por entonces, con los catorce años que tenía José Castillo, ya se “deslomaba” uno de sol a sol, puesto que la prole no servía sino para ayudar en la economía familiar.

En el humilde terreno que poseía Antonio García, el padrastro, se cultivaba tabaco. Largas hojas llenaban todos los rincones de cada uno de los varios secaderos de los que se disponía. Un espacio construido con ladrillo visto, seco pero fresco, donde hasta la más leve brisa hacían de la siesta en el caluroso verano algo posible. Antonio era un hombre rígido, sin llegar a lo “dickensiano”, que trata a José más como a una mula de carga que como a un hijo, de forma que, mientras él descansa tras la comida echando una cabezada, José sigue trabajando.

Aunque ya responsable de su propio sustento, José “seguía siendo un chavea”, al igual que su primo, por lo que Antonio intenta poner a raya la pubertad de ambos y sus trastadas con severas reprimendas.

Una mañana de verano se urdió la venganza, donde ambos jóvenes cometieron “una broma” algo pesada. Con la única puerta del secadero atrancada y una brizna de fuego que se propaga como la pólvora entre las secas hojas de tabaco airedas por aquella brisa, la siesta del padrastro se ve perturbada.

El pánico que surge de la llama.

José y Francisco “liaron el hatillo y se llevaron las pocas perras que tenían”. “O nos vamos, o nos matan”. Ante el miedo de las consecuencias de aquel acto, deciden rápidamente que la única salida a toda esta locura es la de huir, sin importar el destino, sólo motivados por lo que se deja atrás.

Desde la alta Granada a Málaga hay unos dos días de viaje a pie, entre caminos carreteros y de herradura. No se sabe si es que bajaron hasta la capital portuaria por Antequera, la Axarquía o Motril, sólo se sabe que José llegó sin la compañía de su primo, quien desistió de cometer una locura para poner solución a otra. Nunca volvería a saber de él.

A ciegas se embarcó en el primer mercante que pudo, y ya luego de hacerlo descubriría su destino. Aquel gigante amasijo de hierro propulsado a vapor, probablemente propiedad de la Compañía del Nervión, llegaba en ruta directa a Veracruz, México (no se dispone de esta información, se cree que se trata de esta compañía siguiendo lo expuesto en Desarrollo y declive de la flota mercante española en el siglo XIX-XX. La compañía marítima del Nervión. Valdaliso Gago, J. Diciembre 1993.).

Un mes y medio de viaje en alta mar en el que apenas dura un par de días sin ser descubierto,  pero que “al ser un polizón chaveílla, se apiadaron de él y lo apadrinaron”. A modo de peaje, el polizón se convirtió en grumete y mozo de servicio, ayudando en cualquier tarea tan simple como fatigosa en las cubiertas, baños o cocina; algo que siempre es mejor que ser arrojado por la borda.

Veracruz contaba, al igual que hoy en día, con el puerto comercial más importante de México. A diario llegaban barcos desde Europa cargando mercancía exótica para los indígenas y añorada por los colonos, de la misma forma que las exportaciones suponían un importante filón económico.

José Castillo, el chaveílla prófugo y polizón, amerizó en 1884 en una región a la sombra del imperialismo europeo y el incipiente intervencionismo estadounidense. El estatus de ciudadano del viejo continente era un privilegio, pero sólo en caso de acompañarlo con una buena cartera.

Con los bolsillos vacíos y nadie que le conociese ni se entiendiese, comenzó de cero teniendo que hacerse valer por sí mismo.

Poco recuerda Esperanza Castillo de lo que le han contado sobre estos años de la vida de su abuelo. El relato va perdiendo claridad conforme surgen diferentes anécdotas, algunos insignificantes y otros esenciales. Consigue arañar algunos detalles dándole vueltas al tema y repensando sus respuestas, como si escarbase en su memoria.

Madurez en el México revolucionario

La capital fundada por Hernán Cortés y “Cuatro veces heroica” encerraba un sinfín de oportunidades incluso para alguien apenas alfabetizado y recién llegado. Con su impulso juvenil, la suficiente determinación para medrar gracias al trabajo duro y también su poca vergüenza, José Castillo supo arreglárselas durante toda su vida en Veracruz, aunque no sin dificultades.

Aquello de ser “un hombre hecho a sí mismo” es un título complicado de obtener. José comenzó como porteador en el puerto que le acogió desde el principio de su odisea mexicana, aunque la antes mencionada poca vergüenza le valdría oportunidades más interesantes que el simple lumbago. Comenzó así a tratar con diferentes empresarios y mercaderes que se dedicaban al comercio transatlántico, así como se ganó el respeto de los lugareños.

La comunidad india azteca le apreciaba y respetaba al comprobar que no era un “hombre blanco” pese a su procedencia. Él les daba “cacharros tales como espejos, collares, bisuterías, sartenes, peines...”; a cambio de pieles, que vendía multiplicando astronómicamente su valor. Con la tierna edad  de 20 años “Vendía unas cosas, las intercambiaba por otras; engañaba a quién podía… Sólo se hizo un hombre de negocios.”

La suerte sonreía a quien sin fatiga y constancia ganaba dinero, hasta alcanzar a los pocos años la ansiada meta. Eliminar a todos los intermediarios posibles es la opción ideal para atajar pérdidas y lograr eficiencia.

1905 es uno de los años capitales en la vida de José Castillo. Es en este año cuando construye su propia compañía mercante. Esta mediana empresa “sin registrar” dedicada a la importación de mercancía española y exportación de exóticos productos americanos, comenzó a fletar barcos con cierta regularidad. Llegó a tener una compañía de importación y exportación, una mediana empresa sin registrar en la que se embarcaban buques mercantes buscando la demanda en Europa de productos exóticos.

Por otra parte, en otro plano distinto al económico, contrajo matrimonio con Dolores Maldonado Medina (1890-1915), quien aunque sólo fuese su primera mujer, le dio sus únicos dos hijos, José (1905-1962) y Armando (1906-1975).

Aún habiendo alcanzado el éxito social, familiar y económico; la vida de José estaba muy lejos de quedar resuelta. La revolución mexicana, como la mayoría de procesos similares a lo largo de la historia, fue el producto de una lenta ebullición a raíz del malestar social que vino produciéndose desde años atrás. Los abusos de los hacendados, el hambre y la violencia son siempre un excelente caldo de cultivo para sangrías posteriores, algo que se arrastra desde décadas y de repente ilusiona por la posibilidad de alterar el “statu quo”. Sin embargo, su buena reputación entre la población local y sus lazos amistosos con la milicia revolucionaria, le salvaron la vida en más de una ocasión. No era ningún “yanqui imperialista burgués”, si no un buen empresario que se había hecho a sí mismo tras muchos años de penuria. Los que conocían su nombre sabían su historia. Lo que no pudo evitar eran las constantes presiones contra su negocio y expoliaciones típicas de estos acontecimientos.

Es en este momento cuando figuras tan encumbradas en el imaginario popular como sanguinarias hacen acto de presencia en esta historia. Hablamos de Pancho Villa.

El miliciano revolucionario y héroe popular –un bandolero para otros–, Pancho Villa, veía como su poder antes ilimitado llegaba a su fin. En 1916 comienza a ser perseguido por el general Pershing –después comandante de las tropas estadounidenses en la I GM– y un joven ranger llamado Patton, quienes pretenden darle caza a toda costa. Es en este año cuando Villa acude a la hacienda de José Castillo en busca de protección y un escondite para toda su banda y él.

Durante su misión, Patton acompañado de 10 rangers, llega a las puertas de sus terrenos, aunque sin éxito alguno. En aquella hacienda dedicada a la explotación de ágave y maíz, Pancho Villa contraería una enorme deuda con Castillo.

En este punto de la entrevista, Esperanza comienza a saltar en la línea temporal del relato una y otra vez. Después de una hora hablando sobre algo que ocurrió hace un siglo y ha escuchado cientos de veces cuando era una niña, los detalles comienzan a ser contradictorios y lo consistente pasa a ser meras pinceladas. En este momento le pido que dibujemos juntos el árbol genealógico de sus antepasados, lo que nos sirve para reconducir la historia. Esta es la parte más compleja de la reconstrucción de la vida de José Castillo.

Nueva huida

Uno de los principales problemas en el México de la revolución, como en la mayoría de casos de países en guerra, se encontraba en la restrictiva aduana. En una época convulsa en la que los precios se disparaban para luego desinflarse rápidamente, no existía seguridad jurídica, y se imprimía dinero fiduciario en paralelo al gobierno. José Castillo se arruinó varias veces.

Su primera esposa, Dolores, falleció a los 25 años a causa de una enfermedad, dejando huérfanos a sus dos hijos y a su esposo listo para contraer nuevas nupcias al poco tiempo. Clemencia Loyo, una reputada abogada de Veracruz, fijó sus ojos en el empresario como padrastro de su hijo todavía menor, Guillermo. Ironías de la vida, de la misma forma no permitió la presencia de José hijo y Armando en su casa, por lo que su padre comenzó a preparar el viaje de estos a Málaga.

Pancho Villa, quien “consideraba su amigo” a Castillo, le devuelve el gran favor que le debe moviendo hilos en la aduana portuaria para permitirle a José fletar de nuevo sus barcos. Este salvoconducto se entiende como un aviso por el que José comenzó a ahorrar y esconder grandes sumas de dinero en monedas de plata y oro, huyendo así de la volatilidad de todo dinero nacional.

Gracias a su intervención pudio salvar su sustento una vez más y enviar a sus hijos a su país natal, donde fueron acogidos por Coral Castillo González, su tía supuestamente bien avenida. La triste realidad es que su tía, tras un grave accidente montando a caballo, no sólo no supera la fractura de su cadera, sino que además cae en una grave adicción a la morfina. José Castillo y Armando quedaron confinados en un hogar en el que el dinero que deberían recibir de su padre apenas les alcanza para malnutrirse. Enviaron una sentida carta a su padre pidiéndole auxilio, y éste les respondió dándoles una dura lección. “Con vuestra edad pasé penurias y trabajé hasta la extenuación para malvivir, ya fuese en Granada, o en Veracruz. Me he ganado la vida solo desde que tenía vuestra edad, y no es justo ni necesario lo que me pedís. Debéis ser adultos y valeros por vosotros mismos”. En resumidas cuentas, “que se apañaran”. El contacto fue perdiéndose de forma gradual debido a la distancia y diferencias surgidas en ese momento.

En 1927, cansado ya de las dificultades en un México que no terminaba de estabilizarse, plantea su regreso definitivo al país que le vio nacer. Para ello, lo primero que hace es divorciarse de Clemencia Loyo, al casarse de la que sería la tercera y última mujer de su vida: María Rosa (1890-1951). El matrimonio con “Mama Ocha” –más conocida así por Esperanza, a quien cuidó en su niñez– no fue sino una treta por conveniencia que seguía su plan de huida. Aunque hubiese yacido con ella, no dejaba de ser sólo la criada en la hacienda, y su cometido en la huida del país era el de ser una mula.

Mama Ocha acostumbraba a vestir como lo hicieron sus antepasados aztecas, siempre con un vestido de algodón harapiento, largo y ancho, con encima un “huipil”, una camisa tradicional sin mangas que queda holgada. Delgada de complexión pero de generosos carrillos que disimulaban el engaño, nadie sospecharía que una simple y abultada india llevaría consigo una fortuna. Con miles de monedas atadas y guardadas en pequeñas bolsas, José Castillo y su nueva esposa emprendieron el viaje de vuelta sabiendo que no iba a ser registrada. Este no fue el último obstáculo que tuvo que superar antes de volver a España, y es que en “el último momento para embarcarse” apareció Clemencia de la mano de la policía para denunciar que su ex marido huía sin pensión ninguna para ella ni su hijo. “Él se venía con el ahí te quedas”. Clemencia exigía, aparte de las propiedades cedidas, el formalizarlo todo mediante escrito para asegurarle a su retoño el sustento que necesitaría.

Reencuentro y final

En el barco en el que llevó consigo una pequeña fortuna, sus pertenencias más valiosas y tres grandes barricas del mejor tequila, José Castillo volvió a España para acabar en nuestro país sus días en paz. Después de 12 años sin ver a sus hijos, se estableció en Málaga en busca de José y Armando. Da en Alhaurín el Grande con una pequeña finca en las inmediaciones de la actual prisión y antigua estación de tren, presidida por un antiguo cortijo y rodeado de árboles frutales.

Por su parte, José Castillo Maldonado terminó medrando en la vida como hizo su padre, hasta lograr ser el dueño de un taller de motocicletas y reparación de bicicletas. Conocido en el pueblo por su afición al ciclismo que le llevó a convertirse en semiprofesional y este humilde oficio. En la transcurrida tienda presidía una fotografía familiar. En ella, José Castillo al centro, con sus dos hijos infantes a cada lado.

Un vecino de Alhaurín fue a la nueva finca de José Castillo a reparar su molino de aceite, con la suerte de percatarse de que en esta casa estaba la misma fotografía, también presidiendo el salón. La coincidencia de encontrarse encima de una chimenea, el mismo posado familiar realizado en Veracruz, en la otra punta del mundo.

“Esa misma fotografía la tiene un amigo mío”. Extrañado, José preguntó para atar cabos. Por qué la tenía, si es que era su familia. Lejos de correr apresurado a su encuentro, primero preguntó qué clase de persona eran ahora sus hijos, ya que no les veía desde hacía décadas y podrían haber dado con la mala vida. “¿Qué tal tus amigos, son buena gente?” Ante la respuesta positiva, simplemente les dio su dirección, diciéndoles que “viniesen cuando quieran, que aquí está su padre”.

Entre los olivos, naranjos y limones de aquella finca de Alhaurín el Grande, padre e hijos se volvieron a encontrar sin rencores, para aprovechar juntos los pocos años de vida que le quedaban a José Castillo González, quien murió el  verano de 1935, sin llegar a ver otra guerra más que desolaría parte de su corazón, su primer país, pero terminando de poner en orden todos los asuntos que le persiguieron durante toda una vida.

Esperanza se despide después de una sesión de planchado tan lenta como larga, puede que harta de hablar y algo de mí. Recuerda en este momento primero un detalle. José logró cartearse con su madre una vez asentado en Veracruz, con su primera respuesta afirmando que su padrastro seguía vivo. Nunca quiso volver aún pudiendo haberlo hecho sin consecuencias. Antes de cruzar la puerta, recuerda un segundo detalle. Me presta una fotografía que preside la entrada de su casa para que la escanee. Se trata del mismo retrato que preside esta pieza. En el reverso se encuentra un mensaje escrito a mano.

Dedico este retrato a mi querida madre como recuerdo de su hijo José, como gratitud maternal
México, 12 abril de 1911
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