Cultura y sociedad

La pintura lírica de Stanley Kubrick

Kubrick es el mejor cineasta de toda la historia de la cinematografía. Nunca se repitió en sus películas y su modernidad anduvo entre lo lírico, las bandas sonoras y todos los diciembres

24.08.2016 @emilioarnao 6 minutos

Stanley Kubrick nunca hizo la misma película, pues poseía tantos estilos como tan diferentes son los diciembres de cada año. Me gusta Kubrick, creo que es un creador cinematográficamente literario y, ante todo, lírico. Es un poeta del film. Ahí está Barry Lyndon, donde lo poético, dentro de lo épico, sustituye a la imagen para convertirlo en palabra bella, inédita, secular y sublime. Kubrick, que era gordo como Hitchcock –los mejores cineastas son los gordos, porque en su grasa llevan toda la imaginación ahí, adiposa y visceral, fotográfica y como de catedral de culto-, nos da el resplandor de la belleza, donde un Jack Nicholson pone su rostro para que le veamos el terror, el grito, la palabra horrible de un cine que se sale de cine, porque The Shining no da miedo, sino que aprieta el dolor hasta convertirlo en esa belleza convulsa tan bretoniana. El surrealismo de Kubrick nos precisa fotograma tras fotograma ese dativo latino que nadie ve, pero que está ahí, al final de una secuencia o entre los diálogos de Malcolm McDowell y Adrianne Corri, entre la música de Wendi Carlos y el montaje de Bill Butler. El surrealismo de Stanley Kubrick es ya una naranja mecánica pasada por la musculatura de Spartacus, una imagen metaforizada que a los que seguimos creyendo en la poesía nos sitúa entre la palabra y la imagen, entre el texto y la pantalla, entre el signo y un paisaje al fondo, por donde Barry Lyndon va montado a caballo buscando el amor, la vida, la muerte o un espacio interior.

Stanley Kubrick, insisto, se manifiesta como el gran poeta del cinemascope, como una vanguardia que todavía, para mí, nadie ha superado, pues, como digo, Kubrick no es un estilo, sino todos los estilos, pues ¿en qué se parecen Lolita de Eyes Wide Shut? Yo lo diré: en nada. Sólo en Kubrick. Ver una de sus películas es adivinar al momento quién la está dirigiendo, quién está al galope de todo, quién se sitúa detrás de la cámara como un constructor de inseparables cuerpos encendidos y una textualidad que podría quedar impresa en un libro. Las películas de Kubrick son como enlaces mágicos de una literatura que se reserva lo fácil, lo puramente narrativo, lo comercial, el best seller, toda esa mierda. Kubrick sublima el arte porque cree en él y si no crees en lo que haces más vale que te dediques a la política o a limpiar zapatos, con betún incoloro, en la mejor ciudad de Europa. Hay directores de cine que sólo son eso: políticos y betuneros, pero no atisbas ningún logro creativo en sus films sencillamente porque no son escritores de la pantalla, sólo aficionados a la persistencia retiniana, al movimiento beta o al fenómeno phi, pero nada más. A mí cada vez me gusta menos el cine –llevo por lo menos dos años sin ir a un estreno-, porque el cine actual se ha convertido en la violencia tonta de unos tontos, en el automovilismo imbécil de unos imbéciles, en los efectos erráticos del delineado de la tecnología. Hoy el cine es mero ordenador. Se inventa la historia a partir de Microsoft y una vertiginosa agonía de movimientos y cuerpos que vuelan –sin haber visto nunca los cuadros de Chagal, quede claro- como vuela la historia, la narrativa, el acontecimiento, la cosa. No hay poesía en la actualidad en ese milenio hollywoodense o europeo. Los mejores son los asiáticos, que ya se han dado cuenta que para narrar una vida, unos amores, unos contraamores, es necesario meterme mucho dibujo a lo Max Ernst y mucha belleza diurna o nocturna, porque el tiempo en el cine no debe ser temporal, sino alucinado desde la videncia que ya predijo Rimbaud, desde el desarreglo de los sentidos. Ese desarreglo, ordenado o fustigado, lo vemos en Stanley Kubrick, quien ya está en la psicodelia y en el LSD, cómo ver sino de otra manera otra de sus obras maestras, que son todas, porque, insisto, cada una posee un estilo diferente, abisal y honorable, me refiero a 2001: A Space Odyssey, donde la novela de Arthur C. Clarke se convierte en otra novela, pero esta vez en imágenes, desde la metaforización de los elementos psicodélicos hasta la profundización de su contenido. Yo todavía no he visto mejor película que nos solucione el problema de la existencia humana, el famoso ¿qué somos?, ¿dónde estamos? y ¿hacia dónde vamos? Este tema, tan antiguo como Homero o como el Mahabharata, lo resuelve Kubrick con unos verdores vivos y palpitante en donde va construyendo el mundo, el propio mundo de Kubrick en relación con la idea del monolito, los monos preguntándose ¿dónde está dios?, la voz de HAL 900, el surrealismo de la música de Strauss, el hombre incardinado a la inteligencia artificial, la Tierra ascendiendo sobre la Luna, el nietzscheano sentido del origen del mundo desde el profundo del conocimiento de la luz, las cuevas, las conductas, la elipsis más larga de la historia del mundo –una narratividad que va de un lado a otro en 4 millones de años-, las videoconferencias, el Dr. Floyd, el Cráter Tycho, la vida extraterrestre, la nave Discovery 1, el ajedrez, Júpiter, la presurización y el embrión final donde Así que hablaba Zaratustra tiene algo del mito del eterno retorno que queda exactamente filosofado y lírico. 2001 es la gran película sobre cómo los monos han ido a parar a Fiedrich Nietzsche.

Stanley Kubrick, nacido en el Bronx y amante del jazz y el ajedrez, va mucho al Museo de Arte Moderno de New York y es ahí donde se le nota este lirismo de la creatividad del que vengo hablando, pues sólo viendo pintura y leyendo a Keats uno es capaz de realizar una buena película. Kubrick, poéticamente hablando, vive el mundo, como Hölderlin y es, como Rimbaud, absolutamente moderno. Nadie ha dado la modernidad tan intensamente como la dio Kubrick con sus películas, pues si nos sentamos en un cine y vemos Paths of Glory o Full Metal Jacquet no veremos sólo la guerra, el sin sentido de la violencia, el absurdo de las políticas armadas, lo inefable del comportamiento humano, sino que además estaremos insertos en los cuadros expresionistas de Max Beckmann u Oskar Kokoschka o en el cubismo de María Blanchard o Raoul Dufy. El cine de Kubrick es, ya digo, metáfora convulsa y color que nos llega como de un paisaje todavía inédito, persuasivo, irreal, sugerente, emocional. A mí Kubrick es uno de los pocos cineastas que me emocionan, por su originalidad y porque marca estilo, como decía Sinatra: “Yo sólo vendo estilo”. El dandismo de Stanley Kubrick viene de Brummel y acaba en Nicole Kidman desde lo erótico y la sublimidad de la sexualidad entendida no tanto como perversión sino como racionalismo dentro del irracionalismo y es ahí, como digo, donde le sale a Kubrick el poeta surrealista que fue, que es, que será.

2001 es un año para la memoria y para una épica donde la palabra y lo metonímico adquieren esencial pintura que crea lo magistral, lo atemporal, lo delicioso. A mí, si alguien quiere buscarme, que vengan a una sala donde se proyecte a Stanley Kubrick.

⎯ ¿Qué estás viendo, Arnao?

⎯ El mundo. Estoy viendo todo el mundo. ¿Me traes un whisky?

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