Cultura y sociedad

Las mujeres de Paul Delvaux

Paul Delvaux fue un pintor surrealista que hizo del surrealismo una esfinge de lo onírico y el arbotante del freudismo. Su obra queda protagonizada por el desnudo de sus mujeres en un ambiente soñado y a veces terrible. Se trata de la hipnosis de la pintura

03.08.2016 @emilioarnao 5 minutos

La técnica del automatismo hacia 1924 fue adoptada por André Masson, poco después de conocer a Breton, donde el cubismo ya era una cosa Gris y excesivamente cuadrada, geométrica, lineal. Había que apoderarse de los sueños, estudiar a Sigmund Freud y tomar la conciencia como una manera de pintar lo que revisaba la mente, no lo que veían los ojos. Rimbaud había inventado el color de las vocales y Lautreámont había despedazado a la humanidad: ¿qué quedaba más por haber? Precisamente todo: la modernidad a través de las vanguardias. El surrealismo vino del frottage y de la decalcomanía, aquel gouache oscuro donde se ejercía una presión para despegar las hojas muertas de otoño antes de que se secaran. Dalí, Man Ray, Max Ernst desarrollaban el raspado, el fumage y la distribución de las arenas sobre el lienzo con cola pegajosa. Miró, a base de LSD, pintaría el surrealismo bretoniano, desde el automatismo puro, con sus fantasías infantiles, su nacimiento en el mundo, desde un lenguaje de signos y formas biomorfas. Arp combinará esta independencia del cadáver exquisito y la mecánica del onirismo a partir de una iconografía orgánica que desembocó en la escultura irreal, en un tiempo fuera del tiempo. ¿Y qué hizo Paul Delvaux?

Paul Delvoux hipnotizó todo lo monstruoso, deformando todos los museos, donde nos sumerge en un mundo que no es otro que el de la memoria, el del deseo y todo aquello que se cree abandonado por perdido. La pérdida de algo, de alguien, de un personaje o de una mancha de óleo adquiere en Delvaux ese improntus de detallismo y precisión de objetos que aparecen en cada uno de sus cuadros, como si estuviéramos introducidos en una novela de Julio Verne o en los cuadros de los primitivos flamencos, donde Delvaux trata de hallar lo verosímil, pero entrelazado con el estigma de lo soñado, de lo imaginado, de lo irreal, del surrealismo.

Paul Delvaux era belga, expresionistas en sus comienzos, pero urgentemente, tras la visita a René Magritte y a E. L. T. Mesens, se vincula al suprarealismo desde el desnudo de las mujeres y un figurativismo que aparece / desaparece en todos los lienzos. Delvaux quiere pintar al hombre, pero le sale la mujer, la mujer como la poesía de Homero, como el cine de su padre, André Delvaux. La femeneidad conforma el museo donde no se oculta lo que se ve, sino que lo que es visto prontamente es ocultado en la memoria del espectador. Calles, farolas, ventanas, árboles, noches, vigilias, ferrocarriles, esqueletos, ciudades, amantes que aman el amor como si el amor de verdad existiera, y tantas mujeres desnudas cuyos senos son mínimos y centilitros, adivinanza de una sensualidad que pronostica blancura y pianos clásicos más que sexualidad integrada y absoluta. La mujer en Paul Delvaux es respetada como una modelo en una academia. De pie, sentada, tumbada, durmiendo, despierta, seria, intrigante, enigmática, la mujer en Paul Delvaux realiza la gimnasia de la tarde, de la noche, con bebés o entre las olas, pero siempre muy en mujer. Lo femenino arrastra a lo masculino como si el mito alcanzara esa divinidad que prospera entre telas o divanes, callejones con columnas donde la femeneidad se aproxima no a la desesperación, en todo caso, a la sublimación del eterno femenino, tan lejos de las mujeres fatales de Gauguin o de Picasso.

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Las mujeres de Paul Delvaux recorren todo un mundo de desnudez que protege la sexualidad, pues no existe carnalidad en el estilo, en todo caso, amor constante más allá de la muerte, por decirlo quevedianamente. La muerte y el amor en Paul Delvaux sujetan un índice de verticalidad que puede ser estudiado desde la emoción o desde la invisibilidad, pues es el amor lo que pinta Delvaux no la libido ni lo orgiástico, a diferencia de muchos otros artistas, como Picasso o Mati Klarwein, como Rubens o como en Elena Nogueroles, Celedonio Perellón o Thimothéos o Dokinasia. Entre la modernidad y el clasicismo siempre ha habido una sexualidad exultante, los cuerpos excitados contra los cuerpos, el amor entendido como sadomasoquismo o bestialismo, toda forma de sexualidad atribuida a los escultores de la antigüedad o a los más coetáneos pintores; sin embargo, en Paul Delvaux la carne blanca de sus figuras femeninas tiene que ver más con el proceso de la muerte y el goce de la vida, gozar o morir pueden resultar algo parecido en Delvaux, pues sus esqueletos ya nos anteponen la consecuencia de la vida amorosa, de la cual queda muy poco una vez que el tiempo se atraganta con la belleza, con esos sinuosos senos que cruzan la existencia como se cruzan unos raíles de ferrocarril. Las estaciones tranviarias de Paul Delvaux nos hacen recordar que la vida es un tiempo efímero donde todo lo que va sucediendo nos va perpetrando hacia un destino ilógico en el que el descanso, la languidez, la biografía permanecen en silencio mientras llega el último día o el último ferrocarril. Vivir, de este modo, supone arriesgarse a ser demolido por esa presencia constante de la muerte, donde el amor ni siquiera es capaz de superar el propio amor y si el amor supera a la muerte es por culpa de una memoria que queda ahí, apelmazada y dura como una imagen, como un sueño, como algo que ocurrió y forma parte del hombre sólo como recuerdo, pues ya Valle-Inclán diría que “la vida no es como es, sino como la recordamos”. Breton, Eluard, Reverdy tratan los sentimientos sin ocuparse de ellos, pues todo lo sentimental, para los surrealistas, es una cuestión moral, algo que nos empuja hacia la debilidad, la fragilidad, la duda del estar en el mundo catalogados como fiebre emocional que nos duele y nos disturba, que nos hiere o nos abruma.

En Paul Delvaux, sin embargo, presenciamos lo sentimental como una manera de enriquecer el contexto en el que vivimos, como una forma de ocultarnos de la diéresis del mundo, del tiempo, del amor, de la muerte. Yo cuando miro un cuadro de Delvaux veo sentimientos y roces y rostros que están vivos y alusiones a un carpe diem que se siente arrastrado por ese punzón de siempre que es el final de la existencia. De modo que Delvaux cree en el amor sin creérselo demasiado, pues todo jardín se aja cuando llega el otoño o diciembre y todo lo que sentimos, todo lo que supone estar alumbrados en un día, en una luz del sol, en la calle o en las ciudades del norte o del sur acaba siendo fusilado por la corbata estranguladora del momento mori. Así veo yo a Paul Delvaux.

Paul Delvaux, por mucho que se diga lo contrario, no tiene erotismo, pues sus mujeres son archivos del estereotipo que pueden venir de cualquier época, de cualquier tiempo en que se horizontalizó la espera, el devenir, la llegada del último ferrocarril

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