Cultura y sociedad

Marat: una biografía de Europa

Marat fue un revolucionario que estando en la bañera redactando un texto para la constitución francesa en 1793 fue asesinado por la girondina Charlotte Corday. Nunca una muerte fue tan simbólica. El cuadro de Paul Baudry pone en situación tal escándalo.

17.09.2016 @emilioarnao 7 minutos

Marat es el que dijo: “No existe el fracaso, salvo cuando dejamos de esforzarnos”. A sus 50 años Jean-Paul Marat fue asesinado por la girondina Charlotte Corday. Era 1793 y sus últimas palabras fueron: “A moi, ma chère amie¡”. Con ello acabó el capítulo de la revolución, pues Marat no es que fuera un revolucionario, sino un francés que hizo casi el solito toda la Revolución Francesa, que no funcionó por culpa de Robespierre y por el gordote de Napoleón, que se creía Europa cuando Europa sólo era París y los sans-culottes, los cordeliers, la masa humana con trabucos y azadones y la cabeza de Luis XVI por ahí rodando como una biografía sin biógrafo. Marat murió mientras se estaba dando un baño, que es como mueren todos los revolucionarios, mientras se quitan la roña de la política, de la burguesía, de la peste de las ciudades, de la miseria de la humanidad. Marat produjo unos días en que, entre la ciencia y la medicina, optó por la espada. “Las revoluciones empiezan por la palabra y concluyen por la espada”, dijo, porque sabía que contra el poder ya sólo queda el recurso de la violencia, pues a sangre mueren los que matan y matan los que sangre intrigan.

Marat dijo que la libertad debía establecerse a través de la violencia, pues cuando llega el momento de organizar el despotismo de la libre es necesario ir contra el despotismo de los reyes. Contra ese despotismo Europa se barajó durante los siglos 18 y 19 con toda su tuberculosis romántica, en un romanticismo que dio a Bakunin, el príncipe Kropotkin, Alejandro Herzen, Marx, Charles Fourier, Saint-Simon, Proudhom y así todo seguido como un segundo Marat pintado en su bañera por Jacques-Louis David. El absolutismo siempre ha sido un jardín versallesco contra el que todo revolucionario debe poner su jardinería precisa, general, Comuna del 71 y Blanqui, de otro modo el monarquismo siempre atenazará este colofón que es el obrerismo y el campesinado con cárceles en la Bastilla o con paradores en las Tullerías. Francia siempre ha sido la nación más revolucionaria de esta Europa que a todas luces ha sido arrastrada contra la modernidad. Marat era absolutamente moderno y por eso fue uno de los impulsores del Terror, desde la izquierda y desde su periodismo del partido de los cordeleros. Su Terror elaboró listas negras ya pergeñadas en su infancia, en Boudry –Neuchâtel- donde ya divisaba, entre la óptica y la electricidad, la enfermedad de sus ojos. Entre Holanda y Londres fue escribiendo por ver lo que pasaba, de este modo apareció su “Philosophical Essay on Man”, donde Marat se instituía en un filósofo que estudiaba a los otros filósofos, sobre todo los franceses, que siempre han sido los que mejor se han manifestado desde la rebeldía y desde la negatividad –ahí están Rousseau, D’Holbach, Maupertius, Le Mettrie, el cura ateo Jean Meslier, el marqués de Sade, Helvecio y así todo seguido. Marat llegó a ser doctor de la Corte y fue el mismo Jacques Pierre Brissoto quien, en sus “Memorias”, adujo que Jean-Paul Marat llegó a ser muy popular entre la aristocracia, disintiendo de Newton e interesando a Benjamin Franklin, incluso al weimarista Goethe. Marat comenzó siendo científico hasta empuñar la espada contra toda esa aristocracia con la que se malcrió, se rodeó y se resfrió, conociendo de mano segura todo ese cocido de rapé y pelucas blancas, más un lunar pintado en el rostro que era el poder y sus palacios. Pronto se amontonó con el pueblo, con las hordas campesinas y odaliscas, abandonando el cientifismo y la filosofía para indicar cuáles debían ser los caminos a transitar para erigir una revolución contra todos aquel detrictus que era la Corte y todos sus escolásticos. Se forjó como diablo en medio de la Comedia de Dante y abogó los Estados Generales una vez conformado el Parlamento de París. 1788 fue la fecha clave para dedicarse a la política y para intentar organizar todo un clariver de combates e ideologismos vertido a favor de las masas y de todos aquellos parias que lo único que pretendían era abordar la cabeza del tirano.  John Milton había dicho: “Antes que perder la libertad es mejor quedarse ciego para no tener que sufrir el triste espectáculo que nos iba a ofrecer nuestro triste espejo”. Esta elocuencia miltoniana fue adumbrada por Marat, quien escribió su panfleto “Offrande à la patrie” centrándose en los mismos puntos que el “Qu’est-ce que le Tiers État”, de Abbé Sieyès. Marat fechó “La Constitution”, en junio de 1789, cuando todo estaba preparado para ese lío que es el pueblo cuando le roban el pueblo, los horarios y los escaparates de las panaderías. Marat fundó su periódico, “Publiciste parisien”, también llamado “L’Ami du peuple”, donde se constituía toda esa convulsión que ya era París introducida en una oleada de trabucazos y hoces que orquestaban la ira y una Asamblea Constituyente, lo cual le llevó a la cárcel durante apenas un mes. Pero Marat salió de la prisión con la daga y la violencia como espacios para anudar la libertad, la fraternidad y la igualdad, asimilando la abolición de la monarquía borbónica como única forma de construir una revolución que fuese romántica, global, diletante y europea. Pero Europa todavía no era un mapa y muchos menos si venía desde París, donde los europeos sabían que allí sólo se pronosticaba la intelectualidad, la Ilustración y el deísmo de Diderot. Europa, su biografía revolucionaria, aún no estaba preparada. La revolución industrial había tejido una maraña burguesa, sobre todo en la mercadería británica, que poco espacio iban a dejar para que Marat y sus cordeliers les tosieran en los telares, en el vapor o en el progreso suscitado por un capitalismo o liberalismo que ofrendaba a Europa su mejor vestido para señoras y señoritas. Las señoritas fueron las culpables de que no triunfara la Revolución Francesa, pues vieron en Josefina y en Napoleón una extraña pareja entre bella y gordura que sí definirían lo que debía ser la biografía de Europa, de hecho Napoleón fue la primera Europa que se gestó desde que los romanos llegaran hasta Irlanda o por ahí y ahí se detuvieran. Napoleón era Europa, pero Marat intentó su Europa, entre campañas contra los marqueses, las denuncias contra Necker y sus huidas constantes, entre catacumbas y Londres. Marat dijo: “Quinientas o seiscientas cabezas cortadas habrían asegurado tu descanso, libertad y felicidad. Una humanidad falsa ha sostenido tus brazos y ha suspendido tus soplos; debido a esto, millones de tus hermanos perderán sus vidas”, refiriéndose a aquellos líderes revolucionarios pero moderados, a lo Robespierre y por ahí. Marat se sentía solo, porque todo no estaba saliendo como él lo había escrito y dicho: la Bastilla, la cabeza en una pica del alcalde de París, Flesselles, el terror, la abolición del feudalismo, la pérdida de poder de la Iglesia, la caída de los terratenientes, la salida de los émigrés, la escarapela tricolor, la instauración de la Asamblea, donde había izquierdas y conservadores, populacho y Cazalès, más el abad Jean-Sifrein Maury, el partido de la nación, atesorado por dos oníricas ideologías, la alta burguesía de Mirabeau, Lafayette y Bailly y el triunvirato popular conformado por Barnave, Duport y Lameth, procedientes del Club Breton, el camino hacia una Constitución, el Jeu de paume, los 152 sociedades jacobinas y así todo seguido. La Revolución Francesa fracasó porque fue conservadora y porque no sólo se hace una revolución amputando la cabeza del monarca, sino consiguiendo mantener esa cabeza en formol. Marat, antes de que, como médico, organizase el formol fue abatido, como digo, de una puñalada en una bañera y ahí se acabó el relato, la Historia, Europa, el republicanismo, la hostia. Marat fue a su vez pintado por E. Viollat, seguramente cuando fue elegido para representar al pueblo francés en la Convención Nacional, montando el “Journal de la République français, pero el periodismo le valió la traición, el juego de la pelota, la república y hasta sus obras filosóficas, donde apostaba por condenar una política de príncipes y veladores de una Europa clásica en vez de apostar por la espada y por la violencia como forma de alcanzar la tan arrastrada libertad. Lo libre sólo lo es cuando detrás del guillotinado vienen las mujeres de la limpieza a lavar la sangre y proclamar el verdadero sentido de la sangre, si la sangre no evoluciona, no se desparrama, no rellena el hueco de los campos, de las casas sin madera para las chimeneas, de un obrerismo colosal y travestido no hay revolución posible. Así lo entendía Marat y por eso fue asesinado.

El asesinato de Jean-Paul Marat abrasa el recorrido del tiempo, de las naciones, de una Europa que sólo fue napoleónica y autoritaria, imperial y francesa. Pero la Europa de Marat debía tener su autobiografía desde el mismo instante en que saliera de la bañera y se continuaran escribiendo aquellos guiones de cine que el médico, científico, periodista y cordelier Marat tenía previsto para un continente ya viejete de barbas.

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